El cooperativismo en México. Una alternativa en análisis.

Introducción

La historia que la humanidad ha escrito sobre sí misma desde hace tiempo, siempre ha estado marcada por elementos contextuales y sociales que permiten la perduración o el cambio de sistemas sociales acordes que permitan la reproducción de la vida colectiva.

No obstante, es menester mencionar que dichos contextos cambian con el tiempo. Así se vuelven históricos. Hoy, la sociedad actual se encuentra en un proceso de reconfiguración consecuente con la fase actual del capitalismo, es decir la globalización. Esta fase tiene como objetivo redelinear las funciones de los Estados-Naciones a partir del eje económico; si bien, el Estado-Nación surgió como un ente encargado de preservar y salvaguardar el interés común a partir de su incursión en partes funcionales y administrativas de la vida social, lo cierto es que, ahora se está delimitando a ser un garante del desarrollo libre y sin consecuencias del capital en su modo financiero-especulativo.

Además de esto, la globalización se ha encargado de mercantilizar diversos ámbitos que, hasta hace poco, se mantenían en el dominio exclusivo de los individuos que se diferenciaban de otros grupos sociales a partir de su Lebenswelt. La cultura, por ejemplo, se encuentra actualmente dentro de los ámbitos donde el ciclo de acumulación se desarrolla de una manera rápida e impositiva. Las culturas y cosmovisiones del mundo se están cuestionando y criticando desde Occidente con el fin de refutarlas y asimilar la “nueva y consensada” cultura mundial; dicha cultura se afirma como nueva, diversa y consensuada, cuando en realidad es vieja, uniforme e impuesta.

Y no sólo es esto. El sistema actual predominante a nivel internacional está exacerbando las bondades que genera, al mismo tiempo que exaspera a los individuos con sus hostiles formas de producir y reproducir dichos beneficios. En este sistema debe haber pobres para que haya ricos, debe haber desigualdad para poder buscar la mejor manera de erradicarla, debe haber personas con hambre para que busquen un trabajo y puedan (sobre)vivir.

La re-delimitación de las funciones tanto del Estado como el de los individuos está generando que las clases sociales se disipen y se clasifiquen en dos “nuevas” categorías: capitalistas y excluidos. Ha eso se resume todo este proceso de desarrollo y reconfiguración sistémica.

En este sentido, gran parte de los excluidos han entendido que tienen dos opciones: la primera es seguir manteniendo el sistema y con él a los capitalistas (revestidos ahora bajo el nombre de empresarios o emprendedores), mientras que la segunda opción se establece como una alternativa en función del sistema y la correlación de fuerzas dentro de movimientos alternativos que permitan una reconfiguración de las relaciones sociales dentro del trabajo.

El movimiento cooperativista tiene este propósito. Aunque su comienzo se establece en 1844 en Rochdale, Inglaterra, lo cierto es que este movimiento se ha mantenido e incluso ha crecido en números relativos y absolutos. La idea grosso modo de este movimiento es generar las condiciones contextuales ideales para que los individuos tengan una vida digna.

Lo anterior, hace que dicho movimiento se vuelva emancipador en relación al que se ejerce actualmente. No obstante, el proceso de reconfiguración que este movimiento asume, hace que encuentra fácilmente enemigos contextuales e históricos que no permiten concretar el proceso de “reestructuración”.

Como todo movimiento, el cooperativismo no sólo posee la parte emancipadora en práctica y discurso, sino que establece una serie de detonantes que propician de una manera más rápida su aplicación y apropiación. Surge así la propuesta de una economía diferente, es decir, la Economía Social. Ésta se desarrolla a partir de la idea del bienestar colectivo y de la supremacía del humano sobre el capital.

El movimiento cooperativo ha tenido una capacidad de adaptabilidad impresionante, es decir, actualmente las cooperativas se encuentran en cualquier Nación, independientemente del régimen que ejerza o incluso el discurso religioso que predomine; ha demostrado que la acumulación de la riqueza no es lo más importante ya que gracias a esa riqueza se está destruyendo el propio hombre.

La inferencia anterior será nuestro el tema a desarrollar en este trabajo. Se analizará el caso del movimiento cooperativo en México, así como una mención general de las bases, principios y retos que actualmente enfrenta.

Apuntes sobre la globalización

A  primera  vista  podemos  decir  que  la  globalización  “es  ampliación,  profundización y aceleración  de  la  interconexión  mundial  en  todos  sus  aspectos  de  la  vida  social contemporánea” (Lerman, 2006, p. 9), sin embargo, esta definición carece de profundidad y delimitación en sí misma, por lo que agregaremos que la ampliación es referente  al  capital  financiero  (llevado  a  cabo  por  la  especulación  en  las  bolsas internacionales), la profundización  que  se da en el seno de  las desigualdades sociales tanto dentro de los Estado-Nación como en sus interacciones  y la aceleración, a través de las empresas trasnacionales, para el cumplimiento del único objetivo del sistema: la acumulación de capital. Así la globalización busca, mediante la persuasión discursiva, posicionar al neoliberalismo como el eje principal del desarrollo.

Etxezarreta (2001, p. 13) menciona que la globalización “no es más que el nombre que se da a la etapa actual del capitalismo”. Por otro lado, Fernand Braudel (1986) afirma que el capitalismo comenzó a incubarse desde el siglo doce como resultado del mercantilismo que se practicó en ese momento; de allí se dio paso a la Revolución Industrial que dio como resultado que se comenzara a expandir no sólo la producción de mercancías (bienes y servicios), sino también la práctica de la relación tripartita entre el capital, el capitalista y el obrero.

Mientras se explicaba y describía el proceso de acumulación de capital y el proceso de generación de riqueza, surgieron dos corrientes que entendían y explicaban estas nuevas relaciones sociales. La primera explicaba que la generación de riqueza se hacía a través de la reconfiguración que se da por parte de las materias primas y por ende de las máquinas, mientras que la segunda explicaba que la generación de riqueza se encontraba en la mano de obra que se empleaba para la construcción de los productos.

Llegado el siglo veinte el capitalismo comienza con la creación de instituciones garantes de su desarrollo a nivel internacional: la creación del Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial (BM) que se encargarían de “salvaguardar” la integridad de los países capitalistas y de restaurar los estragos de la segunda guerra mundial. Bajo las condiciones imperantes, EU se convertirá en la potencia hegemónica que se encargará de expandir el capitalismo hacia los países americanos; terminando el siglo veinte se crearán dos bloques dentro del sistema capitalista: aquellos países que serán llamados “desarrollados” y aquellos otros que serán denominados “en vías de desarrollo”; estos dos bloques estarán relacionados por tres leyes: el supuesto de la autorregulación del mercado, el libre capital entre ambos bloques y la relación centro-periferia que se establecerá para la producción

De estas leyes económicas, la referida al mercado implica una serie de restricciones hacia el Estado, es decir, a limitar su posible intervención en el ámbito económico. De allí que a partir de los tratados y modificaciones legales que se dieron por toda América Latina, el Estado permitiera el establecimiento de capital extranjero (empresas trasnacionales) que “ayudaría a incrementar la producción” para exportar los bienes y generar riqueza.

Todo el proceso capitalista se ha enfocado, hasta este momento, en la maximización de la producción y en la importancia de liberar el capital de cualquier traba (legislativa y como veremos más adelante social y cultural), por lo que a este punto del capitalismo se ha llamado globalización.

El paradigma de la globalización

Se ha visto que la globalización en sí sólo tiene un objetivo principal y éste la mercantilización de todos los ámbitos en los que el individuo se desarrolla. Sin embargo, este nuevo proceso de mercantilización trae consecuencia en los individuos al momento de relacionarse, es decir, la implicación de un costo para la socialización, da como resultado que muchas personas queden exluidas por su incapacidad financiera de “permanecer” en los círculos sociales.

La primera paradoja del capital se rige  a través de la libertad de movimiento por parte de los individuos, ya que, como afirma Zygmunt Bauman (2010, p. 17) “Sacarse de encima la responsabilidad por las consecuencias es la ventaja más codiciada y apreciada que la nueva movilidad otorga al capital flotante, libre de ataduras”, es decir, que después de que el capital haya generado y acumulado toda la riqueza de la zona donde se estableció, puede tomar sus cosas e irse sin que alguien pueda adjudicarle alguna responsabilidad de las consecuencias que pueda dejar en dicho lugar. Con esta “responsabilidad” inhabilitada, se puede observar la verdadera silueta del capital depredador de la naturaleza; de una economía sostenible o sustentable y no un desarrollo compatible, es decir dar y recibir en la misma proporción. Bajo el discurso modernizador, se propone como obligación la apropiación de la naturaleza para ‘generar la riqueza que todos necesitan’; esto ha tenido distintas efectos en países como Brasil donde en tan sólo un año (agosto 2012-2013) se deforestó cerca de 2,238 km2 de la selva amazónica (Blog Doble dividendo, 2013) para cultivar la soya o para especulación de terrenos. En el caso mexicano se da a partir de la precarización de los salarios que genera la tala clandestina de bosques con el fin de tener material que permita la generación de calor en tiempos de invierno, o simplemente para obtener fuego para los alimentos. Un caso más, que se encuentra de manera constante en diversos países latinoamericanos, es el desplazamiento de grupos indígenas debido a los recursos naturales que ellos administran. El capital no perdona culturas, las aniquila de ser necesario para su libre circulación.

Antes esta situación la sustentabilidad ha generado un paradigma que se contrapone con el capitalismo, allí prevalece la relación hombre naturaleza.

Si hablamos de la producción podremos decir que en la lógica del capitalismo sólo existe un objetivo al cual siempre se quiere alcanzar y el cual resulta ser casi infinito: la reducción de costos de producción al mínimo. Esto genera que cada vez más personas que no encuentran un espacio dentro de los beneficios de la globalización, se enlisten en la fila de los excluidos. Como se afirma “la pobreza significa ‘bajos costos de producción’: la pobreza es ‘un insumo’ en la economía de mano de obra barata (‘del lado de la oferta’)” (Chossudovsky, 2002, p. 85). Curiosamente, este ‘ejército’ no se encuentra concentrado en un lugar, sino que está esparcido por todo el mundo, como afirma Octavio Ianni (2006, p. 7) “una reserva de mano de obra barata prácticamente inagotable se volvió disponible en los países en desarrollo en los último siglos”; dice Bauman (2010, p. 28) que “lejos de homogeneizar la condición humana, la anulación tecnológica de las distancias de tiempo y espacio tiende a polarizarla”,  ya que justamente el objetivo es la acumulación del capital y, al acortar este espacio y tiempo se da también la posibilidad “de producir mercancías parcial o totalmente en cualquier lugar del mundo” (Ianni, 2006, p. 7).

El mercado es otro punto importante dentro del paradigma de la globalización. Georg Henrik von Wright afirma que el mercado “no es la negociación interactiva de fuerzas en competencia, sino más bien el tira y afloja de exigencias manipuladas, necesidades artificiales y a avidez por las ganancias rápidas (Henrik 1997, citado por Bauman, 2010, p. 78), ya que el mercado se dirige por la oferta y la demanda este tiende a generar sus propia autorregulación, no obstante la manera en que se autorregula es contra natura ya que ante la amenaza  de una caída en los precios por exceso de la oferta, se tiende a parar la producción y con ello a dar días de “descanso sin retribución” a los trabajadores que paradójicamente producen mercancías que nunca podrán comprar. Es decir, trabajar para producir algo que no consumirán ni ellos, ni las dos terceras partes de la población mundial (carros de lujo, televisiones de plasma, aviones, camiones, comida exótica, etc.); otra forma es eliminar la mercancía que satura el mercado,  la destrucción de los productos o en última instancia “hacer un servicio a la comunidad mundial” como apoyo en alimentos (que llegan caducados a su destino) a las poblaciones afectadas por las guerras, esas guerras que se hacen en nombre de la paz.

Los individuos globalizados

El comportamiento humano es complejo, siempre está a merced de diferentes factores (internos y externos) que influyen en su cambio, refuerzo o discernimiento total. Dentro de la globalización, el comportamiento de los humanos está en razón proporcional a los efectos que produce el primero en el entorno. Lo importante para el individuo es el individuo mismo, no se puede dar el lujo de ayudar a quien lo necesita. Es mejor aislado y vivo, que solidario y muerto. Bajo esta concepción, la desconfianza, indiferencia y el yo sobre el ellos se convierten en los principios sociales más característicos de la globalización; se llega al extremo de entender “que los buenos (nosotros) matan a los malos (ellos), no a la inversa” (LeShan, 1995, p. 65).

A partir de la desconfianza, el ser humano ha creado mecanismos que bajo el discurso de “protección” se han convertido en formas de intimidación y dominación social internacional, así como en formas de generar la paz. La guerra por mantener la paz, se ha convertido en un negocio para la rama armamentista que lejos de mantenerla, produce un sin fin de ganancias al capitalismo; como afirma Carral (2006, p. 67) “No se trata de una guerra que destruye la economía capitalista, sino que la fortalece en tanto cabalística llevada a lo inaudito”. En esta guerra sin sentido, el único perdedor es el hombre; la naturaleza es atacada a pasos agigantados, el proceso de recuperación de ésta es mayor que el proceso en que se destruye. Como se afirma “toda acción humana, desde las empresas, los Estados y la misma acción cotidiana de cada persona, está involucrada en la fragua de este ecocidio” (Hinkelammert & Mora, 2013, p. 296).

La pobreza también influye en el ser individual y colectivo: en el individual porque genera un proceso de aislamiento, se corrompe la gente ante la situación de desesperación y supervivencia extrema a la que está sujeta; y en el colectivo porque, como se ha explicado líneas arriba “tiende a depender cada vez más de la estrategia trasnacional de acumulación a escala mundial” (Romero, 2002, p. 6).

En el mundo de la globalización se extiende la idea de uniformidad, “presuponen homogeneizar todas las formas de actuar, pensar sentir y hasta de comer ante lo vertiginoso de los cambios a los que somos expuestos” (Noreiro & Almanza, 2009, p. 71). En este proceso globalizador, la comunicación entre el capital es fundamental y la no comunicación entre las personas lo es más todavía, como se afirma: los individuos “son los primeros en desterritorializarse y ponerse fuera del alcance de la capacidad comunicativa del “factor humano” de una localidad y sus residentes” (Bauman, 2010, p. 35). Por lo tanto, una menor comunicación colectiva aumenta los beneficios de la comunicación entre el capital; la segregación social y el aislamiento son necesarias, para que el sistema cumpla con su objetivo primordial y así se pueda reproducir.

El movimiento cooperativista

Hablar de cooperativismo es enarbolarlo como un movimiento social, debido a las funciones que realiza dentro del entramado social a nivel internacional. En el campo teórico, el movimiento cooperativista no ha tenido un desarrollo amplio. Esto se debe en primera instancia por la falta de establecimiento de metodologías que permitan a los investigadores generar un marco teórico-conceptual que disipe las ambigüedades conceptuales y la utilización errada de términos como “movimiento cooperativista”, “modelo cooperativista”, “corriente cooperativista”, entre otros.

Los teóricos en el ámbito cooperativista han llegado a la conclusión que la primera acción del movimiento como tal se da en Inglaterra en 1844 dentro de una empresa textil de Rochdale, mediante un cambio en el objetivo de lo que hasta ese momento era la acumulación de la riqueza a costa de los trabajadores que para ese momento eran 28. Esta acción es la primera (teóricamente) acción del movimiento cooperativista.

Este movimiento se ha caracterizado por la gran capacidad de adaptación ante diferentes escenarios: en el geopolítico ya que ha prosperado tanto en Estados Unidos como en Rusia, tanto en el sistema Capitalista como en el Socialista; también en la estratificación social, ya que en este movimiento pueden entrar todas las clases sociales (ya sea que se unan o que se creen entre dichas clases) y; en lo cultural porque independientemente de la cultura en que se intente desarrollar, el movimiento cooperativista tiene el mismo factor de génesis: resolver una necesidad concreta.

De acuerdo con Rojas (2014, p. 19) “… las cooperativas asocian a alrededor de 1000 millones de personas en todo el mundo; es decir, uno de cada siete seres humanos”. Allí está la magnitud de un movimiento internacional y, por ende, la urgencia de marcos teóricos estables que permitan explicar y ayudar en la transformación y expansión de este modo de vida.

En estas circunstancias, el año 2012 fue nombrado como el Año Internacional de las cooperativas, por parte de ONU, en un intento de enfatizar y visibilizar la potencialidad de este movimiento que tiende matices diversos y adaptables de acuerdo a la región y los individuos que se insertan en esta forma de reconfiguración de las relaciones sociales a nivel personal, colectivo y contextual.

Indudablemente la necesidad en la que la mayoría de las personas están es justamente la exclusión, pobreza y muerte dentro del capitalismo y en especial de la globalización. Clodomir Santos (2002) afirma:

Para vencer el desempleo y la pobreza la solución invariable está en la organización de los propios desempleados y de los pobres en Empresas Comunitarias o Cooperativas de Participación social generadora de puestos de trabajo e ingresos necesarios para un nivel de vida digno (p. 18)

Rojas (2014, p. 19) afirma que, “debe destacarse que las coopertavias dan ocupación directa a 100 millones de personas y las 300 cooperativas más grandes en activos conforman, en su conjunto, la novena economía del mundo”. Es decir, el cooperativismo, lejos de ser un sistema económico que busca el lucro como lo hace el capitalismo, es un sistema organizativo que busca el bienestar con los asociados, la sociedad en general y la naturaleza a través de la cooperación.

Para esto se debe entender que cooperativismo proviene del verbo cooperar y éste del latín cooperare, el cual según el diccionario significa “Obrar conjuntamente dos o más personas o entidades para conseguir un mismo fin” (Larousse, 2010, p. 287). Esta definición es la que da como carácter principal al movimiento; la idea de la acumulación de riqueza no se encuentra dentro del fin último del cooperativismo, al contrario, y como se verá más adelante, es dar una mejor calidad de vida.

Los principios cooperativistas

El movimiento cooperativista ha llegado a la consolidación de una asociación de nivel internacional como la Alianza Cooperativa Internacional (ACI). Ésta ha tomado un papel de representación entre las cooperativas y los diferentes niveles de organización que existen en los países. Bajo la concepción cooperativista se pregonan los siguientes principios:

De acuerdo a estos principios podemos decir que varían de acuerdo al tipo de cooperativa que se constituya (de consumo, producción, caja de ahorro, etc.), no obstante, deben estar presentes en cualquier cooperativa. La libre adhesión hace alusión a la pluriculturalidad a la que tiene acceso el cooperativismo, es decir, puede entrar cualquier persona que quiera pertenecer a la cooperativa siempre y cuando estén dispuestos a cumplir y hacer cumplir los otros principios; la democracia se rige bajo la premisa de “un socio, un voto” para la toma de decisiones tanto internas y externas que impliquen a la cooperativa; la participación económica hace referencia a la responsabilidad de cada socio para aportar una parte del soporte económico de la cooperativa, como lo afirma la misma ACI (Américas, 2001-2013):

Los miembros contribuyen de manera equitativa y controlan de manera democrática el capital de la cooperativa. Por lo menos una parte de ese capital es propiedad común de la cooperativa. Usualmente reciben una compensación limitada, si es que la hay, sobre el capital suscrito como condición de membresía.

La autonomía y “el control de la marcha de la asociación deben tenerla los asociados con independencia del gobierno, de empresas, bancos u otras instituciones” (Aranda & Ponce, 2010, p. 14), no obstante, esto no le impide al gobierno regular y vigilar el correcto funcionamiento de dicha asociación.

La educación constante para los socios y aquellos que la necesiten (cooperativas jóvenes y sociedad en general) es uno de los valores más importantes porque esta forma de trabajar debe reforzarse constantemente. El compromiso con la comunidad es ineluctable, es decir, tener en cuenta el bienestar no sólo de los que me rodean sino también en donde me encuentro (medio ambiente) y la solidaridad ante los nuestros y los otros que comienzan el camino del Cooperativismo.

Estos principios generarán las condiciones para alcanzar el bienestar y condiciones dignas para vivir con los demás y con la naturaleza; no es fácil. Este tipo de organización requiere un verdadero cambio tanto en el actuar (ya que surge como forma de enfrentar una necesidad real, presente y palpable a un grupo) como en el pensar (dejar de lado los principios que el capitalismo nos impone) de las personas que se introducen en el campo del cooperativismo.

Los campos de acción del movimiento cooperativista

Rojas (2014, p. 21) menciona que existen ocho campos de acción cooperativa:

1) la composición de su base social de referencia; 2) la naturaleza político-reivindicativa de su acción colectiva; 3) la defensa y promoción de la llamada identidad cooperativa; 4) la definición de su misión histórica; 5) el contenido básico de su programa de reivindicaciones inmediatas; 6) la ubicación de sus enemigos inmediatos e históricos; 7) las estrategias de acción colectiva utilizadas, y 8) los modelos organizativos empleados.

El primer campo de acción se desarrolla a partir de la diversidad de personas que se han sumado a las líneas del movimiento cooperativista, es decir, no sólo supera las barreras étnicas y culturales, sino también las de clase. Obreros, estudiantes, profesores, y todo aquel que cree firmemente en los principios cooperativistas puede aspirar a crear la propia.

Como todo movimiento, el cooperativismo debe tener una incidencia política que defienda los intereses del mismo ante las hostilidades del sistema y las empresas que ven en este movimiento una amenaza a sus ganancias.

La identidad cooperativa se desarrolla a partir de la reproducción de los valores y principios cooperativistas que establecen una forma de actuar y vivir en el mundo. Hay un problema importante aquí, debido a que muchas empresas sólo utilizan a figura formal de cooperativa, sin asumir el compromiso de lo que ello significa.

Respecto a su misión histórica, queda clara a partir de la explicación de las condiciones que se presentan con la globalización y la función emancipadora que este movimiento puede dar. Sobre las reivindicaciones inmediatas se pueden mencionar la producción de condiciones que posibiliten y dignifiquen la vida de las personas que están en la fila de los excluidos.

Todo movimiento tiene enemigos, desde lo que se pueden encontrar en el exterior, así como los que se puede desarrollar en el interior. Este punto es el más relevante, debido a que este punto, quizá, sea el que más dificultades han tenido las cooperativas en países en vías de desarrollo para proliferar.

En el caso de México, en términos generales, estarían integrados en primer lugar, por los usureros, acaparadores, intermediarios, caciques y especuladores de todo tipo, quienes se apropian de la mayor parte del excedente económico generado tanto en las comunidades rurales como urbanas.

Esta clase de enemigos son difíciles de contrarrestar porque ellos precisamente son consecuencia del sistema económico actual. De allí la importancia de generar consciencia de lo que el movimiento cooperativista es: reestructuración.

Respecto a las estrategias de acción colectiva, están básicamente plasmadas en los principios cooperativos que permiten generar capital social que ayude a mantener un espacio cooperativista.

Los modelos organizativos empleados son parte fundamental. En ellos se genera el capital social y la consciencia para que las personas se apropien del movimiento (en el sentido de asumirse como cooperativistas). Clodomir (2004) ha generado toda una base de principios para una Teoría de la Organización, la cual permite establecer los elementos si ne qua non pueden empoderar a la gente.

El cooperativismo en la Economía Social

Hemos mencionado los principios por los que se rige el cooperativismo y su desarrollo a lo largo del tiempo, no obstante, debemos hablar ahora del ámbito político ya que cualquier movimiento no sólo necesita de una base teórica sino también de una base ideológica que pueda defender sus ideales y misiones ante la problemática mundial.

Este movimiento se encuentra dentro de la denominada Economía Social; la definiremos de acuerdo a su concepto fundamental: “El concepto fundamental  se encuentra en las bases de la convivencia fraternal del ser humano en lo político y lo social y la cooperación en lo económico para que todos ganen”  (Solidaria, 2006, p. 18), es decir, de las dos economías que se reconocen en muchas de las constituciones (la pública y la privada) ninguna de éstas tienen como base fundamental la producción sin fines de lucro, sino que esta economía busca el bienestar de todos, de allí lo Social (y en muchos países de América también le anexan el sustantivo Solidaridad).

Tanto la Economía Social y el cooperativismo han tenido una desventaja en el ámbito político, en el caso de América Latina, ya que no se les ha dado el reconocimiento que se merecen; a últimas fechas, se le ha comenzado a dar cierta importancia dentro de la legislación pública: los más claros ejemplos son las leyes referentes a la Economía Solidaria creadas y aprobadas por los gobiernos de Canadá y Portugal; mientras que en otros países se han analizado y en ciertos casos reformado dichas leyes como en el caso de México.

A pesar de los grandes avances que han tenido los países, el movimiento necesita tener una estructura organizacional de tal grado que pueda tener un verdadero “peso” en el ámbito público y político.

El caso de México y el cooperativismo

El movimiento cooperativista en México ha tenido sus altas y bajas. En realidad, las condiciones sociales de México, que van desde su Independencia hasta el momento actual, generan una especie de ambiente hostil en el que el movimiento cooperativista ha desarrollado su base de acción. México se ha mantenido en una guerra interna desde la consumación de su Independencia; esto se ha debido a las disputas por detentar el poder y la administración de un país lleno de riqueza.

Se debe argumentar más en favor de la afirmación anterior. La guerra vivida en México se ha caracterizado por una relación de poder basado en el nepotismo (dentro de la clase política), en el clientelismo, corporativismo y sindicalismo (desde la clase política a la trabajadora) y de individualismo y competencia (dentro de la población en general). La relación histórica entre la clase política y la población trabajadora mexicana se ha enfocado en una relación dependiente que genera, por un lado, la reproducción del statu quo y por el otro, los privilegios de ciertos individuos de la población en general (los dirigentes de sindicatos, organizaciones campesinas y obreras, por ejemplo).

Esto, aunado a las condiciones microeconómicas de la población (salarios bajos que atraen la inversión extranjera), así como la no erradicación de los grandes problemas nacionales como lo es la educación, la pobreza, la desigualdad social, el racismo y la violencia generada por el Estado y el crimen organizado, hacen que muchas veces las cooperativas sólo sean de forma y no de hecho.

El movimiento cooperativista comienza en México en la década de 1870 (Rojas, 2008, 2014) a partir de la creación de una cooperativa de Producción y Venta de sombreros en 1872; básicamente le toca el nacimiento, apogeo y declive del porfiriato.

A pesar de la “paz” que existía en México, las cooperativas tuvieron muchos obstáculos constantes en todo el país: la indiferencia, la falta de organización, los intermediarios en el ámbito de la producción, la constante lucha por un nicho dentro del mercado y los fines (en algunos casos) políticos de los cuales eran objetos. Hasta antes de iniciada la Revolución Mexicana, el movimiento comenzaba a tener un peso y fuerza, pero éstos se vinieron abajo debido al movimiento de rebelión social. Este movimiento casi hizo que desaparecieran las cooperativas, no obstante, pasaron a ser especie de apéndice del movimiento obrero mexicano que tomó mucha fuerza en esos años de lucha. Afirma Rojas (1982, p. 376) “era tal la fuerza moral del cooperativismo que los líderes obreros y el gobierno mismo no pudieron sustraerse a su influencia”.

En el periodo de la construcción del Estado mexicano (1920-1934), las cooperativas comenzaron a mostrar un crecimiento relativo mínimo, esto debido a que las consecuencias de la Revolución Mexicana dieron por hecho la necesidad de reconstruir el país. En este sentido, se puede observar el crecimiento de las cooperativas durante el periodo 1927- 1932. En esta tabla se observa que el tipo de cooperativas se concentraban en tres: producción, consumo y cooperativas mixtas. Estos tipos tienen como base la situación del reparto agrario, así como las políticas públicas de desarrollo nacional que se dio en el país es ese periodo.

Tabla 1. Cooperativas en México durante el periodo 1927-1936

Cooperativas/Año 1927-1932 1934-1935 1936
Cooperativas de producción 242 240 321
Cooperativas de consumo 66 402 487
Cooperativas mixtas 0 169 222
Total  308 811 1, 030

Fuente: Elaboración propia con base en Velázquez (2013, p. 97)

De allí en adelante, el movimiento cooperativista trataría de obtener nuevamente las influencias que con años de esfuerzo habían generado en la población mexicana y no fue hasta el 11 de enero de 1938 que se publicó la Ley Cooperativa por el Presidente Lázaro Cárdenas (presidente de México en el sexenio 19434-1940) quien, bajo su plan socialista de educación, dio paso a la entrada del movimiento en el ámbito político.

Con el paso del tiempo, el movimiento cooperativista en México fue desarrollándose a partir de los elementos políticos y económicos que se encaminaron en el proceso de desarrollo nacional a partir de consolidar un sector agropecuario fuerte que sostuviese a la industria mexicana naciente. En el cuadro número 2 podemos apreciar que el número de cooperativas que se crean, están concentradas en el sector de producción primaria (agropecuaria y pesquera).

Lo anterior se da a partir de la política desarrollista que se implementó en el país. Además, la política precedente fomentaba la consolidación de ejidos (forma colectiva de tenencia de la tierra que se implementó en el reparto agrario).

Sin embargo, se puede ver que, dentro de los números, apenas para 1984, poco más de medio millón de personas estaban dentro de una organización cooperativista. Esto nos da una clara idea que no se fomentó la formación de cooperativistas, sólo de cooperativas; esto es importante mencionar: la conformación jurídica de organizaciones como cooperativas no implica de manera implícita la organización social de los integrantes.

Ser cooperativista necesita una reivindicación de pensamiento y acción respecto a lo que quiere y hace para conseguir sus objetivos; lamentablemente hay cooperativas sin cooperativistas. Es importante mencionar que el cooperativista no sólo se desarrolla en la organización, sino en su vida diaria; en otras palabras, ser cooperativista no es solo una forma de actuar y pensar, sino también de vivir.

Aunque los artículos de esta primera ley eran satisfactorios para el periodo en el que el país se encontraba, no se pudo evitar que el Estado utilizara la imagen cooperativa como un medio corporativista; de allí hasta 1994, la ley cooperativa permaneció como una anquilosis entre el corporativismo estatal y el asistencialismo religioso. Fue justamente con Carlos Salinas de Gortari que se pudo modificar, esta vez para fines de adaptación (una vez más de la figura de la cooperativa) al modelo neoliberal (capitalismo) del cual hemos hablado bastante en el primer apartado.

De allí hasta el 2013 es cuando se crea la Ley General de Economía Social y Solidaria. Aunque existe polémica sobre lo benéfica de esta nueva Ley sobre la Economía Social y Solidaria, no cabe duda que este interés cada vez más pronunciado por parte de los países de América Latina hacia este tipo de legislaciones que reivindican el movimiento y le darán más fuerza para consolidarse.

Uno de los problemas más importantes con el que el movimiento cooperativista se ha encontrado en México es sin duda la falta de organización entre la sociedad mexicana; según datos del Centro de Investigaciones Económicas Sociales y Tecnológicas de la Agroindustria y la Agricultura Mundial (CIESTAAM) “El 85% de los mexicanos no ha participado en grupos organizados, lo cual es un fiel reflejo de la debilidad de nuestro tejido social” (Muñoz, Santoyo & Flores, 2010, p. 14). Dejando por un momento este obstáculo organizativo, nos encontramos con el problema de la teoría en México; desde el comienzo de la aplicación de las cooperativas en México, hemos tenido una influencia externa (de Alemania, por ejemplo) que lejos de adaptarse a las condiciones mexicanas se hace al revés: la sociedad debe modificarse ante los requisitos que solicita el modelo extranjero. Es por ello que la escasa producción bibliográfica que hay en México y finalmente el problema que representa el sistema económico imperante tanto en el país como en el resto del mundo (excluyendo a China y Cuba) ya que con los principios que se rige la globalización es muy difícil que la gente adquiera y asimile los principios cooperativistas.

Actualmente y de acuerdo con Medina & Flores (2015), el número de cooperativas en México asciende a 12, 506 personas. En el cuadro número 3, se puede observar los cinco estados de la República que concentran el mayor número de cooperativas; en ellos están establecidas el 37.80% del total de las cooperativas.

Tabla 3. Los cinco estados de México con mayor número de cooperativas.

No. Estado No. de cooperativas Porcentaje (%)
1 Estado México 1319 10.10
2 Jalisco 1092 8.40
3 Nuevo León 941 7.20
4 Baja California 797 6.10
5 Guerrero 964 5.90
Total 12,506 37.80

Fuente: Elaboración propia con base en Medina & Flores (2015, p.85)

Dentro de las cooperativas más representativas en México se encuentran la “Unión de Cooperativas Tosepan” (1977) y la “Sociedad Cooperativa Trabajadores de Pascual” (1985). Ambas creadas como resultado de condiciones políticas y económicas adversas a la población (indígenas y obreros); en este sentido, es importante mencionar que estas dos cooperativas se han conformado como ejemplos clásicos de cómo una cooperativa puede mantenerse en el tiempo.

No hay que olvidar que una cooperativa no se conforma como un proyecto a corto plazo, sino como un proyecto de vida que tiende a una prospectiva de corte generacional. Esto es algo que muchas cooperativas no han cuidado y que por ende, trae problemas en la segunda generación debido a que ellos no han sido formados con los valores cooperativistas; no han sido educados para ser cooperativistas. Este problema lo está viviendo la cooperativa Pascual, debido a la falta de apropiación histórica por parte de las nuevas generaciones sobre cómo se conformó dicha sociedad cooperativa, lo que ha desembocado en que haya constantes intentos de venderla para adquirir una ganancia mayor sin tomar en cuenta el esfuerzo y la lucha concentrada en esta organización.

La cooperativa Tosepan ha sabido llevar este tipo de problemas con la educación cooperativista que da a los hijos de los socios e incluso a través de su inserción desde chicos para que la valores y se sientan parte de ella. Además, esta cooperativa reivindica los valores, usos y costumbre del grupo indígena que lo conforma, lo que no sólo es la conservación de una organización y fuente de empleo, sino de una cultura.

Esto es importante: las cooperativas administradas y manejadas por grupos indígenas tienen un factor que ayuda a mantener el proyecto a largo plazo: su cohesión sociocultural. Es decir, a partir de la cultura y el proceso histórico que los ha llevado a atenerse en una posición de hermetismo cultural, han logrado mantener un espacio idóneo para la proliferación de proyectos donde se hay confianza y compromiso. Muchos de los valores cooperativos son similares a los generados en las comunidades indígenas, donde la solidaridad y el apoyo común sin recibir nada a cambio, generan relaciones sociales de confianza y cooperativismo.

Conclusiones

Se ha tratado de dar una panorámica del momento en que se encuentra el planeta, cómo se está organizado y el futuro que le espera. Con el consecuente desarrollo de la globalización, y con ella la reproducción de sus principios, lo único seguro es la diferenciación cada vez más visible y palpable, entre quienes no comen y quienes no duermen.

Como ya se mencionó, el movimiento cooperativista tiene aún mucho camino por recorrer, sin embargo, es digno de reconocer los logros que ha tenido en lo que lleva de vida. En el caso mexicano, se presentó un panorama de la situación actual que presenta el movimiento cooperativista, sus alcances y desarrollo a través de la conformación del Estado mexicano en el siglo XX. A la vez, se dieron ejemplos representativos de cooperativas que son caso de éxito a nivel nacional, y sin embargo, aún ellas, presentan claros problemas respecto al futuro que les espera.

Como se mencionó al principio de este trabajo, toda la gama de conceptos y términos que del movimiento cooperativo surgen, están siendo aplicados en las políticas públicas con el fin de erradicar problemas estructurales que vive la sociedad. No obstante, se debe hacer énfasis en que si el movimiento no cuenta con individuos que se asuman como cooperativistas, lo único que se espera es la derrota del movimiento en su aspecto emancipador y misión histórica.

Quizá el problema más difícil que presenta México es la generación de capital social que esté dispuesto a hacer un cambio sustantivo en su forma de actuar en el mundo; no sólo hablamos de ser diferentes, sino vivir de manera igualmente diferente.

Por ello, es importante resaltar la urgencia por consolidar investigaciones sobre el cooperativismo latinoamericano para poder hablar sobre nuestras experiencias y crear espacios de diálogo. El diálogo es una de las opciones más viables para hacer ver a los individuos que otro tipo de sociedad es diferente. Dice el dicho popular que “nadie escarmienta en cabeza ajena”, sin embargo, lo cierto es que se puede evitar, teniendo el mecanismo idóneo para ello.

Es también urgente, la exposición del cooperativismo en aquellos lugares en donde la globalización no ha entrado o que ha entrado sólo para causar estragos y lo es más aún el reconstruir el tejido social que tan rasgado ha quedado por los valores que el capitalismo produce y reproduce. Se debe voltear a ver a los otros, aquellos excluidos que han tenido a bien aprovechar y disfrutar de los beneficios que el cooperativismo genera.

El futuro parece incierto, pero aún se está a tiempo de considerar un camino que dé algo más que miseria, pobreza, muerte y riqueza ficticia.

 

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