El poder de la palabra

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En el extenso universo de las relaciones humanas, en ocasiones se producen divergencias que hacen necesaria la intervención de figuras “mediadoras” que ofrezcan la oportunidad de resolver los conflictos planteados y de recomponer las relaciones sociales.

Este es el caso de la figura del palabrero. Así se designa en español a la persona conocida en lengua Wayúu con el nombre de Pütchipuu.

Los Wayúu son una de las más numerosas etnias indígenas de las tierras bajas de Suramérica. Habitan la península de la Guajira, que se extiende hasta el Mar Caribe, en el extremo norte de Colombia. Se dedican básicamente al pastoreo de chivos y ovejas, a explorar el mar y a tejer. Tienen un sentido colectivo del beneficio y del daño, encaminado a preservar la unidad de la familia. Si alguien cocina un chivo el banquete es para [email protected], y si se enferma, [email protected] tienen que ayudarlo a costear la enfermedad. En grupo deben pagar, además, las faltas graves de sus miembros que pongan en peligro la convivencia del clan con el resto de la sociedad.

Epdp-2La tradición del palabrero es explicable porque en la cultura Wayuu la palabra es ley sagrada que no se lleva el viento. Además, en una etnia quisquillosa y competidora por naturaleza, siempre es bienvenida la persona que sabe calmar los ánimos. Cada persona conciliadora ostenta una autoridad indiscutible. Tiene las llaves de la vida y de la muerte.

Los palabreros Wayúu, especialistas indígenas en la solución de disputas, no perciben las desavenencias entre personas o grupos humanos como fenómenos indeseados de patología social sino que las consideran eventos cíclicos, inherentes a la vida en comunidad, que nos brindan la oportunidad de recomponer nuestras relaciones sociales. Durante siglos diversas colectividades humanas han logrado dirimir sus querellas mediante variados mecanismos de control social que, en muchos casos, contemplan el uso de discursos persuasivos concretados en una retórica eficaz para el mantenimiento de la armonía social sin recurrir al uso de la fuerza y a cuerpos coercitivos como tribunales o policías.

Dichas disputas son consideradas como eventos sociales que abarcan distintas etapas en su desarrollo y conciliación a través de las cuales se evidencian y se ponen a prueba los principios en que se fundamenta el sistema de compensación vigente en dicho grupo étnico.

Epdp-3La función del palabrero es mediar en los conflictos interfamiliares, a fin de lograr un arreglo rápido que sea justo para ambas partes y proteja el equilibrio social de la etnia.

El palabrero es elegido invariablemente por el ofendido y no debe pertenecer a ninguna de las partes enfrentadas. Cuando acepta el encargo, se dirige a la ranchería de la parte agresora para “llevarle la palabra”. Ante el grupo reunido en pleno, El Pütchipuu aclara de entrada cuál es su misión y quiénes se la encomendaron. Después expone la gravedad del daño causado y señala el monto de la reparación exigida por las personas afectadas. Si el jefe del clan está de acuerdo con la multa, lo que sigue es fijar la forma de pago. Si no, tiene derecho a plantear una contrapropuesta que el propio palabrero transmite a la familia que le asignó la tarea. En algunos casos se necesitan varios viajes entre un lugar y el otro. Pero casi siempre el problema se resuelve con una o dos visitas. Cuando el culpable no tiene bienes para responder por su infracción, es declarado objetivo de guerra. Se entiende que el dictamen puede hacerse efectivo contra él o contra cualquiera de sus parientes. “Mandar la palabra” es ejecutar, a través de un ritual político, una ley vieja y feroz. El palabrero no asume el papel de juez sino el de mediador. Por tanto, se mantiene neutral todo el tiempo. Ni siquiera toma partido por la familia que lo buscó. En el proceso de concertación oye injurias, oye amenazas, pero sólo transmite lo esencial de las razones: “fulano dice que puede pagarte con una recua de mulas”. Como buen canciller, se permite introducir una promesa cordial donde minutos antes había una sarta de adjetivos incendiarios: “me dijeron que van a ver si pueden reunir lo que tú pides”. Se trata de un acto refinado en la forma pero inapelable en el fondo. Lo que te envían no es un dardo envenenado sino una palabra, pero esa palabra es de acero, te cobra las cuentas pendientes, te enrostra las faltas cometidas y te amenaza de un modo tan sutil que no puedes evitarlo. Claro que también te ofrece una nueva oportunidad. Si usas con buen juicio el verbo que te mando, nos ganaremos ambos la gracia de librarnos de la guerra. Ni siquiera cuando hay una muerte de por medio [email protected] dolientes pueden saltarse este ritual de conciliación para buscar la venganza directa. La compensación es proporcional al tamaño de la afrenta y a la posición social de la familia afectada. Se cobra por las calumnias, por los golpes físicos, por las imprudencias de borracho, por el hurto, por las ofensas verbales y por el homicidio. El pago se efectúa en dinero o con tierra y ganado. El palabrero no exige honorarios por su trabajo pero el grupo que lo buscó le obsequia un porcentaje de la indemnización. El pago por los arreglos conseguidos depende de lo que quieran darle quienes lo llamaron.

Epdp-4El palabrero a punta de verbo ha arreglado casos que van desde la simple imprudencia de borrachos hasta el homicidio. Esto es gracias al poder transformador de la palabra. Una palabra bien dicha desarma al enemigo, acerca al que se encuentra lejos, abre las puertas clausuradas, alegra al que está triste y apaga los incendios alevosos. En cambio cuando pronuncias una palabra altanera, las palomas se vuelven halcones, los ríos se salen de madre, los mares se enfurecen y hasta el problema más inútil adquiere de repente la fuerza suficiente para destruirte.

Los Wayúu explican que “el palabrero va y viene, va y viene, hasta que todos se ponen de acuerdo”. Lleva las palabras de cada parte ofreciendo cierta cantidad de animales, collares y piedras para enmendar una falta, sea moral o física. Apacigua los ánimos de quienes no quieren negociar. Convence a los que no están dispuestos a arreglar el problema pacíficamente.

Este oficio es practicado por muy pocos ya que requiere de unas características fundamentales, como dicen los wayúu: “Lengua y carácter para hablar, material en la cabeza y decir palabras verídicas”. El cumplimiento de estas premisas definirá a un buen palabrero.

Un palabrero considera que cumple bien su trabajo porque logra que la parte ofendida reciba lo que se merece y la agresora no pague más de lo que debe. Así el problema muere en el acto, sin ninguna consecuencia lamentable.

Epdp-5Es curiosa también la existencia de una ceremonia ligada a todo esto, la llamada ceremonia del “careo”: después de que las cuentas han sido saldadas, las familias que estuvieron en conflicto se reúnen y se ofrecen comida y alcohol (con excepción de quien cometió la falta). “Los que iban a ser enemigos se saludan, se abrazan y se besan”. En ese momento mágico, siempre recordado con orgullo y alegría, la palabra demuestra que es tan poderosa como la vida y que puede transformar hasta lo inimaginable.

Este tipo de prácticas y figuras pueden considerarse parejas a la mediación. Ahora sólo nos queda reflexionar al respecto y pensar que si [email protected], pusiéramos en práctica ese ritual, con cierta frecuencia lo dañaríamos: el palabrero tendría tres secretarias y dos asistentes, los periodistas publicarían los insultos secretos de las partes durante el proceso de concertación y además habría que autenticar mil papeles en una notaría. Si alguna vez se lograra un arreglo no sería en menos de cinco años. Y al final la indemnización sólo alcanzaría para pagar las comisiones de los intermediarios.