El descubrimiento del Megaterio

El Real Gabinete de Historia Natural de España – fundado en 1771 por Pedro Franco Dávila– fue una de las muchas instituciones que se fundaron a raíz del impulso científico que se experimentó en España tras la llegada de los Borbones. Su origen habría que situarlo en la propia colección de Franco Dávila, quien prácticamente arruinado decidió venderla al gobierno español a cambio de que fuera director del futuro gabinete. Pero este también se nutrió de los muchos especímenes que  llegaron de América, sobre todo de lo que se enviaban por parte de las expediciones científicas que se llevaron a cabo durante ese momento (De las que hablaremos más adelante), así como de las peticiones que desde la metrópolis se hicieron a las colonias para que enviaran “maravillas coloniales”. Así, por ejemplo, a finales del siglo XVIII llegaban a España desde las múltiples colonias 335, de los cuales 25 contenían curiosidades: animales vivos –sobre todo animales muy vinculados a la fauna americana tales como loros, aves del paraíso, iguanas, tortugas, caimanes, etc.–, animales disecados –oso hormiguero, iguanas, escorpiones, etc.–, partes de animales –habría que destacar los huesos del perezoso–, minerales, objetos de etnografía y monstruos.¹

Uno de los especímenes que más quebraderos de cabeza dio a los naturalistas fue un esqueleto perteneciente a un extraño animal, hallado en el río Luján (Argentina) a principios del año 1787, que dio lugar a un debate en el que se mezcló “la ciencia y la religión, la política y la simbólica, el patriotismo y la emergencia del tiempo y la vida”. Ya, desde la aparición de los primeros huesos, los descubridores se dieron cuenta que se estaban enfrentando a la osamenta de un animal desconocido, como demuestra el hecho de que informaran a Francisco Aparicio, alcalde de la Villa de Luján, del afloramiento de una serie de restos óseos de grandes proporciones. Ante esta situación el alcalde decidió encargar la tarea de desenterrarlos a un erudito amateur, un fraile dominico llamado Manuel de Torres, quien terminó dicha labor el 19 de abril de 1787. Tras comunicárselo al alcalde, el fraile, actuando con gran prudencia, exigió la presencia de un dibujante para que plasmara en papel el esqueleto con el fin de que ayudara a las labores de reconstrucción una vez los huesos fueran exhumados. No sé sabe si se llegó a dibujar o no, pero sí se sabe que aquellos fueron embalados y llevados a Buenos Aires, donde fueron nuevamente dibujados por un oficial cartógrafo de origen portugués llamado José Custodio Sáá y Faria. Se trató de dos dibujos en los que uno representaba las partes del esqueleto con sus dimensiones, mientras que el otro fue el resultado de la primera reconstrucción del mismo, que inspiró y guió su posterior montaje en el Real Gabinete de Historia Natural.

El esqueleto pertenecía a un animal enigmático, de un tamaño extraordinario, con una cabeza que resultaba portentosa tanto por su dimensión como por su morfología: con dos poderosas mandíbulas en las que encajaban unos dientes anchos con forma de molares. A ello había que añadir que las extremidades estaban rematadas por unos pies cuyos dedos finalizaban en una suerte de garras. ¿Es posible que se tratara de un animal herbívoro con garras de carnívoro? o, por el contrario ¿era un felino de un tamaño de un paquidermo? “Su primera apariencia fue la de una quimera”. Y es que dientes y garras encerraban una gran paradoja. Llegó incluso a acariciarse una posibilidad muy remota: que fueran los restos de un gigante. Un error, por otro lado, muy habitual ya que desde la Antigüedad los restos óseos de los grandes vertebrados extintos habían sido interpretados con frecuencia como los de unos supuestos antepasados humanos gigantes. América en su conjunto había sido una tierra fértil para este tipo de hipótesis y leyendas. Asimismo, en el siglo XVIII, la gigantología patagónica estaba conociendo uno de sus momentos culminantes debido al apogeo de las tesis sobre la existencia de gigantes preadamitas, una raza de hombres anteriores al diluvio. Sin embargo, nada más extraer el esqueleto de la barranca del río Luján quedó claro que no podía ser de un hombre. Aquellos huesos no eran de un gigante, ni pertenecían a individuos de especies diferentes. Pese a esta conclusión, el misterioso animal tenía una naturaleza (gran tamaño y extraña morfología) que lindaba con la de un ser prodigioso o un portento. Hubo quien lo calificó como monstruo y, efectivamente, era un monstruo en tanto que se trataba de un ser anómalo, una desviación, una irregularidad de la naturaleza y, por lo tanto, un hecho singular y excepcional, capaz de suscitar asombro y revestir gran interés científico al mismo tiempo.

Los restos del animal llegaron a Madrid en septiembre de 1788 y fue entonces cuando se inició el proceso de identificación que llevó, en cierta manera, a su desmitificación. No obstante, fue precisamente en el Real Gabinete de Historia Natural donde recibió los calificativos de “el monstruoso esqueleto” o “el gran monstruo del río Luján”. Y fue allí donde ya el mencionado Bru de Ramón volvió a montar y a dibujar el esqueleto, dibujos que fueron grabados por Manuel Navarro e incluidos en Descripción del esqueleto de un cuadrúpedo muy corpulento y raro, que se conserva en el Real gabinete de Historia Natural de Madrid  (1796) de José Garriga (Ilustración 1). No obstante, el montaje realizado por el disecador fue totalmente erróneo e incluso forzado (Se serraron huesos, se limaron otros, se rellenó con corcho lo que no encajaba, etc.), creando finalmente un animal cuadrúpedo similar a una mula. Bru de Ramón, además, lo retrató con argumentos retóricos procedentes de la cultura de la admiración y el prodigio dejando en evidencia el notable peso de la literatura teratológica en el periodo dieciochesco.

Ilustración 1- Megaterio. Juan Bautista Bru y Manuel Navarro, Lámina I, publicada en Garrida, J.: Descripción del esqueleto de un cuadrúpedo muy corpulento y raro, que se conserva en el Real gabinete de Historia Natural de Madrid  (1796).
Ilustración 1- Megaterio. Juan Bautista Bru y Manuel Navarro, Lámina I, publicada en Garrida, J.: Descripción del esqueleto de un cuadrúpedo muy corpulento y raro, que se conserva en el Real gabinete de Historia Natural de Madrid  (1796).

El montaje de Bru no facilitó la identificación del misterioso animal, más bien al contrario, dificultó aún más la tarea. Si bien es cierto que para ello fueron imprescindibles los dibujos y los grabados del mismo que circularon entre la comunidad científica europea. Los intentos de identificación del esqueleto se produjeron en un momento clave en el que la osteología zoológica y la paleontología estaban en el ojo de huracán. En este sentido no debe sorprender que fuera Georges Cuvier (1769-1823) –principal representante de la anatomía comparada y de la paleontología– quien se alzara con el honor de ser el identificador, hecho que tuvo lugar gracias a las copias de los grabados que le fueron enviados al Instituto de Francia en París, donde trabajaba Cuvier, desde Madrid a principios de 1796. A Cuvier se le encargó que realizara un informe sobre el esqueleto y fue precisamente en él donde resolvió el misterio de su identidad. En el proceso de identificación no se dejó arrastrar ni por el lugar donde había sido exhumado, ni se dejó impresionar o confundir por el tamaño, simplemente concentró toda su atención en las formas y resolvió la paradoja de su dentición y sus garras discordantes empleando sus conocimientos sobre otros vertebrados y aplicándolos al caso, es decir, mediante la analogía y la extrapolación. Su conclusión fue la de que los huesos pertenecían a un animal desaparecido y lo ubicó entre los perezosos (por la forma de sus cráneo) y los armadillos (por su dentadura) y, finalmente, se atrevió a bautizarlo: primero como Megatherium Americanum y, después, como Megatherium fossile. Sin embargo, la historia del Megaterio, y su lugar dentro del reino animal, no concluyó hasta bien entrado el siglo XIX, cuando el también paleontólogo y anatomista comparativo inglés Richard Owen (1804-1892) dio forma definitiva al mismo, alejándolo del monstruo cuadrúpedo inicial y acercándolo a un ser casi bípedo (se apoyaba en su dos patas traseras para alcanzar las ramas de los árboles), siendo de esta manera como aparece representado en los grandes museos de Historia Natural de Londres y París. En el Museo de Ciencias Naturales de España, sin embargo, se sigue mostrando como un animal cuadrúpedo quizás, como señala Pimentel, en homenaje a la historia española de las ciencias naturales (Ilustración 2).

Ilustración 17- Megaterio. Museo de Ciencias Naturales en Madrid. Fotografía particular de la autora (Año 2015).
Ilustración 17- Megaterio. Museo de Ciencias Naturales en Madrid. Fotografía particular de la autora (Año 2015).

Fuente:

Toda la historia de cómo fue hallado el Megaterio, su traslado a España y la problemática de su identificación aparece magníficamente recogida en:

Pimentel, Juan: El rinoceronte y el megaterio, un ensayo de morfología histórica, Madrid, Adaba editores, 2010.

¹ De Vos, Paula: “The rare, the singularly and the extraordinary…” en Bleichmar Daniela, De Vos Paula, et. Al.: Science in the Spanish and Portuguese empires, Standford University Press, 2009. pp. 271-289.