Colonización versus Descolonización

Es innegable en estos tiempos la necesidad de hablar de temas como la descolonización, y así mismo, es difícil el no llegar a entramparse en un falso debate que por lo general se torna filosófico, educativo y político, es decir, por lo general se tiene la errada idea de que la descolonización es un proceso que tiene un principio con final feliz. Ese es justamente el falso dilema en el que no debemos de entramparnos, por tanto, aquí apuntaremos algunas ideas que pretenden no empañarse de esas visiones nostálgicas que creen que una descolonización a raja tabla sea posible.

Si bien la descolonización es un proceso que está en marcha y eso es algo de lo que no podemos hacer la vista ciega, también es cierto que la colonización y la descolonización andan de la mano, o sea, la descolonización no es la búsqueda de algo que hay que desechar para lograr un eterno retorno a utopías arcaizantes que evocan un pasado glorioso, eso es algo que a riesgo de equivocarme, seguramente fue… pero también es algo que ya no volverá, por lo menos de la forma en la que algunos nostálgicos lo pretenden.

Tampoco la colonización, es esta idea de enclaves territoriales que pertenecen a uno u otro –mal llamado– imperio. Esto debido a que en gran medida, las repartijas de territorio por lo menos físico ya no son tan manifiestas como hace algunos siglos atrás. Aunque salvando las distancias, todavía existe algún conjunto de islas que de forma sutil pertenecen a uno u otro poder imperial. Más o menos como en los tiempos de la corona. No, en realidad la colonización ha trastocado sus propios límites, y ahora es muy difícil determinar donde comienzan y terminan las prácticas cotidianas de la bienaventurada colonización.

Es cierto también que los pueblos de este lado del mundo desde siempre han sido relegados, aplastados y marginados a punto tal, de hacerlos casi invisibles en todas sus prácticas sociales y culturales. Eso lo hizo el invasor y a eso le llamamos colonización, a la implantación por la fuerza de una forma de ver y entender el mundo. Una visión en la que los pueblos oprimidos fueron colocados en una situación de inferioridad, haciéndoles creer que todo su conocimiento y sus saberes casi no tenían ningún valor, y estos, así se lo creyeron.

Hoy en tiempos de la mal llamada modernidad, o si se quiere en tiempos modernos, la situación no ha cambiado mucho, es cierto que el invasor ya no está en estas tierras, pero su forma de pensar, de oprimir y administrar el poder, la educación y otros, todavía continúa y eso es algo con lo que debemos convivir.

Pero eso no quiere decir que estas prácticas externas y foráneas las debamos de aceptar sin preguntarnos si ¿Otro mundo es posible? y seguramente lo es. Pero como veremos a continuación la tarea no es nada fácil, mucho menos cuando el mundo avanza a pasos agigantados y los conocimientos cada vez están más a la mano de todos los seres humanos. Donde la tecnología está arrasando con las formas de pensar, es preciso asumir una posición crítica frente a los que profesan que la propiedad del mundo es solo para los buenos, para aquellos que creen que en el pasado ancestral esta la receta de un mundo mejor, esa utopía no es posible, pero podría darse el caso de que se busque una especie de convivencia entre los conocimientos antiguos y los modernos, porque ambos, pueden aprender el uno del otro, por la potencia que cada una de ellas contiene. La negación del uno, es la negación del otro y en esas condiciones el retorno a la utopía se torna oscuro, como lo demostraremos.

Algunas cosas para quemar

La colonización 

Este no es solo un concepto que se pretenda confrontar, o peor aún, un concepto al que se puede subestimar, porque este tiene una potencia tal, que está metida en nuestro ser. Y no hablo del ser como una entidad, hablo de aquel nacido de la comunidad, conviviente de esta o de cualquier otra sociedad, que en el día a día y con cada práctica cultural da muestras de su existencia, a tal punto que, camina, habla, ama y odia en términos coloniales.

El colonialismo está metido en las venas más profundas de nuestro ser y tratar de extraerlo –como haciendo una purga— es de alguna manera destruir cualquier vestigio de nuestra existencia hasta estos días.

Es cierto, el daño ha sido catastrófico. Hoy los herederos de esa frustración, pues somos todos. La barbarie de los siglos XIII y XIV no es comparable a los actos de los bárbaros del siglo XXI.

Algo sobre la modernidad

Lo moderno a veces se confunde con la modernidad; diríamos que lo moderno esta netamente relacionado a los avances tecnológicos, económicos, políticos y productivos en el mundo. Una centralidad en el poder y en los conocimientos, cimentada en la explotación de los pobres en beneficio de los que llamaremos “ricos”. Una lógica de vida totalmente acuñada en la búsqueda del logro de bienes materiales en detrimento de la naturaleza y todo el ecosistema. Un gigante que con su andar destruye todo a su paso y que para colmo de males no busca el bienestar de las grandes mayorías, sino la acumulación de riquezas en pocas manos. Eso también, desde siempre ha sido así.

En cambio, la modernidad es un debate todavía occidental, Europeo –si así lo quieren llamar–, porque es aquella visión que hace que el pensamiento universal emane de allá. Donde el sentido de propiedad de la ciencia y de todas las formas de pensar, se han convertido en una sola forma de pensar.

En cambio, en este lado del mundo, está claramente demostrado que nuestras formas de pensar nunca tuvieron ninguna relación con el pensamiento que ahora se llama de occidente. Allí está el debate justamente, en la búsqueda de nuevas forma de lidiar con estas dos percepciones del mundo.

Así podemos afirmar que: el dilema del hombre moderno oscila entre aceptar sin aspavientos los males y beneficios del mundo moderno, que a la par, afianza una sola forma de pensar el mundo, o nostálgicamente, retrotraerse a los cimientos de su pasado, ese que ya no volverá y que seguramente en su momento fue glorioso, pero que fue pisoteado por los tiempos modernos y por la mal llamada modernidad.

El debate está en la mesa, los esfuerzos se están haciendo, las propuestas se vuelven políticas y los estados cambian sus constituciones, pero la tecnología no para, los avances tecnológicos cambian con cada día y apuntan sus cañones al individuo de a pie, ese que anda temeroso buscando respuestas al sentido de su vida, sin encontrarlas. Aquella lo aprisiona y le hace creer que las respuesta están en los placeres mundanos de la tecnología y la diversión enmarcada en cinco minutos y concluye su misión metiéndolo en una espiral donde estas banalidades se vuelven necesidades y donde sin ellas, tanto la mujer y el hombre creen no poder encontrar sentido a su existencias.

La colonización en tiempos de la modernidad

Pues bien, la colonización en tiempos modernos y de modernidad se ha convertido en algo difícil de desenmascarar. El común de las sociedades que es la más desinformada bebe de los conceptos de descolonización que emanan por ejemplo los medios de comunicación y en algunos casos los poderes del estado, y ambos al final de cuentas no dicen casi siempre toda la verdad, porque la verdad es algo inasible y por ende es sujeta a manipulación por parte de los intereses de grupos de poder, sean estatales o privados.

Así, el pobre sujeto recibe verdades a medias y cree que descolonizar es solo recuperar prácticas ancestrales o lenguas originarias que poco a poco para desgracia de muchos van desapareciendo como van desapareciendo especies e insectos en el mundo. También cree que descolonizar es rechazar la religión impuesta por el invasor y recuperar la religiosidad de los pueblos que desde siempre habitaron estas tierras.

Ese es el meollo de la descolonización, cuando el sujeto piensa esta  en términos coloniales: cuando cree que descolonizarse es practicar ciertos rituales para que le vaya bien en la vida, el trabajo, la suerte y demás. Sin entrar en cuenta de que los términos de bien y mal son netamente coloniales. Cuando cree pensar que el vivir en equilibrio con la naturaleza es no abusar de ella y bañarse con su energía, cuando las nociones de naturaleza y energía son coloniales de por sí. Esto implica una gran debilidad en el manejo del lenguaje, y por consiguiente en el fondo conlleva la lucha de muchas significaciones y paralelamente de una sola a la vez. Una matriz de pensamiento que es más compleja para desenmarañar en estos tiempos.

La descolonización un nuevo discurso en marcha

Es cierto que los temas de descolonización se vienen acuñando en los últimos tiempos y con más fuerza en las más recientes décadas, pero también es preciso afirmar que de un tiempo a esta parte la descolonización se ha vuelto un discurso, y dicho sea de paso, un discurso que da excelentes réditos políticos y económicos para los que la profesan.

Nadie está negando que la descolonización sea necesaria en los pueblos amerindios, que en los hechos fueron los más relegados injustamente de sus derechos que por justicia les tocaba ejercer. Pero utilizar la descolonización para afianzar sectores de poder que antaño fueron excluidos y que de alguna manera marginan a los demás, pues es simplemente utilizar un discurso que tiene bastante derecho reivindicatorio, para lograr solo el beneficio de unos pocos, es decir, el beneficio individual, y como ha sido desde siempre, una situación en que los demás,  las grandes mayorías, los pobres y los excluidos sigan estando en esa misma situación.

De dónde venimos y hacia dónde queremos ir

Está claro que la colonización tiene varias facetas, y una de ellas –quizás la más contundente–, se da en la noción de progreso, esa idea de ser mejores o de buscar mejores días para uno mismo y para nuestro entorno más cercano, por ejemplo, nuestra familia. Seguramente son nuestros padres los que en un principio se encausaron en esa lógica y con ellos sus padres en su momento.

La búsqueda de nuevos horizontes o como se llama “una mejor vida”, es siempre un aliciente para abandonar nuestro lugar de origen, y esto no está sujeto a juicio alguno. Lo cierto es que en esa búsqueda se deja atrás nuestra historia, nuestras familias, nuestros sueños y los reemplazamos por otros que en ese momento se ven más claros y mejores, en contrapartida, muchos de esos sueños casi en la mayoría de los casos pues no se cumplen y con ello los padres de alguna manera heredan sus sueños a los hijos, en el entendido de que estos lograran cumplirlos. El conflicto radica aquí, cuando son los hijos los que en un momento determinado y con todo su derecho buscan sus propios sueños, sepultando los de sus padres, al punto tal que a veces… reniegan de ellos.

Este dilema del colonizado se mueve a diferentes niveles, por ejemplo en el caso de las migraciones, son los centros urbanos, o sea, la ciudad, la que tiene una cierta magia que absorbe al recién llegado, un brillo difícil de explicar que hace que el sujeto en cuestión, asuma otra identidad y personalidad, como estrategia de subsistencia o como un simple goce de inserción en la sociedad urbana. Esto no es algo nuevo, pues desde un cierto momento ya lo habían hecho los padres. De allí la herencia de los progenitores.

Por otra parte el progreso no solo implica el salir del lugar de origen a las ciudades, también se manifiesta cuando el sujeto traspasa las fronteras de su país y casi por necesidad asume la lógica del nuevo mundo al que trata de insertarse, asumiendo todos los patrones culturales de la nueva región. De esta manera se rompe la lógica comunitaria y se asume la individualidad de las ciudades.

El hogar, la familia, las contradicciones

El progreso desde un punto de vista externo, es el buscar mejores días en nuestras vidas. Lastimosamente el mal llamado progreso nos ha hecho creer que el negar nuestro origen y nuestro pasado es olvidarnos de las cosas que hemos aprendido y que nos han heredado nuestros padres desde tiempos inmemoriales. Una forma de ver el mundo es tener un lenguaje propio, ya que este en su forma y contenido nos dice las cosas totalmente diferentes al lenguaje que en algún momento se nos impuso como el único aceptable para ser moderno o para acceder o ascender en nuestras sociedades colonizadas.

De allí el rechazo por las lenguas originarias que hoy tan venidas a menos están, pero este rechazo en algún momento ya no fue impuesto, sino más bien, fue asimilado como la mejor receta de no ser pobre, de no ser atrasado, de ya no ser del grupo de los marginados.

Precisamente es en ese momento de asimilación donde los conocimientos ancestrales son destruidos y negados en su situación. Porque no podemos olvidar por ejemplo que eran precisamente estos conocimientos los que se trasmitían de forma oral, es decir, por medio del lenguaje mínimamente y casi siempre de la madre a los hijos. Pero ahora sería el silencio social, el que torna gris la situación de la herencia de estos conocimientos.

No obstante, esta negación pasa casi desapercibida en el imaginario del colonizado, ya que este ve con suma normalidad el abandono de estas prácticas, sea por influencias externas o, como ya se mencionó, por la herencia de los padres.

Ahora bien, el colonizado casi siempre de manera propositiva entra en serias crisis que fortalecen de alguna manera una cierta descolonización y que se manifiestan en la añoranza de un retorno a aquellas prácticas que en su momento tuvieron un gran valor e influencia en su vida.

El problema con esta afirmación es que por lo general, con el transcurrir del tiempo el colonizado seguirá en la espiral colonizadora, porque es innegable que sienta el derecho a los goces y beneficios de esta otra forma de vida, dando como resultado un mayor distanciamiento con las prácticas ancestrales y las lenguas originarias o los conocimientos que dicho de otra manera, ya no serán transmitidos de la madre a los hijos. Esta afirmación no es para nada lapidaria, pues en la búsqueda de la igualdad, todos tienen  derecho a hacer lo que para ellos es lo mejor dentro el canon de sus vidas. Aun sabiendo que en ese momento no eran las decisiones que se tenían que tomar.

Como soy y como veo el mundo (las inquietudes del sujeto)

El sujeto colonizado en las ciudades –y eso no quiere decir que en el espacio rural no haya colonización–, pues estando en situación urbana y por todas sus experiencias, asumirá la posición más acorde a su nueva forma de pensar y a sus nuevas expectativas de vida. Por sus experiencias y por su nuevo estilo de vida, casi siempre se situara en la posición que ocupa dentro el grupo con el que más afinidad encuentra y seguramente (con todo derecho), en algún momento lo reivindicara.

Así por ejemplo, la noción de mestizaje ya no se da por relación o mezcla sanguínea, sino también, se da por una apropiación del sujeto en torno a sus nuevas prácticas culturales. Por ende concluimos, el efecto de la colonización se torna absorbente a tal punto que por lo general la estratagema colonizadora ejerce en el sujeto un control que lo empuja hacia la negación pasiva de las demás prácticas culturales.

Por otra parte, la colonización también se manifiesta en la adopción de nuevos valores, es decir, se descarta la práctica de algunas manifestaciones culturales y formas de pensar y se asumen otras que para el sujeto colonizado gozan de mayor valoración a la hora de lograr sus emprendimientos. Nuevamente nos encontramos con los deseos del sujeto, esos que tienen que ser satisfechos de alguna manera, aquellos que han sido implantados por la lógica de la competencia y por la expectativa de superación que cada uno de nosotros tiene.

Las posibilidades del eterno retorno

El sujeto colonizado e insertado en la sociedad urbana, asimila las exigencias de este nuevo entorno y por lo general ostentara una nueva identidad. Aun sabiendo que toda su estirpe pertenece a otra identidad cultural. Este posicionamiento del sujeto colonizado no es casual, porque de hecho ahora los valores adoptados ya no han sido emanados desde la comunidad o desde el entorno familiar.

Entonces, la adopción de nuevos patrones de valoración de la familia por ejemplo, son totalmente ajenos a la práctica comunitaria, lo que quiere decir, que la colonización trabaja de manera profunda en la destrucción de la lógica comunitaria, promoviendo la individualidad y los valores que califican y dan lugar a unos y a otros dentro la esfera de las escalas sociales.

Así mismo, de forma paralela también se da una ruptura en la identidad cultural, si está todavía subyace en las generaciones pasadas, es justamente en las nuevas generaciones donde esta desaparece casi de forma total. Con todo, podemos concluir que el quiebre de la identidad cultural se manifiesta en la negación del colonizado con  respecto a su pasado más próximo.

En otras palabras, la adopción de estos nuevos patrones culturales y de valoración de saberes y conocimientos, muestra una perforación desde el seno mismo de la familia, y por ende, desde el epicentro del grupo social.

Cómo se dice que se estaba diciendo
Los resabios de la colonización y la búsqueda de sueños de una descolonización

Cómo somos colonizados

La situación de colonización en el sujeto se da casi de manera natural, ya que por lo general es una transmisión que se hace primero; desde el entorno más cercano (la familia por ejemplo), y segundo; desde el entorno de las relaciones sociales (escuela, universidad, amigos, etc.). Ahora bien, el colonizado de alguna manera se encuentra en una especie de cerca que poco a poco lo va sometiendo y subsumiendo, haciendo que este se apropie de los términos y prácticas coloniales en su cotidiano vivir.

Pero esta es solo una parte del proceso de colonización que se manifiesta en las formas materiales y de prácticas sociales. En este proceso existe otro nivel que se llama colonialidad y este se encarga de perpetuar todas las estructuras de organización política y legal de las sociedades por ejemplo. Ambos, colonización y colonialidad, trabajan a la par en el proceso de sumisión del sujeto colonizado.

De esta manera la descolonización se torna oscura, ya que no se trata de romper las lógicas político materiales del sujeto colonizado, sino también, la ruptura de una forma de pensamiento que esta instaurada en todas las prácticas culturales del sujeto como tal.

La trampa de los centros urbanos y la tristeza del campo

En el trasplante que se da en el caso del sujeto colonizado que por ejemplo emigra de las comunidades a los centros urbanos, y por inercia asume  los patrones culturales de este nuevo medio, si bien se dan como una forma y estrategia de subsistencia, también se dan por la sorpresa e ilusión que generan los centros urbanos en el sujeto recién llegado a esta.

El asumir estas nuevas formas de ver la vida y de tener otra percepción de la realidad, hacen que en el sujeto colonizado se construya una subjetividad mentirosa, un vaciamiento de la subjetividad primaria del colonizado, una estrategia de desvalorización de suidentidad. Entonces, la colonización también implica la perdida de la identidad originaria del sujeto colonizado a cambio de la adopción de otra identidad que es en gran medida ajena y diferente a su identidad original.

De los padres y sus frustraciones

Las generaciones pasadas, buscadoras de nuevos y mejores horizontes, llevan a cuestas la gran responsabilidad de decidir por una parte; entre afincarse en la comunidad que de hecho ya tiene un peso devaluado frente a las visiones de lo moderno y que de paso es rechazada por no ser  completamente parte de ella, por otra; la salida del territorio original insertándose de cualquier manera en los centros urbanos, con la esperanza de mejorar su situación de vida.

Esta dicotomía es tramposa, ya que por un lado; implica el rechazo de las prácticas heredadas desde su infancia y por el otro; la manifestación de una cierta frustración en el transcurso del tiempo al notar que muchas de sus expectativas, pues no llegarán a concretarse. En otras palabras, la frustración del sujeto colonizado  se da porque el cambio abrupto de un entorno a otro genera un desequilibrio en su vida, que antes tenía unas expectativas y que ahora estas se han transformado de manera condicionada.

En conclusión

Primero, la colonización es un proceso que ha sido instaurado desde hace siglos atrás, y hoy en día es muy difícil deshacerse de ella. La convivencia con la colonización es un hecho innegable, el problema con este es que solo está generando en su mayoría sujetos con visiones individuales, donde la lógica de la vida en comunidad ha sido totalmente destruida.

La globalización del mundo y de los conocimientos implica el acceso de todos los sujetos a nuevas formas de ver y entender la realidad. Una forma de aprisionarlos, sujetarlos, una estrategia demasiado interesante para hacer que el sujeto colonizado se convierta ahora en ciudadano del mundo, aunque en los hechos se convierte tan solo, en el consumidor del mundo, y de paso un consumidor pasivo y poco creativo, un sobreviviente dirían otros, yo los prefiero llamar los pobres desencantados del mundo

Segundo, la descolonización es una apuesta necesaria en tiempos en que los seres humanos solo apuntan a su autodestrucción y a la destrucción de este planeta, que ya de por si no abastece para todos. Pero la descolonización debe de ser a todos los niveles, no solo en los campos políticos y económicos, porque de otra manera los temas de descolonización solo se van convirtiendo en un mero comentario para lograr beneficios para ciertos sectores que ostentan el poder o para ciertos grupos que ahora se conciben como los únicos con derechos a los beneficios, cualesquiera que sean estos.

Tercero, tanto colonización y descolonización deben de convivir todo el tiempo, porque la una no puede existir sin la otra. Pudiendo equivocarme, creo que a estas alturas es difícil creer que alguna de ellas vaya a desaparecer. El equilibrio entre estas dos se llama “pluralismo”, un espacio en la que ambas formas de pensar deben de dialogar, porque está claro que manejar el discurso de que la descolonización eliminará a las nociones colonizadoras y que después vendrá el reino de los cielos, es una pretensión falsa… Eso no va a pasar.

Es evidente que al momento está primando el egoísmo del sujeto colonizado y seguramente este tiene todo el derecho a elegir esa opción. Pero pensar que esta forma de accionar en la vida va a quedarse atrás en beneficio de las grandes mayorías o de las comunidades, es entrar en un dilema absurdo, pues allí se encuentran ciertas dudas en cuanto al logro de la construcción del hombre y mujer libre de intereses individuales.