El futuro de la CELAC

Daniel Calvo Sánchez & Salvador Padilla Villanueva / Politólogos

Más allá de los fantasmas chavistas que pesan sobre ella, o de las desgastadas alocuciones antiimperialistas de algunos mandatarios del ALBA, que restan credibilidad a esta iniciativa, la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC) se perfila como un prometedor mecanismo de concertación política de alto nivel intra y extra-regional.

Después de la III Cumbre de la CELAC realizada en Costa Rica, se visualizan logros tangibles, lo que ayuda enormemente a su consolidación y legitimidad.

Entre sus principales logros se encuentran fructíferas aproximaciones con socios extra regionales. Tal es el caso del foro China-CELAC, en el que el presidente chino Xi Jinping anunció inversiones por $250.000 millones para Latinoamérica. Por otra parte, se está a la expectativa de los resultados que pueda arrojar la reunión UE-CELAC a realizarse en  junio próximo en Bruselas.

Mientras que en el plano regional, se lograron plasmar y refrendar posiciones comunes sobre diferentes temas que preocupan a la región: pobreza extrema, el hambre y  la inclusión social, entre otros. También se tallaron nuevos báculos a temas permanentes en las agendas de política exterior de algunos países, como el reclamo argentino por las Malvinas o la paz en Colombia.

Asimismo, surgieron propuestas interesantes, como la creación de un foro empresarial para la próxima Cumbre o la de un fondo Sur-Sur entre los  países miembros.

Uno de los tópicos que más destacó fue la condena del bloqueo estadounidense a Cuba, respaldada por todos los miembros de la CELAC. Pese a las diversidades ideológicas de los países que la componen, dicha postura se expresó sin presiones de ningún tipo en lo que parece ser el inicio de una inédita etapa que se escribe en las relaciones Estados Unidos -América Latina, que ahora incluyen a Cuba.

En lo anterior, justamente radica el valor especial de la CELAC, como espacio legítimo de discusión y búsqueda de consensos, y en su reconocimiento por parte de las dos principales visiones de integración en pugna en América Latina. Por un lado, la ya mencionada ALBA, aglutinada alrededor de un eje ideológico-político de izquierda y en crisis desde la caída de precios del petróleo. Por el otro, aquella liderada por la Alianza del Pacífico, que apuesta por la liberalización comercial como herramienta de acercamiento entre nuestros países.

La nueva coyuntura de la región parece soplar a favor de la afirmación de la CELAC, que se ve beneficiada por la difícil situación que atraviesan foros similares como la OEA, organismo internacional venido a menos producto de la deslegitimación promovida por algunos de sus Estados miembros ante la escasez de resultados concretos y las desavenencias  ideológicas. Suerte similar corre la Cumbre Iberoamericana.

Es cierto que la CELAC tiene grandes desafíos por delante, tendientes a su fortalecimiento e institucionalización, para pasar de ser un foro emisor de declaraciones políticas, a uno que establezca metas claras y medibles —una significativa prueba—. Además, de aspirar a promover procesos de integración más profundos, congeniar las variopintas concepciones y posiciones en temas de democracia, derechos humanos y comercio, será todo un reto.

Pero más allá de lo que falta por hacer, la CELAC se ha constituido como un canal válido para dialogar sobre los temas que preocupan propiamente al conjunto de los países latinoamericanos y caribeños, y vislumbrar las coincidencias sobre las cuales podemos trabajar como región.

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