Culturas e Identidades

Me siento feliz formando parte del equipo que ha comenzado Iberoamérica Social. Se trata de un grupo joven, dinámico y motivado, con ideas convergentes sobre cómo reconstruir las utopías en un escenario globalizado, neoliberal, complejo, incierto y conflictivo.

Algo breve sobre mí, antes de seguir avanzando. Soy pedagogo de formación, con un interés fuerte hacia lo interdisciplinar. Trabajo como profesor en la Facultad de Educación de la universidad de Sevilla (España). Me he pasado casi toda mi vida en las aulas, la cosa ya va para medio siglo, desde los cinco años hasta el día de hoy. Primero como alumno, y luego como maestro de enseñanza primaria y como docente universitario. Me interesan las teorías educativas innovadoras y críticas (Célestin Freinet y Paulo Freire, por ejemplo), la diversidad cultural, la investigación cualitativa, los enfoques biográfico-narrativos en investigación y formación; y, en general, las aperturas de las ciencias sociales y de las pedagogías hacia la vida cotidiana, la experiencia vivida, la diversidad, la pluralidad, la escritura, la literatura, las nuevas tecnologías y el trabajo en red (networking). En los últimos años he intensificado mi colaboración con colegas de América Latina (congresos, publicaciones conjuntas, enseñanza en maestrías, etc.). Otra manera de contar mi biografía, más informal y subjetiva: se me olvidan bastante las cosas que van pasando, tanto las buenas como las malas; a veces estoy en un lugar, y descubro que no sé ni la razón que me ha llevado a él ni –y esto es peor- cómo debo de actuar; una vez, estando en Londres, una ardilla entró en mi habitación, aprovechando mi ausencia, y, en un ataque sorpresa de hiperactividad, destrozó todo lo que pudo, huyendo con alguna pertenencia mía; un día ayudé durante media hora a una persona encerrada en un ascensor y que se encontraba en estado de shock; una vez soñé que Obama espiaba mis emails, esto me pareció incluso gracioso, pero resultó que mi sueño no era ni surrealista ni creativo, pues ahora se ha convertido en una pesadilla; ahora no tengo carro, y mis estudiantes se apenan por ello, y no me comprenden, y yo sufro al ver que no me entienden; cuando estoy en casa, añoro viajar, y cuando estoy fuera añoro volver a casa.

Escribo esto desde la universidad de Roskilde (Dinamarca), en donde estoy haciendo una estancia de tres meses. La preposición “desde” indica una perspectiva, también un lugar, y esto significa una manera de ver y de comprender.

El tema de este blog será las culturas y las identidades: así, en plural, para reflejar lo que tienen estos ámbitos de incertidumbre, pluralidad, diversidad y libertad. Ya sabemos que también habría que añadir lo que tienen de limitador, reductor, castrador y opresivo. Pero esto ya se encargan de recordarlo diariamente –y de manera muy elocuente- los gobiernos, las empresas, las escuelas, las iglesias, las familias, los grupos conservadores y fundamentalistas, los enemigos de los jóvenes y de las mujeres, con sus dinámicas opresivas y limitadoras. En este blog ofreceré algunas ideas sobre culturas e identidades, desde una perspectiva iberoamericana, pero, claro, ineludiblemente situada en un contexto globalizado. Para desarrollar algunas ideas, en algunas ocasiones recurriré a historias y narrativas, a experiencias propias y ajenas, a informaciones sobre la actualidad.

La diversidad cultural es algo que impresiona. ¡Cuánta variedad en nuestro planeta! Lenguas, ropas, comidas, formas de comunicar y amar, ritos colectivos, creencias y religiones, formas artísticas y estéticas, actitudes hacia los niños, relaciones con naturaleza y con la economía: ¡cuánta creatividad individual y colectiva! Y sin embargo todos –y todas- somos iguales. Me quedo con esta idea en el inicio de mi blog. Más allá de nuestros contextos, de los tiempos y espacios de nuestras vidas, todos los seres humanos somos iguales (dejo para otra ocasión la cuestión del resto de especies animales, que hasta cierto punto deberían ser consideradas como “nuestros iguales”).

Me impresionaba la frase del Dalai Lama: “Sólo soy una persona más, entre siete mil millones de seres humanos”. Una afirmación sencilla, casi banal. Pero que encierra una verdad profunda, no siempre admitida y mucho menos practicada. Que me disculpen los católicos, pero no me imagino al Papa de Roma –ni al actual ni a los anteriores- pronunciando una frase tan radical y tan comprometida. Las grandes religiones del Libro y los poderes políticos pasados y presentes reivindican la igualdad, pero ni la practican ni la tutelan, al menos en la medida en que debieran hacerlo. Y, sin embargo, la igualdad es uno de los motores de la historia humana. La democracia se desarrolla en la medida en que se reconoce la igualdad de las personas. Igualdad entre hombres y mujeres; igualdad entre niños, jóvenes, adultos y ancianos; igualdad entre personas de diferentes culturas, etnias, naciones, religiones, lenguas e ideologías.

¿Cómo deberíamos organizarnos para ser cada día menos desiguales?, ¿qué papel podemos desempeñar en esta tarea los educadores, los comunicadores, los activistas sociales y culturales?, ¿cómo podemos organizar la actividad económica para impedir las desigualdades graves que conducen a la pobreza, la exclusión, la reducción de la esperanza de vida, la enfermedad, la muerte prematura? Todas estas cuestiones tienen relevancia en la sociedad, la participación política, el mundo del trabajo, las instituciones educativas, las familias, las tecnologías de la información y de la comunicación, la vida cotidiana y el ocio. Reivindiquemos, junto a la pluralidad de las diversidades culturales y de las identidades cambiantes, el ideal de la igualdad. Promovamos ambientes saludables en donde la igualdad sea un eje central de la vida diaria. La reducción de la desigualdad es una tarea urgente en Iberoamérica. Y una condición para hacer valer la idea de que todos –y todas- somos iguales.