De “Patricia” y el petate del muerto.

Por Víctor Santa Rita Villa.
Profesor de primaria y disidente.

En el presente artículo se vierte la opinión por parte de un ciudadano mexicano sobre la situación imperante en su país.

 

Las estrategias de un gobierno tambaleante, pueden llegar a los límites del ridículo. Sobre todo, cuando recursos tan gastados como la mal llamada “democracia” han sido ya más que devaluados y quemados, malbaratados por un aparato mediático, ya por completo carente de credibilidad como son los medios en México. Los hechos que evidencian que la situación del país va de mal en peor, subyacen en que se llegue a hacer de cuestiones que desde siempre han sido dolorosas y devastadoras como son los fenómenos meteorológicos, como los temblores y huracanes, medios de coacción para desmotivar al país entero y desmovilizar a la ciudadanía. Y no es que problemáticas tan graves como un huracán sean levedades, sino que, no son raras en un país que año con año es sacudido y devastado con la anuencia, displicencia y pasividad de un Estado inútil, que se preocupa más por mantener una imagen que por prevenir catástrofes de esta índole.

El huracán “Patricia” fue, como dice el dicho popular mexicano “el petate del muerto”, que distrajo a los mexicanos de numerosas problemáticas que los aquejan y de un atraco más a la lista que ya de por sí es larga, la propuesta de las cámaras legislativas de aplicar un impuesto a los combustibles que incrementaría en un 25 % su precio, un golpe más a la economía de los mexicanos, ya bastante derruida y menguada por un gobierno que a 3 años de gestión ha vendido hasta las piedras, y no para satisfacer las necesidades de las masas, sino para saciar un hambre voraz y desmedida de dinero de los que dicen llevar las riendas del país. Pero no es que los huracanes en México sean creados por influjo de algún artefacto tecnológico, lo que es creado, alimentado y maximizado es el miedo que provocan ante la destrucción que traerán consigo; más destrucción han traído los gobiernos que durante más de 80 años han saqueado al país, lo han vejado y convertido en una fosa común, en la que los hijos de innumerables generaciones han servido como puntal para construir fortunas desmedidas, de la noche a la mañana, de políticos y empresarios que se han servido de la gente y los recursos que a todos pertenecen.

Es deleznable que un suceso que esencialmente causa terror a la gente, sea maximizado para desviar su atención como fue el meteoro llegado a costas mexicanas del pacífico el día 23 de octubre del presente año. El país se cae a pedazos y no es por los efectos de un huracán. Los trabajadores del estado en los rubros de educación y salud se encuentran al borde de perder sus empleos por el afán de privatizar las paraestatales y la ciudadanía que depende de ellas está al borde de quedar al abandono en dos aspectos fundamentales para el desarrollo del país. Todo esto gira en torno a la llamada “reforma energética” la cual, abre a la inversión extranjera los vastos yacimientos de hidrocarburos y que, pese a los elogios que el mismo gobierno, privó de los ingresos que por la renta petrolera se percibían, dejando un hueco insalvable en el erario público, el cual sólo con prescindir de los servicios públicos que todos los mexicanos pagan por medio de sus impuestos, salvarían su vida de lujos y enriquecimiento desmedido y voraz.

Cualquier fenómeno meteorológico implica riesgos para la población, no obstante, hacer uso de una situación así es una bajeza, que mengua, no sólo en la ya de por sí nula credibilidad del gobierno, sino del mismo modo en la capacidad de asombro de la ciudadanía, y por ende en su habilidad de actuar coherente y eficazmente ante una eventualidad de verdad grave. Alejar la atención de la situación en la que se encuentra el país haciendo uso de esto, es en resumen, al igual que el desvío de recursos que los mexicanos donan para apoyar a los damnificados un signo inequívoco de que la calidad moral y las buenas intenciones son inexistentes en los individuos que “gobiernan” la nación.

Es por esto que el deber de los mexicanos, lejos de caer en cualquier ardid publicitario del gobierno, es no caer en alarmismos prematuros, estar pendientes de las emergencias y desastres reales y apoyar en gran medida a resarcir el daño que gobernantes y catástrofes naturales están haciendo a nuestro pueblo.