El Ocaso de la Ilusión Tecnocrática

downloadpdfLa turbulencia social de los últimos tiempos ha generado grandes preocupaciones así como enormes costos sociales, políticos y económicos para el país (Colombia). Al parecer la inconformidad social tiene unas nuevas y contundentes expresiones, con actores diversos e intensidades crecientes. La voz de los inconformes ha elevado su tono y nuevamente ha desafiado al establecimiento. Efectivamente, estudiantes, gremios (cafeteros, papicultores, transportadores, etc.), profesores y profesionales de la salud, están entre quienes han decidido expresar de distinta manera y por distintos medios, su malestar por la situación desventajosa y precaria ocasionada por las distintas acciones gubernamentales. ¿Por qué la gente protesta? ¿Qué hay detrás de tanta manifestación? ¿Acaso se agota el régimen? A continuación algunas líneas de reflexión para entender la protesta social desde una perspectiva académica, especialmente desde el campo de las políticas públicas.

Indudablemente la protesta es una expresión de la disfuncionalidad de un régimen y un síntoma de los problemas enfrentados. Algo ocurre, algo molesta a los distintos actores políticos y sociales. Estamos ante una turba inconsciente e irrespetuosa de la ley y de las autoridades. O más bien, ¿estamos ante unas organizaciones des-estabilizadoras que sólo piensan en sus propios intereses? Ni lo uno ni lo otro. Estamos ante una crisis –una más-, de los regímenes políticos tejidos y fomentados por los modelos utilizados para resolver los problemas de vivir en sociedad. Algo latente e irresuelto en lo que va del periodo republicano y que sin duda impide tramitar de manera adecuada los asuntos colectivos.

Por ello, la línea de argumentación podría tejerse en torno a la manera en que se enfrentan las decisiones públicas. Podría, entonces, afirmarse con alguna contundencia que la inconformidad se motiva en cierto desgaste del modelo tradicional de hacer políticas públicas en el país. Siempre desde arriba, siempre desde Bogotá, siempre desde una gran oficina, excluyentes y equívocas, en ocasiones. Por supuesto que no es cosa reciente, pues por años el país se ha creído que algunos pocos tienen la solución a los problemas, que existe un mesías capaz de llevarnos a la tierra prometida del desarrollo y la prosperidad. Perspectiva alimentada por la pobreza política de nuestra ciudadanía pues a menudo y reiteradamente se aspira a que alguien nos saque del atolladero, del atraso y de la miseria. Por supuesto que los políticos de oficio, en su oportunismo insondable, acogen esta condición como la perfecta oportunidad para asumir las banderas, para hacer patria y todas esas muletillas electoreras.

Al parecer la ilusión tecnocrática, aquella forma tradicional, elitista y excluyente de hacer políticas públicas está llegando a su fin o por lo menos tambalea; al mostrar reiteradamente su disfuncionalidad y su inoperancia. Efectivamente, podría postularse que los tecnócratas ya no tienen las esperadas y mágicas “formulas” para atender atinadamente los problemas colectivos, sectoriales o gremiales que aquejan de manera creciente, ante las nuevas condiciones de la economía mundial o ante el abandono histórico que nos caracteriza aquí o en los países de la región. Ante tanta adversidad en los procesos decisorios, podría postularse el ocaso de la ilusión tecnocrática. Con mucha razón, los movimientos sociales optan por las salidas de hecho ante la indolencia y la indiferencia de los burócratas de alto nivel. Sólo el bloqueo de vías convence a los policy-makers a reconsiderar sus torpezas y a tomar, en ocasiones, los correctivos del caso en el sector involucrado. En ocasiones, la arrogancia de los dirigentes puede ceder ante la movilización y el desorden social; de igual modo, la cordura se pierde y se mancilla la política con demasiada frecuencia. Gobernantes y gobernados ya no conviven armónicamente.

Junto al agotamiento del modo de hacer políticas públicas, está la lógica de la representación política que se viene agotando o que viene siendo erróneamente interpretada y ejercida, sin avizorarse nuevos esquemas que la suplanten. Representación de qué o de quién es algo que se olvida convenientemente tras las elecciones, al igual que los compromisos y los mandatos legales. Acaso lo elegidos ¿tienen memoria de corto plazo? O creen que al ser elegidos adquieren poderes ilimitados y que no hay necesidad de corregir la discrecionalidad. No puede considerarse un asunto menor ya que, definitivamente, generará fricciones y desavenencias, impondrá costos y lastimará el tejido social. El control social, al menos en Colombia, siempre hará tránsito por la represión y la criminalización; por el descalificamiento y el señalamiento. Con la anomia que nos caracteriza, el pueblo y sus organizaciones podrán ser considerados culpables.

Al parecer nada vale. Ni los ajustes institucionales, ni los mandatos legales, mucho menos la participación decretada y la revocatoria del mandato, pues siempre habrá formas de justificar la incompetencia de los gobiernos y los desaciertos cometidos, siempre habrá posibilidades de continuar en el poder, de conducir los destinos de una comunidad. La ilusión tecnocrática, aunque tambaleante, podrá gozar de buena salud si la sociedad civil organizada cede ante sus pretensiones y deja de cumplir su papel, pero sobre todo si el gobierno insiste en criminalizar y judicializar al manifestante al inconforme. ¿Puede, acaso, tratarse como criminal una madre comunitaria o un campesino quienes protestan y demandan la ayuda negada por años mientras que los poderosos y los grandes empresarios merecen créditos y subsidios que aceptan con complacencia? En verdad, una élite inoperante en ocasiones indigna pero la mayoría de las veces, da grima.

Para citar este artículo: Carrillo, J. (2013). El Ocaso de la Ilusión Tecnocrática. Iberoamérica Social: revista-red de estudios sociales, I, pp.  25-27. Visto en: http://iberoamericasocial.com/el-ocaso-de-la-ilusion-tecnocratica/