Ciudadanía y poderes emergentes

En los últimos años se han venido gestando en Chile -y Latinoamérica- importantes movimientos sociales que buscan dar a conocer el punto de vista de la ciudadanía: la visión acerca de su propia realidad social para la proposición de nuevas formas de ejercer sus derechos fundamentales y ejercer política.

Es una forma de poder que sorprende porque emerge desde aquellos sectores sociales que no tienen relación con las estructuras de poder y porque su surgimiento rompe con la imagen de una sociedad civil que había quedado debilitada tras la experiencia de vivir una dictadura. Recordemos que durante el pasado período dictatorial chileno (1973-1990) la libertad de expresión fue reducida drásticamente, existía prohibición explícita de reunirse o circular por las calles entre ciertas horas, se prohibió legalmente los partidos políticos, se produjo la disolución de todas las organizaciones populares, y frente a las duras sanciones a quienes transgredieran estas prohibiciones, la participación ciudadana fue extinguida.

La ciudadanía excluida.

Esta nueva ciudadanía se ha ido configurando desde los testimonios de quienes deben vivir cada día las consecuencias de aquellas decisiones tomadas en altos niveles del poder, un poder que desconoce a la población que representa y de la que ha venido desconectándose en las últimas décadas. En estos últimos años los ciudadanos y ciudadanas fueron comprendiendo en silencio que estaban siendo consumidores de fantasías ideológicas ofrecidas en cada ciclo de elecciones y creyendo promesas que no llegaban a materializarse, lo que finalmente transformaba la votación en un acto de patrocinio al mismo ordenamiento que permitía la desigualdad social. Su búsqueda entonces, comenzó a ser el respeto por sus derechos fundamentales desde la concientización.

Tanto el Estado como el mercado han ido delimitando el terreno de la libertad y del ejercicio de derechos ciudadanos. Hoy estos ciudadanos, sienten que no tienen el control ni poder real en la toma de decisiones ni en la legislación que regirá las circunstancias inmediatas de su propia vida, como el acceso y la calidad de la educación y la salud, las condiciones laborales, los conflictos socioambientales y la calidad de vida que tendrán en su vejez, producto de una seguridad social deficiente, entre otros.

La actual sociedad se ha definido como democrática, defensora de la libertad de pensamiento, pero se prefiere que ese pensamiento no sea opinante (resulta decidor que esta libertad se debe restringir al ámbito de lo personal o privado si se pretende permanecer libre de maltrato social). Al ciudadano se lo quiere pasivo, sin conocimientos ni sistema sensorio; pero capaz de emitir un voto con cierta periodicidad. Si este ciudadano se forma expectativas de obtener alguna resonancia entre sus representantes cuando alza la voz para evidenciar las desigualdades que vive el país, vivirá una decepción trascendental y será entonces cuando comience a mostrarse desinteresado de la política tradicional partidista; y logrará crear un nuevo juego entre las fisuras de esa democracia. Su acción se organizará junto a la de otros ciudadanos, y se legitimará en el reconocimiento colectivo de la injusticia y en la conciencia de que estos actos reivindicatorios comenzarán a desarrollarse como una importante fuerza social. Fuera de los espacios de poder, el discurso por la recuperación y conquista de derechos se hará libre de censuras y se multiplicará gracias a la convocatoria que permite hoy en día el ciberactivismo.

La irrupción de los excluidos, los sin poder, se funda en la solidaridad, la diversidad, el abandono del modelo de ciudadano individualista y gestor de su propio bienestar. En esta fuerza ciudadana emerge la creatividad para la generación de recursos y la solución de problemas comunes. Quienes integran estos movimientos son en su mayoría estudiosos de las leyes existentes, conocedores de las dinámicas del poder y de sus trucos. Por ello pueden provocar preocupación en el sistema una vez que encuentran una vía alternativa a los abusos que provienen del poder y del mercado.

Estos grupos organizados configuran un tipo de resistencia ciudadana que actúa, ya no a través de partidos políticos ni de grandes asociaciones, sino como colectivos con una fuerte cohesión e incluso un sentido de identidad. Muchos han llegado a un nivel de adultez en la generación de propuestas y estrategias para superar las situaciones injustas, de tal forma que logran mantener el interés de trabajo para el planteamiento de expectativas positivas de solución. La cohesión de sus miembros se encuentra en esos objetivos comunes y en la concordancia de atribuciones al origen de las situaciones de injusticia. Hoy en día los movimientos sociales más visibles de nuestro país, como los movimientos de pobladores para la consecución de viviendas dignas, las organizaciones socioambientales, los movimientos de mejoramiento de la calidad de salud, educación y seguridad social, se presentan en un contexto crítico a la economía de mercado neoliberal y concuerdan en que un punto de partida en la situación de injusticia se encuentra en una legislación heredada del período dictatorial que no ha sido modificada para la dignidad de la ciudadanía chilena. Esta convergencia de atribuciones sobre el origen de la injusticia y la claridad de los objetivos en común podría permitir en un corto plazo una articulación de movimientos que sume un enorme poder de influencia social y política.

No se puede aún predecir cuántos de los actuales movimientos sociales –que los hay en diversas etapas- son realmente movimientos que pasarán de la expresión temporal de descontento a una voluntad de promoción de cambios estructurales. En la medida que estos movimientos se establezcan en la construcción simbólica de identidades, y mantengan sus acciones focalizadas en el logro de sus demandas, tendrán una mayor permanencia y un lugar de prestigio en la generación de cuestionamiento al statu quo, que permita mejorar las condiciones de vida de la población representada y mantener esos cambios como derechos para todos. La ascensión de algunos de sus líderes al poder, corre el riesgo de caer en descrédito si se hacen alianzas con el poder establecido, por ello su misión será la de sacudir el sistema político y convertirse en una fuerza constructiva que permita la emergencia de nuevos líderes conectados con la ciudadanía.

Mantener estos procesos de participación verdadera es el desafío ulterior para los movimientos sociales; así las generaciones jóvenes y futuras las comprenderán, naturalmente, como tradiciones de una sociedad democrática.