Dos o tres cosas que sé (y ví) sobre el actual escenario político argentino La estrella aún latente del kirchnerismo

Quizás sea propio de la idiosincrasia argentina, o solamente una casualidad, pero el tema de la centralidad del leader en la historia política argentina es una cuestión capital desde, por lo menos, la llegada de las masas al escenario político; o sea, desde el Peronismo (1944).

Hace casi dos años, y por segunda vez en su historia, el Peronismo del Siglo XXI sufre una derrota en libres elecciones (la otra fue en 1983) por un proyecto político de centro-derecha y neoliberal cuyo intérprete principal es el actual presidente Mauricio Macri, hasta entonces gobernador de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Desde el 10 de diciembre de 2015 en adelante, las medidas económicas del gobierno se han encaminado hacia una clásica doctrina liberal, que en este caso ha afectado por un lado al ajuste a la política social del país (los subsidios sociales), despidos masivos en la administración pública, levantamiento de las retenciones a las grandes empresas agro-pecuarias y explotadoras (minas) para aumentar las exportaciones al exterior, levantamiento de las protecciones internas del mercado con el consecuente quiebre de decenas de empresas (sobre todo en el textil y en la metalurgia). Hasta acá, la situación se enmarca en un clásico esquema de dualidad entre derecha e izquierda en América Latina, espacio geográfico en el cual estas distinciones, a diferencia de Europa donde ya no describen la realidad, son más vigentes que nunca.

Observando en vivo lo que ocurre en la Argentina, a pesar del listado de las medidas neoliberales de Macri, la sensación que más fuertemente me está acompañando es la percepción compartida con muchas personas cercanas al espacio político del kirchnerismo, que el nuevo gobierno quiera modificar no solamente el plano económico, sino también las políticas públicas en el campo de la educación, investigación y de los Derechos Humanos. En este sentido una huelga docente sin igual en la historia reciente del país (hace 4 meses que deberían haber comenzado las clases) y el recorte presupuestario del Conicet, el centro nacional de investigaciones, dan para pensar que después de las elecciones de mitad de mandato las cosas puedan empeorar aún más. En este sentido se puede apreciar un clima de espera en ciertos ambientes culturales de la capital argentina. Hace poco un personaje público como Horacio Verbinski en «Página 12» escribió sobre un “plan” para impulsar una regresión en materia Derechos Humanos. Cierto es que hasta la fecha no podemos evaluar si efectivamente tal plan será una realidad o solamente una “impresión” del espacio político que gravita alrededor de la ex presidenta Cristina Kirchner. Aún así, la verdad es que desde diciembre de 2015, aunque oficialmente el discurso sobre la última dictadura no cambió, desde el oficialismo llegaron señales de que el discurso “oficial” de los últimos 12 años sobre la época de la dictadura ya seguía igual. Es interesante en este sentido que la “teoría de los dos demonios”, el discurso surgido en los ochenta sobre la dictadura, en su mayor parte justificador del accionar de las Fuerzas armadas en el proceso de desaparición de los “subversivos”, siguió siendo discretamente hegemónico para algunos sectores sociales (pequeña clase media, concentraciones económicas, etc.). Hoy vuelve a estar de moda aupado por las declaraciones del gobierno, muy a menudo desmentidas por el mismo oficialismo, que subrayan la similitud entre el accionar de los represores y de los reprimidos. Es interesante en este sentido que una palabra tabú durante los últimos años como “terroristas” para describir a los guerrilleros, se volvió a utilizarse para narrar la historia reciente, como por ejemplo pude ver en el Museo de la Casa Rosada. También la sensación que, de una administración a la otra las cosas han cambiado fuertemente, apreciándose sorbe todo en la narración del pasado, tanto en los museos cuanto en los centros culturales de Buenos Aires.

Todo esto es el marco en el cual se dan los acontecimientos políticos previos a las elecciones de octubre y a las Paso, las primarias oficiales, en las cuales el Kirchnerismo opositor se enfrentará al comité electoral de Macri, Cambiemos. En este sentido las elecciones serán fundamentales para entender cuál es realmente la fuerza de la oposición y del gobierno, pero sobre todo cual es el nivel de popularidad de la ex presidenta que se juega su carrera política en las elecciones mas difíciles de su vida. Consciente de que el viejo Frente para la victoria (FPV) fue capaz de involucrar sólo a una parte de la sociedad, la nueva fórmula, la de la Unidad Ciudadana, también con un nombre más neutral, se abre a una sociedad a la que ya no le alcanza el cansado relato nacional y popular. Es interesante marcar en este sentido que en un multitudinario acto de apertura de la campaña de la Unidad, Cristina no haya solamente hablado al “pueblo camporista” y de las muchas agrupaciones K que fueron la columna electoral de las pasadas gestiones. Sino que haya hablado a la ciudadanía en su conjunto, invitando en el palco docentes, investigadores precarios, jóvenes estudiantes, comerciantes, mirando, en otras palabras, también a una clase media que representa un verdadero dilema en la América Latina de hoy. El dilema de una clase tanto en la Argentina, como en Brasil o en otros países, surgida de las medidas económicas de gobiernos populares y de izquierda, y rápidamente cooptada por el discurso anti-popular típico de las derechas de la zona. Estos son los elementos que se abren a una incierta campaña electoral y a los próximos años de gestión de Macri. Lo cierto es que, a casi dos años de su salida de la Casa de gobierno, y aunque no sea segura su candidatura,  la estrella de Cristina no se apagó.