Editorial Núm. 2

Mucho se habla de la globalización, sin embargo el concepto mismo ha sido naturalizado de tal manera que asumimos una serie de atributos que homogenizan y por ende imposibilitan reflexionar sobre las diversas lecturas existentes. A mi modo de ver estamos ante un proceso y a su vez una definición múltiple, contradictoria, ambigua, y hasta desigual. Hablar de globalización es reflexionar de todo y a la vez de nada.

Para algunos corresponde a la mundialización e interdependencia de las relaciones económicas, de los flujos comerciales y financieros que ocurren en distintas zonas del planeta. También se le ha asociado a la interconexión de los flujos de información.

A nivel cultural se le puede visualizar como un proceso de difusión y homogeneización, en que se configura un lenguaje común que tiende a negar sistemáticamente las diferencias. Se instala un modelo de vida que tiende hacia la uniformidad de los sujetos, pero al mismo tiempo ha sido un espacio privilegiado de encuentro en la diversidad. Mientras más se nos imponen parámetros universales más locales nos hemos vuelto. Hoy en ciudades como Buenos Aires y Santiago de Chile nos encontramos con agrupaciones de danza y música andina, compuestas por mestizos, migrantes del norte del país, de Bolivia y Perú, que han posicionado festividades y ritualidades aymara y quechua, en pleno contexto citadino.

Para los diversos movimientos sociales la globalización se presenta como el contexto de transformación de los escenarios donde se sitúan, que va desde lo local a lo global, o como diría García Canclini, en lo “glocal”, coexistiendo prácticas de resistencia con reelaboraciones identitarias modernas.

La globalización no es un fenómeno nuevo, está asociada al propio desarrollo del sistema capitalista y sus distintas fases, que está caracterizado por un incremento sustancial del capital transnacional en las economías de los países “centrales”.

Uno de sus principales elementos ha sido el debilitamiento y retroceso del Estado, disminuyendo los canales de participación y negociación colectiva, pero al mismo tiempo nos encontramos ante diversas movilizaciones que han posicionado demandas indígenas, medioambientales, de género, entre otras, como ejes de una actoría social a nivel mundial, con expresión en lo local.

Hoy los movimientos sociales y las organizaciones muestran una alta capacidad de actuar políticamente frente al Estado y los gobiernos de turno, en que se despliegan estrategias que van desde un trabajo conjunto con organismos nacionales e internacionales, en un entorno internacional de reconocimiento de sus derechos, hasta el advenimiento de diversas prácticas de poder comunal, de corte autonomista.

En Iberoamérica y el mundo la resistencia se ha globalizado. Lo que a simple vista parece imposible, por la misma condición de normalización y negación de lo diverso que ha traído la actual mundialización, está ocurriendo. Los propios movimientos sociales han usado los medios de comunicación para masificar sus reivindicaciones, basta sólo pensar en el caso del EZLN en México, donde la circulación constante en internet de diversas declaraciones y escritos ha potenciado la cercanía de un conjunto de actores mundiales con el zapatismo.

Las luchas locales se articulan en plataformas internacionales. Es así que en países como Chile y Argentina, campesinos, indígenas y organizaciones medioambientales se organizan de manera conjunta en contra de transnacionales como Barrick Gold, agente principal de la explotación minera que ha puesto en peligro un conjunto de glaciares milenarios.

¿Qué rol le toca a las Ciencias Sociales en este contexto?

Las Ciencias Sociales surgen al alero de la modernidad, constituyendo diversos conocimientos sistemáticos sobre la realidad, a través de la búsqueda de leyes naturales universales sobre la base de la idea de progreso.

A partir del siglo XIX, y en el XX, se crean estructuras institucionales para la creación y profesionalización de las disciplinas, ya que la investigación sistemática requería de múltiples zonas diferenciadas de la realidad, con énfasis en la neutralidad del estudioso.

Durante la década de los sesenta se da inicio a una serie de críticas que tienen como eje la propia descolonización de las Ciencias Sociales, sobre todo a partir del cuestionamiento de la idea de objetividad y por la falta de compromiso de los intelectuales con los sujetos y las colectividades que han sido históricamente investigadas por ellos. De a poco se ha ido asumiendo que todo conocimiento es una construcción social, siendo fundamental dialogar e integrar las múltiples perspectivas de mundo, como una forma de validar las diversas formas de conocimiento, y no únicamente la académica.

Ante la globalización de las luchas, como cientistas sociales y además como parte de los movimientos sociales, se nos presenta el gran desafío de articular ambas instancias, a partir del mutuo conocimiento y reconocimiento, no sólo desde el respeto sino sobre todo desde la convivencia entre nosotros, y no entre “otros”.

Somos comunidades pensantes, vivas, activas, que resistimos pero además que proponemos nuevas y reivindicamos antiguas formas de vincularnos, desde lo local pero dialogando en lo global.

Francisca Fernández Droguett
Colectivo de Danzas Andinas Quillahuaira (Chile)
Antropóloga