El enigma como seducción

El enigma seduce, así como el secreto, aquello que es un desafío y cuya oscuridad es atrayente desestabiliza el orden racional, establece un juego de fantasías y nos propone la incertidumbre como deseo. La seducción se opone al poder, se abre mostrando nuestros vacíos. La seducción fluye e inunda, revienta la lógica de dominación y hace de nuestra fragilidad un gesto lento y poético, una evocación continua del otro.

El cuerpo se transmuta y desaparece. Las aguas y los bosques del sexo femenino son vastos. La mirada se posa en aquello que apenas se insinúa, la escena es una paradoja. La neblina es luminosa como el espasmo interno del orgasmo. Una tensión, un llamado, una espalda masculina se ofrece vulnerable. Una mancha, un hueco, una tensión.

Atravesar el límite del pudor y tocar la puerta. Adentro, un extraño silencio, una luz que baña todo de un olor a sangre. El aire es caliente y cuesta respirar; una sensación de muerte recorre el cuerpo. El deseo seduce al temor, el sexo seduce a la distancia. Lo femenino seduce a lo masculino y viceversa.

La seducción como el arte ha tenido primero que nada una naturaleza ritual, un poder de transmutación, que enseguida se reviste adquiriendo una forma cultural y estética que es trascendente, individual y colectiva a la vez. El simulacro es el desencanto, el derrumbe de toda seducción y de todo acto de creación; el sexo no es propaganda, ni la política está desnuda. Es el acto de seducir y de crear nuestro amoroso destino.