Del imperio de la sustentabilidad a la sustentabilidad del imperio.

El estado actual de las cosas nos ha remitido necesariamente a mirar nuestro entorno y repensar en los costos de nuestras propias acciones. Siguiendo esta línea, las acciones realizadas con el fin de minimizar los daños al ambiente se han clasificado bajo el término “sustentabilidad”; esta palabra se ha incorporado de manera rápida al léxico de muchas personas e instituciones que con una idea “humilde” aceptan de manera tajante este término y los mecanismos establecidos para poder llegar al objetivo final.

Sin embargo, en esta pequeña reflexión daré algunos elementos que permitan ampliar el panorama de la sustentabilidad y el trasfondo teórico que esta corriente “de moda”  implica.

En primera instancia, debemos entender que hay un debate respecto a los términos sustentabilidad y sostenimiento; ambos no significan lo mismo, más bien son rasgos del desarrollo teórico de una misma corriente, la cual sobrepone el eje económico sobre el social y el ambiental. Y es que si revisamos las diferencias teórico-prácticas entre esos términos podremos ver que el sostenimiento sólo implica la valorización en dinero de los efectos que el desarrollo industrial genera a través de los vales de carbono, por ejemplo. Es decir, se acepta que se contamine, pero no importa debido a que las sanciones o los vales pueden resolver esa contaminación. El caso de la sustentabilidad es diferente debido a que no sólo se hace una valorización en dinero de los efectos, sino que además se da la interiorización de las externalidades dentro del proceso productivo, es decir, si se utiliza agua para un proceso productivo no sólo se pagará el daño ecológico posible, sino que ahora esa agua antes de ser arrojada al río más cercano, será utilizada en más de un proceso productivo.

En otras palabras, la sustentabilidad reviste un trasfondo productivo que intenta hacer más eficiente dichos procesos. De allí que esta corriente teórica sea objeto de críticas tales como un discurso y práctica que lejos de pensar en cambiar la forma depredadora del sistema, intensifica el proceso productivo y con ello el desperdicio de los recursos naturales. De allí, que esta corriente maneje en su discurso conceptos tales como mitigación, bioenergías o adaptación que más que generar un cambio radical (de raíz) interceden en la construcción discursiva de un “capitalismo verde” y amigable con la naturaleza.

En realidad, este intento de hacer eficiente los procesos productivos capitalistas dentro de los procesos en donde hay recursos naturales es de trayectoria larga. No es sorpresa que los ciclos naturales son más lentos que los ciclos del capital (dinerario, productivo y mercantil), esto por lo que la relación entre el sistema predominante y la naturaleza es de tipo depredadora. Se extrae más de lo que se regresa.

Otro punto importante que se debe retomar son las propuestas que están generando con el supuesto fin de enfrentar el cambio climático. El caso de los biocombustibles es claramente una propuesta contradictoria entre el discurso y la realidad que ellos mismos intentan enfrentar. Por un lado, se ha dado un impulso al uso de cultivos que puedan ser utilizados para la obtención de combustibles alternativos y amigables con el ambiente, no obstante, el gancho no es tanto el proceso del cultivo, sino el de obtención del biocombustible ya que se requiere de una serie de infraestructura y tecnologías que resultan ser de elevado costo que no cualquiera puede adquirir y que de una u otra manera implica la compra de esos elementos en el mercado internacional. Si vemos la parte del cultivo, podemos encontrar una réplica generalizada respecto a la contradicción que existe: se está utilizando tierra productiva para este tipo de cultivos a pesar de que organismos internacionales han hecho el llamado sobre el incremento poblacional en los próximos años y la necesidad de asegurar el alimento para cada una de esas personas. Pareciera ser que es más importante producir combustible que asegurar el vida de la humanidad.

Frente a esta corriente hegemónica se presentan otras más que intentan dar una respuesta alternativa para el problema que nos hemos causado. Una de ellas es la corriente del “desarrollo compatible” que tiene como finalidad hacer una integración de los elementos sociales, económicos y ambientales en pro de crear un equilibrio entre los tres ejes y que permitan no sólo mantener la vida en la Tierra, sino también la nuestra; otra corriente es el “vivir bonito” que proviene de la cosmovisión de los pueblos indígenas suramericanos, la cual propone una relación recíproca entre los humanos y la naturaleza. Estas dos corrientes vienen a dar una propuesta antisistémica donde no existe un eje que predomine sobre los demás, al contrario, hay un equilibrio entre lo que hay, lo que queremos y lo que devolvemos.

A lo largo de esta reflexión hemos visto cuál es el trasfondo económico y sistémico que posee y justifica; vimos también cómo es que este término debe ser tomado con precaución y analizar cuáles son las implicaciones que conlleva. A pesar de que se ha convertido en una palabra que cada vez más aparece dentro de los proyectos universitarios, productivos, políticos y sociales, la realidad es que no contempla un cambio entre lo que obtenemos y lo que devolvemos. Finalmente lo importante no es sólo ser críticos ante los términos y conceptos, sino analizar los procesos prácticos que se realizan en nombre de la naturaleza y en pro del desarrollo social y crecimiento económico para cambiar la situación que hemos generado.