De amnistías y despenalizaciones de la prostitución

La historia a menudo nos enseña como la legislación o la norma no necesariamente caminan de la mano de la ideología y de la mentalidad social, del mismo modo que las personas que poblaron España en 1492, no pasaron en cuestión de unas horas de ser medievales a modernas, y las costumbres y razonamientos del primer periodo, hubieron de evolucionar aún durante años y años hasta ser abandonados por formas nuevas de pensar más propias del periodo nuevo. Tener presentes estas cuestiones, en principio baladís, es fundamental para no perder el norte a la hora de realizar propuestas o sugerir reformas cuyo fin podría alterar por completo a la sociedad.

Una reflexión que me lleva a pensar en la idea de Amnistía Internacional de despenalizar la prostitución como método positivo, entre otras cosas y según la propia Amnistía, para ayudar a que el fenómeno se descriminalice a nivel popular. Una reflexión curiosa, dado que la criminalización de las prostitutas y de la prostitución es casi tan antigua como su existencia y ha tendido a caminar siempre al margen de las diferentes medidas y leyes adoptadas con respecto al fenómeno en cualquiera de nuestros pasados siglos. Este análisis de la sociología de la prostitución, del cual la prensa se hizo eco a primeros de agosto, resulta a mi modo de ver un atraso en la lucha por la igualdad de las mujeres y un atraso en la lucha contra la prostitución, máxime cuando se trata de una idea promulgada por un movimiento que lucha por los derechos humanos y porque no se corrompan otros más concretos como el de la libertad o la sexualidad.

Curiosa me resulta la visualización de cooperativas de proxenetas y prostitutas, como se propone, charlando abiertamente sobre qué medidas tomar para rentabilizar aún más el negocio, el horario de entrada y salida al mismo, o propuestas para luchar desde dentro en favor de la eliminación de la trata y el comercio de mujeres para su explotación sexual. Porque la despenalización cambiaría en poco el funcionamiento actual del fenómeno de la prostitución, siendo una total entelequia el cooperativismo entre empresarios del sexo y prostitutas, dado que la propia existencia del proxeneta (máxime representante de la trata de personas) ya nos indica la nula relación de igualdad con respecto a las mujeres prostituidas.

La simple sugerencia de la despenalización en base a una supuesta garantía de protección para las trabajadoras del sexo, induce a un alejamiento de todo el trabajo que durante décadas diferentes colectivos e investigadores llevan realizando con el fin de erradicar una tradición del todo patriarcalista, que cosifica a las mujeres y las incita u obliga a humillarse frente al cliente y/o proxeneta que cree ejercer de jefe al más puro estilo caciquil sin ningún tipo de opción a réplica. «La prostitución es la más horrible de las aflicciones producidas por la distribución desigual de los bienes del mundo», dijo Flora Tristán ya en el siglo XIX, y por ello, la idea de su despenalización no solo favorece a aquellos que se enriquecen con el fenómeno, sino que proyecta una imagen de asimilación de la prostitución desde el triste punto de vista de su inevitabilidad.

Legislar y/o regular no necesariamente repercute en el juicio social, en el cual sigue calando a nivel general una idea de inferioridad de todas aquellas mujeres que ejercen la prostitución, como bien refleja la actitud de numerosos jóvenes del siglo XXI que a menudo acuden a zonas transitadas por prostitutas para humillarlas verbal o físicamente. Entender la prostitución como un trabajo y regular o legislar en torno a ello, conllevaría a una completa aceptación formal de su ejercicio y su consumición, acrecentando aún más si cabe, el papel protagonista mundial del capitalismo neoliberal en el mundo, bajo el cual todo parece vendible y comprable hasta el grado más íntimo. Dichoso trabajo es aquel que se elige como única alternativa a la vida, que ni siquiera se elige, o que perpetúa (haya libertad o no) de forma tan contundente los antiguos roles del género.

No cabe duda de que cualquier mujer posee o debe poseer ese derecho y libertad de ejercer la sexualidad a su antojo, pero este libre ejercicio debería estar relacionado con la sexualidad bien entendida, es decir, aquella que es completamente libre y no se ve condicionada en modo alguno por la necesidad social o económica, situación que tristemente revela el largo camino que aún queda en materia de igualdad social y laboral con respecto a las mujeres de todo el mundo. Porque la única forma de proteger los derechos de dichas trabajadoras es la lucha por un mundo libre de prostitución y con oportunidades y opciones labores dignas, reales y en plena igualdad con los hombres.

La polémica siempre ha estado servida en torno a la prostitución, y al hilo de las últimas noticias, parece que se mantendrá servida.