El biopoder y su relación con la colonialidad

Los prejuicios son una especie de aprendizaje emocional que tiene lugar en las primeras etapas de la vida, haciendo que estas reacciones sean difíciles de erradicar por completo, incluso en la gente que, en la edad adulta, considera erróneo mostrarlas.

Goleman: La inteligencia emocional

biopoder-colonialidadEn el presente trabajo, tratamos de acercarnos un poco más a lo que significa el biopoder y la colonialidad del poder, un concepto manejado desde la mirada del autor y pensador Michel Foucault, teniendo presente los planteamientos de Santiago Castro Gómez, para después buscar lograr un engranaje con las nociones de ideologización de la historia y descolonización de la memoria, ambos puntos tratados desde la perspectiva de Raúl Miranda. En el transcurso de nuestra exposición se afianzarán los conceptos y buscaremos una interpretación de los mismos, pero tratando de ver su impacto en nuestro contexto más cercano y conocido, Entendiendo también que el contexto local nos da algunas luces para intentar comprender muchas de las realidades que se dan en otros espacios.

La lógica del biopoder

No podemos entender muchas de las situaciones que se dan en nuestro medio más cercano, si antes no buscamos comprender aquello que se concibe como biopoder, por tanto, es conveniente acercarnos a las nociones que nos plantean los autores ya antes mencionados:

[…] El arte de gobernar hacia finales del siglo XVIII ya no consistía en “hacer morir y dejar vivir”. Esto quiere decir que la autoridad del soberano ya no se definía tanto por su capacidad de quitar o perdonar la vida de los súbditos que transgredían la ley, infringiendo castigos violentos en sus cuerpos, por el contrario, ahora se definía por su capacidad de producir la vida de sus súbditos, es decir, de generar unas condiciones sociales para que los cuerpos pudieran convertirse en herramientas del trabajo al servicio del reino (CASTRO GÓMEZ, Santiago. Michel Foucault y la colonialidad del poder. Tabula Rasa: Bogotá, No. 6: Pág. 156. Enero – Junio 2007).

El autor nos da luces acerca de la propuesta teórica de Foucault. En esta nos muestra como aproximadamente desde el siglo XVIII se ha venido tejiendo toda una estrategia de control sobre el común de la sociedad y los integrantes de los distintos estamentos. Pero desarrollemos algunos de los puntos que nos plantea Castro Gómez. Partamos de la idea de “la autoridad del soberano”, esta incluso antes del siglo XVIII ya tenía delegado el poder en la figura del rey solo para dar un ejemplo, el mismo tenía la potestad de decidir la situación y el futuro de todos los que vivían y convivían en un territorio determinado, estos podían llamarse, súbditos, cortesanos, plebeyos y en tiempos modernos seguramente ciudadanos, lo que fuera según sea el caso, el hecho es que de una u otra manera todos estos sujetos y su vida junto con ellos pertenecían al soberano, él era quien controlaba y decidía los designios de aquellos en última instancia. Ahora bien, si tomamos la figura del rey (soberano) como ejemplo, no quiere decir que esta haya sido la única figura preponderante para la construcción del biopoder, es solo que para fines didácticos nos es más útil.

Pero volvamos al principio, hablamos del soberano como aquella entidad suprema capaz de decidir sobre la vida de los demás. Ahora trasplantemos la figura del soberano a nuestros tiempos, es cierto, el soberano rey como tal ya no existe o por lo menos ha perdido la fuerza que antes tenía. Pero si atamos algunos cabos podríamos encontrar que ahora el soberano, ese rey con poderes sobrehumanos ha sufrido una transformación, pero claramente no ha perdido sus facultades. En realidad el soberano de nuestro tiempo y contexto tiene dos cabezas: la una imbricada en las esferas de lo económico, político, educacional y a la que hemos conocido con los nombres de república, estado, estado-nación, y más recientemente por sus cualidades es conocido como estado plurinacional. Sí, efectivamente el soberano es el estado en estos tiempos “modernos”, es el que decide sobre la vida de todos los habitantes de un determinado territorio y para lograr este su objetivo cuenta con toda una red de instituciones que trabajan bajo una premisa que busca el control de los miembros de la sociedad. Estas instituciones no tienen una existencia casual y están amparadas en la legalidad, en las normas y leyes aceptadas por los sujetos, bajo una premisa mayor; la búsqueda del bien común. “El hacer vivir y dejar morir” en cierta forma se apuntala en los discursos del bien común o del vivir bien. El bien común implica mejoras y mejores días para todos, pero ese todos solo enmarca a los que están dentro de las expectativas del soberano, entonces a estos hay que hacerlos vivir y darles las condiciones para su crecimiento y desarrollo, en cambio a los otros (sujetos fuera de las expectativas), o no existen o en última instancia estorban, pues entonces a aquellos hay que nomás dejarlos morir. Suena extrema la afirmación “dejarlos morir”, pero no lo tomemos de manera literal. También se puede morir política, económica y socialmente. En el caso del “vivir bien” pasa algo similar, se entiende que la lógica es la mejora y el crecimiento de los sujetos, pero sin abusos ni excesos y en consonancia con los designios de la naturaleza, pero nuevamente se retorna a lo mismo y es el soberano el que se constituye en dominador y controlador de los bienes de la naturaleza, expropiando, contaminando y depredando, amparados nuevamente en las estratagemas político legales que solo sirven de blindaje

La segunda cabeza de este cuerpo bicéfalo, se manifiesta en la transformación del soberano en pueblo, este existe también dentro de la esfera de la legalidad pero básicamente como un usuario de las normas o como un sujeto empujado a obedecerlas. Más sin embargo, dentro la esfera de la legitimidad este mismo soberano se convierte en un solo cuerpo capaz de reconstruir lo ya establecido dentro de la primera esfera, la legalidad. A estos, en las más recientes décadas se los viene conociendo como movimientos sociales. Sectores de la sociedad que oscilan entre lo legal y lo legítimo, pero que en suma hacen a un mismo cuerpo y persiguen el mismo objetivo, controlar a la mayor cantidad de integrantes de la sociedad.

De alguna manera logramos entender cómo es que la lógica del soberano se ha mantenido a través del tiempo y el espacio, y como este en realidad solo ha sufrido una cierta metamorfosis, aunque en el fondo el trazo final sigue siendo el mismo, el control de la vida de los sujetos.

Para que toda esta secuencia se haya dado y se siga dando, encontramos un germen articulador que bien lo detalla Castro Gómez y sobre el que Foucault basará  parte de su reflexión, este es en términos simples el “poder”, y si nos basamos en el concepto menos complejo de este, diríamos que el poder es aquella manera, o estrategia de ejercer una o varias formas de dominio sobre los sujetos, sobre los grupos, un control o dominio sobre sus alegrías, sobre sus temores, sus sentimientos y sus pasiones. Creemos que a este exacerbado control hegemónico de los sujetos es lo que Foucault viene a llamar “biopolítica” y que a la par se convierte en el “biopoder”. Ambos prácticamente son lo mismo porque persiguen el mismo patrón de conducta, y para ello nunca han escatimado en el gasto de los recursos (económicos) a su alcance para fortalecer las instituciones que les sirven de organismos operativos, con lo que física e ideológicamente pueden llegar a los lugares más recónditos vulnerando así las susceptibilidades de los sujetos, en suma puro ejercicio de control.

Las tecnologías de gobierno en las albores del estado plurinacional

Si el biopoder se manifiesta en el control hegemónico de las instancias de poder a través de sus distintas instituciones (aparatos diría Althusser), y sobre la vida social y material de los sujetos, pues solo resta decir que a pesar de que las instancias de poder pasan y los gobiernos son reemplazados,  hay algo que en realidad no cambia y estas son las estructuras –sistema si quieren—, que conforman y dan vida a lo que concebimos como sociedad, es cierto, en realidad hablar de ambos términos es prácticamente hablar de la misma cosa, de aquel cuerpo u organismo que como conglomerado se afianza en las normas y reglas de tinte social que hacen a la lógica de una buena convivencia al interior de un determinado territorio.

A principios de los 80´y luego de una larga y oscura época militar, Bolivia ingresa a lo que hasta hoy conocemos como democracia. Una ideología político filosófica que se sustenta ahora en el traspaso del poder al pueblo. En otras palabras, se supone que el poder estaría hasta en el más minúsculo de sus habitantes. Pero esto no sucede en realidad, en los hechos esta democracia se convierte en delegativa, a saber, entregando las riendas del poder a los sujetos que asumen la responsabilidad de manejar los hilos del gobierno. A esta también la conocemos  como democracia representativa. Aquí el verdadero soberano se deslinda de gran parte de sus responsabilidades y las traspasa al gobernante para que este en suma busque lograr una mejor vida para todos aquellos quienes le dieron esta encomienda. Esta forma de estructura, esta forma de convivencia de la sociedad tenía sus virtudes y sus defectos. En cuanto a la virtud, no se puede dejar de lado el hecho de que la búsqueda de la representatividad implicaba una búsqueda del manejo del poder entre iguales, es decir, al ser todos parte de la misma estructura social, pues también todos podían ser representantes bajo el supuesto convenio de que todas las decisiones que se tomaban ya eran implícitamente representativas. Los defectos que tenía esta forma de construcción social básicamente rayaban en la poca participación de los integrantes de la sociedad junto a toda una estructura de instituciones de gobierno que básicamente consultaban, deliberaban y decidían entre sus pares, pero casi sin tomar en cuenta a aquellos que los habían colocado en esas instancias de poder. En esta primera etapa encontramos un biopoder que estaba claramente enmarcado en una lógica de subordinación por parte de los integrantes de la sociedad hacia los órganos de poder (gobierno), que tenían un carácter de superioridad frente a los demás y que a pesar de ser representantes eran una especie de semidioses difíciles de alcanzar.

Ya para la década de los 90´podríamos afirmar que se instaura otra forma de entender la democracia en nuestra región, se da un pequeño salto hacía una ampliación en la participación de la población, lo que se conoce como democracia participativa, se crean leyes como la de participación popular por ejemplo y poco a poco el común de la sociedad empieza a comprender la importancia de su participación en la toma de decisiones, pero nuevamente las instituciones políticas y gubernamentales coptan estos espacios y otra vez la figura del biopoder se manifiesta. Para no alargarnos en el tema, en la más reciente década se dio un nuevo salto hacia las mejoras de la democracia y constitucionalmente se transforma la república en estado plurinacional, con la siguiente característica: ahora el poder del soberano radica de alguna manera en la sociedad organizada, o sea, conglomerados de sujetos que tienen afinidades políticas, sociales, laborales y gremiales que forman parte de las esferas de gobierno y sustentan las transformaciones que se dan en la sociedad. Pero la dinámica social prácticamente no se detiene y estos avances en democracia fortalecen aún más las lógicas de control del biopoder. Con una salvedad, en estos tiempos modernos con atisbos de modernidad se ha reforzado una triada de tinte ortodoxo basada en la clase, el poder y la ideología, es así que dependiendo del lugar que se ocupa en la triada los sujetos están en situación de dependencia a los dictámenes de estas esferas. La búsqueda de pertenencia a una clase está dando lugar a ciertas ambigüedades que ya han trastocado incluso las lógicas marxistas de clase, donde el poder se está distribuyendo de distinta manera con un craso error y es que este poder se fortalece dependiendo de la clase a la que se pertenece o se hace alusión de pertenencia, para que estos dos anteriores se consoliden existe una ideología que sirve de catalizador, esta se consolida en las sabidurías ancestrales y la recuperación de los valores de los antepasados, ejerciendo nuevamente otra forma de discriminación y racismo social que es nuevamente el ejercicio del biopoder. Además, la gran dificultad de esta triada se basa en que a pesar del esfuerzo realizado en realidad no se ha transformado la estructura matriz del sistema, es decir, los avances cuantitativos y cualitativos siguen siendo logrados sobre un cimiento clásico, en ese sentido la reproducción del biopoder es constante y ahora ha tomado nuevas formas y maneras de incrustarse en los sujetos y continua ejerciendo el control de los mismos a través de su imaginario, que quizás es el lugar más vulnerable en nuestro contexto.

Historia y memoria (La maquinaria social se construye)

Siguiendo el artículo de Raúl Miranda encontramos una búsqueda por entender cómo se fueron constituyendo las formas de dominación a través de la historia. Para ello el autor realiza un análisis de la tesis IX de Walter Benjamín[1] donde se plantea una visión de lo que podríamos entender por historia, poder y progreso:

Cuando hablamos de historia y poder no podemos ahogarnos en un análisis conceptual y anecdótico. La memoria histórica y las cadenas de poder que la constituyen a veces producen angustiantes y dolorosos acercamientos a  aquellas realidades actuales que vivimos día a día. No es nuestro objetivo ulterior conocer lo que pasó en el desarrollo de la vida de nuestro mundo, sino entender por qué sucede (históricamente) lo que vemos día a día en nuestra realidad. […] pienso que la actitud de preguntarnos sobre éstas y muchas problemáticas no es algo cotidiano; lo que me lleva a pensar que la mayoría de nosotros creemos que la devastadora realidad en la que vivimos es natural, normal y fruto del azar de la vida, o más académicamente hablando, producto de la ley natural de la vida (De la ideologización de la historia a la descolonización de la memoria. Texto de consulta: Centro Misionero Maryknoll en América Latina. Pág. 1: 2015).

A estas alturas del partido es innegable la posibilidad constante de desenmascarar poco a poco los hechos contados por la historia, debido a su poca solidez sustentada en una ambigua realidad. Pero quizás la gran fortaleza de esta construcción histórica de la cual formamos parte, sea justamente la ambigüedad. Dentro de los discursos históricos por lo general se suceden toda una serie de vacíos que lo único que generan son distintas interpretaciones todavía más ambiguas. Esta lógica de construcción histórica tiene un fundamento, y es que mientras menos claras estén las cosas –hablando en términos históricos–, existe una mayor probabilidad de que a los sujetos se les cuente la historia que uno quiere que escuchen y que la asimilen. En realidad eso ha venido sucediendo desde siempre, por lo menos en este lado del mundo y de paso con mayor intensidad.

El progreso (otra construcción histórica)

Si las sociedades van avanzando a medida que va pasando el tiempo, es porque  así se lo ha venido planificando desde que la sociedad es sociedad tal cual la conocemos hasta ahora. El mostrar que existen sociedades más avanzadas y otras mucho más relegadas es netamente una construcción histórica producto de ideologías ajenas a nuestras realidades. Casi podríamos afirmar que por desgracia para los habitantes de este lado del mundo la historia siempre fue adversa, y no porque la realidad haya sido de esa manera, es solo que para lograr el establecimiento de poderíos territoriales, pues siempre tienen que existir los que no están a la altura de los demás.

Uno de los mejores ejemplos de lo que ha venido sucediendo es la construcción de la idea de progreso, donde algunas sociedades se van desarrollando por sus potencialidades y otras no logran hacerlo debido a la falta de estas. Pero resulta que la noción de progreso también es incrustada, inventada, lo que en algún momento también se llamó “Darwinismo social”, es decir, la búsqueda de fortalecer las sociedades que supuestamente son mejores y relegar a las sociedades que no están a la altura de los hechos históricos y que por ende merecen ser relegadas al atraso en sus distintas formas. Allí está la ideologización de la historia, justamente cuando esta sirve solo para unos y casi ni existe para los otros. Dentro de la ideologización de la historia el progreso juega un papel determinante, ya que como una especie de premio al esfuerzo, a las sociedades de tinte progresista se les da el derecho de sentirse dueños de las sociedades que están un poco alejadas del progreso mundial y casi por inercia estos primeros también se sienten con el derecho de escribir la historia para los demás.

La ideologización de la historia por ende, es la hija bastarda del biopoder, la una se complementa con la otra y en suma generan las sociedades “atrasadas”, los estados dominados, los sujetos controlados. Si este control se ha dado  través de las instituciones y a través de la historia, en la actualidad se viene dando bajo la premisa de la búsqueda y consolidación del hombre moderno. Este que está aislado de las tradiciones y valores, que solo entiende que debe avanzar al ritmo en que este mundo avanza y  aun sabiendo que ese ritmo es demasiado vertiginoso, no escatima en fundir los últimos suspiros de su vida por lograr obtener aquello que ideológicamente le han incrustado en su pensar común, cotidiano y vulgar. De esta forma el sujeto moderno se convierte en un mero utensilio para la estructura o el sistema y lo hace casi sin darse cuenta o como se menciona en el texto, asumiéndolo como algo natural o normal. De allí la importancia de la descolonización de la memoria a la que hace alusión Miranda en su escrito. Solo descolonizando la memoria se puede avanzar en la construcción de una sociedad un tanto diferente, un tanto más consciente. Pero esta descolonización se queda en discurso cuando no se entiende la lógica del biopoder y se la utiliza para generar nuevos oprimidos, nuevos controlados. Si esto es así el círculo nunca terminará, la estructura seguirá, el biopoder se profundizará, la ideologización de la historia continuará (aunque esto es aceptable porque existen muchas historias como pueblos hay en el mundo), y por ende solo se lograría la reproducción y no la transformación, que en último término es lo que se pretende.

Bibliografía

CASTRO GÓMEZ, Santiago. 2007. Michel Foucault y la colonialidad del poder. Tabula Rasa: Bogotá, No. 6.

MIRANDA, Raúl. 2015. (De la ideologización de la historia a la descolonización de la memoria. Texto Centro Misionero Maryknoll en América Latina.

Notas

[1] Hay un cuadro de Klee que se llama Angelus Novus. En él se representa a un ángel que parece como si estuviese a punto de alejarse de algo que le tiene pasmado. Sus ojos están desmesuradamente abiertos, la boca abierta y extendidas las alas. Y este deberá ser el aspecto del ángel de la historia. Ha vuelto el rostro hacia el pasado. Donde a nosotros se nos manifiesta una cadena de datos, él ve una catástrofe única que amontona incansablemente ruina sobre ruina, arrojándolas a sus pies. Bien quisiera él detenerse, despertar a los muertos y recomponer lo despedazado. Pero desde el paraíso sopla un huracán que se ha enredado en sus alas y que es tan fuerte que el ángel ya no puede cerrarlas. Este huracán le empuja irrefrenablemente hacia el futuro, al cual da la espalda, mientras que los montones de ruinas crecen ante él hasta el cielo. Ese huracán es lo que nosotros llamamos progreso.