El amor por la educación. Un pequeño homenaje a Ivan Illich

“Transformar el aprendizaje en educación paraliza la habilidad poética del hombre, su poder de darle un sentido personal al mundo. Por poco que se le arranque de la naturaleza, que se le prive del trabajo creativo, que se le mutile su curiosidad, al hombre se le desarraiga, se le maniata, se le seca.”
Ivan Illich, La Convivencialidad (2011)

illichIvan Illich (1926-2002) fue un intelectual austriaco, graduado en cristalografía, teología y filosofía, aunque fue en el campo de la educación donde mayor repercusión alcanzó con sus ideas. Autor de libros como La sociedad desescolarizada (1971), La convivencialidad (1973) o La escuela y la represión de nuestros hijos (1979) en los que realiza una contundente crítica hacia la sociedad. En ellos muestra como la institucionalización de las ciencias y el aprendizaje a través del sistema educativo coartan las posibilidades de un mayor desarrollo de las personas y, con ello, de la sociedad.

Su razonamiento es bastante simple y, desde mi punto de vista, certero. Los aprendizajes que existen en la vida son ilimitados (pues ni siquiera podemos decir cuántos aún están por descubrir), sin embargo el sistema educativo, empapado por la lógica neoliberal de medir todo para poder clasificarlo, limita los aprendizajes a través del currículum nacional. Esta limitación establece cuales son los saberes válidos para la sociedad y a través de se crea el molde del ciudadano anhelado por los que establecieron el currículum nacional. Esto tiene una doble característica negativa para la educación de las personas: La ausencia de muchos aprendizajes dentro del sistema educativo y el aprendizaje como elemento institucional.

Por un lado, tenemos la ausencia de muchos aprendizajes dentro del sistema educativo. Como decía en una entrada anterior, la educación es natural, el sistema educativo artificial. ¿Y qué quiere decir que el sistema educativo es artificial? Pues que ha sido planificado, estructurado y ejecutado. Dentro de esa planificación se limita lo ilimitable, se juega a ser Dios estableciendo que debe y que no debe ser aprendido, se llena de certidumbres nuestro incierto mundo, y, como consecuencia de esto, se niega la singularidad de las personas. Se les niega al hacerles pasar por un sistema educativo que trata a todos los estudiantes con el mismo patrón. Si la singularidad del estudiante va por fuera de los cauces de ese patrón, el estudiante será alienado por el sistema educativo para no sentirse excluido. La ingente cantidad de aprendizajes que quedan fuera del sistema educativo nunca podrán llegar hasta muchos estudiantes (sobre todo a los empobrecidos) y, por tanto, muchos de ellos no podrán llegar a conocer los elementos de la vida que le apasionan, que despiertan su interés para seguir profundizando en ellos. Esto nos empuja hacia el patrón impuesto por el sistema educativo que produce el ser autómata que nos hablaba Fromm. Una persona acrítica que se amolda a lo que le es solicitado, olvidando su propia interpretación de la vida en favor de la que le proporcionan las instituciones, en este caso el sistema educativo.  Una persona sin imaginación, sin creatividad, enajenada.

En segundo lugar, tenemos el haber convertido los aprendizajes en un elemento institucional. Para que un aprendizaje sea válido tiene que venir documentado por un certificado o diploma que lo acredite. En este momento todo aprendizaje sin ello carece de valor. Acostumbrados a esta lógica, la mayoría de la población ha dejado el aprender para hacerlo dentro de las instituciones dedicadas a ello. El autodidacta en nuestros días es una rara avis, pues si a la hora de la búsqueda de empleo no va a ser reconocido, ¿para qué aprender fuera de las instituciones? Grave error este, tanto para las personas como para la sociedad. El placer por aprender debería ser uno de los elementos centrales de nuestros sistemas educativos. Actualmente los aprendizajes están focalizados hacia la formación del trabajador y del ciudadano, pero, desde mi punto de vista y del de Illich, la educación debería estar enfocada en el pleno desarrollo de las personas, los aprendizajes deberían ser elementos fundamentales para el autoconomiento de cada uno de nosotros, sin una finalidad más allá que la de ir conociéndonos un poco más que nos permita disfrutar de nuestra singularidad.

Ivan Illich no se limitó a realizar la crítica contra el sistema educativo y la sociedad, sino que propuso alternativas muy interesantes para resolver estos problemas. En sus libros La sociedad desescolarizada y La convivencialiad, nos muestra un inédito viable para la educación. Su propuesta consiste en la de establecer ciudades educativas, donde existan multitudes de centros abiertos al aprendizaje constante. Centros donde la edad, los horarios, los espacios cerrados y las evaluaciones no existan. Ciudades donde el aprendizaje sea abierto a la libre decisión de cada uno de los estudiantes, que puedan ir transitando de un centro a otro siguiendo sus necesidades, intereses y pasiones sin ningún tipo de imposición. En cada uno de los centros habría personas de diferentes edades interesados por las diferentes áreas de aprendizaje (matemáticas, astronomía, música, etc.) con diferentes grados de conocimiento, formando redes de aprendizaje, que son compartidos con los estudiantes interesados. Una sociedad que rompiese los límites del aprendizaje, actualmente absorbido por el sistema educativo, para abrirlos a los intereses de las personas. Es decir, una educación realmente humana.

Desde esta humilde entrada quiero homenajear a Ivan Illich, pues fue el primer pensador que me mostró claramente que lo real no tiene por qué ser racional, y que existen muchas alternativas más allá de la realidad en la que vivimos.