El sublime objeto de la Educación

Sin duda alguna el título de esta reflexión hace alusión a la obra del destacado filósofo esloveno Slavoj Zizek, “El sublime objeto de la ideología” (2003), de la cual tomo prestado parte de su título para referirme a la educación como fenómeno a analizar y fundamentalmente reflexionar en torno a sus fines.

Hablar sobre “educación” se ha convertido en el último tiempo objeto de distintas reflexiones, las que se reproducen y circulan tanto en los medios de comunicación masiva como por medio de la investigación. Aunque hay que considerar que el poder mediático que a través de la televisión, la prensa, el internet y otros medios poseen una especie de monopolio, siendo los discursos que el poder mediático impone los que son validados y los que posteriormente son reproducidos por las personas, adoptando posiciones, generando acalorados debates con distintas perspectivas, lo que implica dedicar parte de sus preocupaciones diarias en este objeto.

Pero, ¿Por qué hablar de educación? ¿Qué importancia tiene ésta para invertir el valioso tiempo que cada vez es más escaso? La respuesta es casi evidente. Y resalto la palabra “casi”, precisamente porque si bien “casi” todos hemos tenido que encarnar en nuestros cuerpos alguna forma de escolaridad, la educación va más allá de la institución formal que conocemos hoy. El punto es que la educación nos interpela porque marca nuestro camino como sujetos en esta sociedad, nos moldea y nos constituye como individuos. Los niños y jóvenes están encerrados en estos espacios escolarizados 8 horas diarias mínimo, por tanto, hablar de educación es referirse a la contingencia.

¿Pero de qué educación estamos hablando? Precisamente este es el centro al que me referiré. Ya que la educación formal, tal como la conocemos hoy, ha evolucionado no solo desde su apariencia externa (material) sino que más bien han cambiado sus finalidades. Sin duda alguna, estas han cambiado bastante de los ideales que datan de la modernidad y la ilustración, pero de manera ingenua aún se cree en la promesa que no se ha cumplido y que si no nos detenemos a pensar una nueva escuela, la deuda será eterna.

Los ideales de la modernidad y del racionalismo, como la fe ciega en la razón, el progreso tecnológico indefinido que se lograría empleando la ciencia y la tecnología para buscar las respuestas que tanto ansia el hombre para descubrir la verdad, como para el logro de mayores cuotas de libertad y emancipación a través del conocimiento y con ello proporcionar a todos los hombres una calidad de vida que sea digna de todo ser viviente en este planeta, todo ello se ha reducido a retórica y romanticismo ante la aplastante victoria de la irracionalidad y el deseo de dominación y muerte, que nos llevó a Auschwitz, a Hiroshima y a Nagasaki y a las miles de víctimas que día a día mueren por falta de alimento y de agua potable. La escuela de la razón ha muerto junto a sus ideales o por lo menos es un cadáver con el cual todavía se carga.

La escuela muere junto a los ideales de la modernidad. Y tal como planteaban Adorno y Horkheimer (1994) la razón solo se utilizó como un instrumento para dominar de manera brutal la naturaleza y al hombre. La escuela como lo plantearía Foucault forma parte de una serie de instituciones tales como las prisiones, los hospitales psiquiátricos, y las empresas, todas instituciones que funcionan coordinadas para producir sujetos y cuerpos dóciles y manipulables, controlables desde la más temprana edad (Foucault,1975). En este caso la ciencia y la tecnología, estas no aportarían al conocimiento del hombre para mejorar sus condiciones de vida, sino que para manipularlo de manera más eficiente.

De esta forma los ideales de la ilustración y de la modernidad se transmutan desde su dimensión subliminal hacia una dimensión más “excremental”. Porque si la escuela postmoderna persigue como fines últimos generar formas de subjetivación que apunten a producir a cuerpos dóciles, capital humano avanzado para que de una manera religiosa el capital circule y crezca cada vez más, siendo la escuela solo un espacio en donde se eduque al consumidor y a la vez productor de riquezas para los capitalistas del siglo XXI, la educación se convierte en sí misma, solo en un proceso de “instrucción” y de producción de pequeñas piezas sin agencia o libertad alguna, para ajustarse de manera precisa en una sociedad que mucho espera de los niños y jóvenes, pero que a cambio les ofrece una realidad en la que los hombres se desangran en interminables disputas por quién posee más capital y quien es más productivo.

Ante este panorama, la educación como “objeto sublime”, pierde su dimensión trascendental, lo que es lamentable, pero como todo proceso humano, es también evidente que se puede revertir esta tendencia. Aún hay esperanza y la lucha se vive en el cotidiano con estudiantes y maestros que por medio de pequeñas acciones no articuladas se resisten a las políticas neoliberales que asociadas con Estados que promueven dichas políticas, pretenden moldear las subjetividades de los agentes educativos que muchas veces tiene que “sufrir” en carne propia por esta oposición y resistencia.

En este sentido Iberoamérica tiene mucho que aportar en la recuperación y reconstrucción de algunos de los ideales más ansiados por todos aquellos que creemos que la emancipación, la solidaridad, la colaboración y el conocimiento son los pilares que construyen sociedades en las cuales la razón y el progreso van de la mano con el respeto por la dignidad de todo ser humano, por la relevancia de toda vida humana y por la justicia social y el reparto equitativo de las oportunidades de desarrollo integral para todos.

No es para nada una posición ingenua o romántica la de luchar por una escuela a la medida del ser humano del siglo XXI, quien quiere recuperar todo el terreno perdido y rescatar a la educación del Neoliberalismo quien la ha raptado y que requiere ser rescatada y puesta al servicio de la emancipación de los pueblos, del crecimiento integral de niños y jóvenes y de la fraternidad entre los seres humanos, la educación requiere volver a ser algo sublime y luchar por ella no es una causa perdida.

Referencias

Foucault, M. (1975). Vigilar y castigar. El nacimiento de la prisión. México: Siglo XXI.

Horkheimer, M. y Adorno, T. (1994). Dialéctica de la ilustración. Fragmentos Filosóficos. Trad. J.J. Sánchez, Madrid, España: Trotta.

Zizek, S. (2003). El sublime objeto de la ideología. Buenos Aires: Siglo XXI.