Cinco siglos igual. El discurso y los medios

Los Suruwahas son un pueblo amazónico apenas contactado en 1980 que hablan una lengua de la familia Arawá de esa región de la Amazonía que a su vez forma parte de la macro-familia Arawak que ocupa una buena porción del noroeste del continente Sudamericano. Es un grupo de unas 130 personas que se mueven por el diluido territorio fronterizo entre Brasil y Perú en el oeste de la Amazonía. A causa de su aislamiento han conseguido sobrevivir de los embates violentos de la civilización y el progreso. El cinturón sanitario que supone la selva los ha mantenido aparte de un mundo que se globalizaba a su alrededor. Los diferentes contactos con los “blancos” supusieron en su mayoría un desastre para el grupo, como violencia, expulsión de territorios o enfermedades. El sufrimiento de los pueblos indígenas que intentan mantener sus tradiciones y estilo de vida parece no tener fin y ser una constante infinita y agotadora.

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Madre suruwaha

La sociedad imperante en Occidente ha construido un discurso inamovible, que a pesar de lo que pueda parecernos a muchos, sigue reproduciendo los mismos conceptos racistas e intolerantes. Pero… ¿Qué es el discurso?

Según el lingüista neerlandés Teun Van Djik el discurso va más allá de una mera construcción casual sobre un tema específico por parte de un periodista, publicación o político de turno. Según Van Djik el discurso constituye la esencia de la sociedad y la cultura. Ese discurso ha sido construido en base a un devenir histórico, esconde una ideología y representa la estructura mental de una sociedad en base a cómo percibe la realidad y el mundo. Ósea el discurso articula a la sociedad porque influye en ella hasta hacer que la misma sociedad la haga su propio discurso, no sin olvidar que ese discurso viene casi siempre de las esferas del poder salvo en contadas excepciones (revoluciones políticas o culturales).

En este sentido un periódico o una cadena de televisión no reproducirían un discurso si una parte considerable de la población no se sintiera identificada con ella, más allá de eso, esos discursos han ido modificando la forma de percibir el mundo de las sociedades, legitimando el poder y adaptando el contexto (la realidad) a conveniencia. El discurso por tanto es poder, porque forma a las sociedades y las sociedades en definitiva son su discurso (siempre de una forma generalizada, preñadísima de honrosas excepciones).

Podemos entonces identificar una serie de estructuras que se repiten en los medios de comunicación y que forman parte del orden mental de todos nosotros, siendo el racismo una de las más importante. Por ejemplo las continuas noticias de violencia y pobreza en África han hecho que la imagen que tengamos de ese continente no pase de esos estereotipos obviando la realidad africana más allá de esa barrera. Lo mismo sucede con China y su mentalidad haciendo a los ciudadanos chinos grises robots incapaces de sentir alegría productores de manufacturas copiadas, baratas y defectuosas que viven en ciudades contaminadas y decadentes. Esto sucede dentro de los mismos países, el continuo ataque de los medios de comunicación (a veces sutiles, a veces no) en Estados Unidos a la población negra los condena a ser un pueblo subsidiado, criminoso y lastre para la economía del país. Esta imagen reproducida en la cotidianidad de aquel país afecta directamente a ese sector poblacional relegándolos a la pobreza (en comparación a la media de la población blanca) o al acoso policial. Y ni que hablar de la población de origen latina. En España casi nunca se habla en términos positivos de la inmigración usando palabras siempre de carácter violento como oleada, invasión o asalto (a la valla de Melilla por ejemplo). Aparte, los inmigrantes a pesar de representar una parte considerable de la sociedad española y el fenómeno social más importante de los últimos 15 años apenas ocupan espacio en los discursos a no ser que sea para cosas negativas como la violencia. Otro caso interesante que no quería dejar pasar es la continua representación negativa de ciertos gobiernos que no son afines al establishment o contestan el orden establecido, siendo los casos más evidentes la Argentina de los Kirchner, la Venezuela Bolivariana o Corea del Norte. Como podemos ver estos discursos nos definen y construyen nuestras estructuras mentales afectando a nuestra cognición, ósea la forma en la que percibimos la realidad.

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El caso que quería analizar hoy es sobre los pueblos indígenas ya que es la temática principal de mi blog. A pesar de todas esos movimientos alternativos y corrientes críticas que defienden la diferencia y su espacio, la verdad reconocible es que la gran mayoría de la sociedad iberoamericana (y mundial) sigue percibiendo a los pueblos indígenas bajo la pesada losa de dos conceptos: primitivos e incivilizados. Aunque de una forma racional intentemos luchar contra esa percepción no podemos evitar que permanezcan como un sustrato limoso en el fondo de nuestro pensamiento a la hora de dar un espacio y un lugar a los pueblos indígenas (de América o el mundo en general). Indio o indígena es un ser que vive alejado de la sociedad al ser incivilizados, que no concibe el desarrollo como nosotros hacemos o que dado su carácter arcaico vive en armonía con la naturaleza producido por un conocimiento primitivo. Estos conceptos son pequeñas variaciones del discurso colonial que nació durante los primeros contactos de los europeos con naciones/culturas no identificadas en su imaginario tradicional, siendo América ese gigantesco laboratorio donde se fundaría el sistema-mundo y que tuvo como primeras víctimas a sus pobladores originales.

El discurso no solo ganó espacio sino que se tornó el único hasta hace apenas unos 50 años cuando nacieron las nuevas corrientes científicas críticas o los nuevos movimientos sociales. Pero a pesar de ello aún hoy en día sigue siendo el discurso mayoritario, discurso que ha “folclorizado” a los indígenas y donde cualquier afirmación es posible sobre todo si sigue las líneas de ese discurso tradicional. No en vano fue el discurso único durante más de 450 años.

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El otro día leí una noticia en varios periódicos brasileiros, noticia de la que se hizo eco la ONG Survival International, que lucha por el derecho de los pueblos indígenas de todo el mundo. Esta noticia hablaba de cómo un canal de la televisión australiana (Channel 7) había sido condenado por el Tribunal Federal de Australia por “provocar una aversión intensa, desprecio grave o ridículo atroz contra una persona o grupo” al emitir un reportaje sobre los Suruwahas que describimos al comienzo de la entrada. En este reportaje el “aventurero” Paul Raffaele mostraba a los Suruwahas como “asesinos de niños”, “violadores de los derechos humanos” o lo que para mí es más interesante “reliquias de la edad de piedra”. Para mí el último término es el más interesante porque es realmente aquel que perpetua el discurso más extendido y tradicional (aunque las otras afirmaciones nazcan también de la misma raíz, su incivilización y desconocimiento los hace violentos y asesinos). Podemos ver que a pesar de los movimientos contraculturales que abogan por un acercamiento a la tierra (algo que practican los Suruwahas desde siempre gracias a su “primitivismo”), en general nuestra realidad no solo no puede verse alejada del supuesto desarrollo (infraestructuras y tecnologías) sino que despreciamos otras realidades con ideas diferentes sobre que supone el desarrollo o como se define.

En este caso en concreto los Suruwahas apelan haber sufrido acosos y maltrato por parte de la productora del reportaje buscando forzar las situaciones que querían mostrar para apoyar su visión. Métodos que, al analizar ahora la violencia como discurso contra los indígenas, vamos a ver que son bastante frecuentes.

El discurso de la violencia como actitud inherente a los pueblos indígenas también es recurrente, pero tradicionalmente no se ha aplicado al conjunto de los pueblos indígenas sino más bien a etnias específicas (casi siempre relacionadas más o menos con etnias que ocupaban o amenazaban territorios/recursos/poblaciones de interés). A pesar de lo que podemos pensar hoy en día siguen publicándose artículo de base científica o de divulgación que atacan a ciertos grupos indígenas tachándolos de ser violentos y agresivos, viviendo en una continua espiral de terror. Por colocar un par de casos relativamente recientes tenemos a Jared Diamond que en su obra El Mundo hasta Ayer de septiembre del 2013, hace unas interesantes pero atrevidas insinuaciones y afirmaciones que le consiguieron todo un torrente de críticas por parte de estudiosos y defensores de los Pueblos Indígenas. En su libro el autor defiende que los Pueblos Indígenas viven en un estado perpetuo de guerras y violencia y que no solo es necesaria la intervención del estado para traer paz y civilidad a esos pueblos sino que lo agradecen.

Otro caso que causó aún más revuelo fue el de Napoleón Chagnon que recibió durísimas críticas siendo de las más sonadas la de Marshall Sahlins uno de los antropólogos más importantes de las últimas décadas que con su crítica revolucionó la forma de ver el desarrollo y la tecnología. Napoleón Chagnon convivió con los Yanomamis durante mucho tiempo, durante los 60 (lo saco a colación porque publicó en el 2013 un libro titulado Noble Savage, My Life Among Two Dangerous Tribes — the Yanomamö and the Anthropologists) donde explica como esta tribu semicontactada y de las más grandes de la Amazonía viven en un estado continuo de guerras, de violaciones y privaciones. El incesto, el abuso sexual o el infanticidio son cuestiones puestas sobre la mesa en el análisis del antropólogo americano a la hora de relatar su vivencia con los Yanomami. Perpetuando un estereotipo negativo de los indios y su brutalidad fruto de la simpleza primitiva de los pueblos indígena. Puede parecer inocente, pero por culpa de este tipo de visiones el Estado Militar Brasileiro se negó durante años a delimitar las tierras de los Yanomami para protegerles de los mineros, las empresas forestales o los aventureros que les causaban tanto perjuicio. También esta visión negativa condenó a los yanomami a no recibir ayudas de ONGs o instituciones de cooperación. Con el tiempo se fue demostrando que las prácticas de Napoleón Chagnon eran parecidas a las usadas por la televisión australiana, donde forzaba las situaciones que necesitaba documentar para apoyar sus fundamentaciones. Por ejemplo, el antropólogo repartía aguardiente, pistolas y machetes (una combinación ideal) a los indígenas a cambio de información, la información por supuesto que él quería. Interesante por cierto como uno de sus discípulos Keneth Good, siguiendo los pasos de su maestro fue a vivir con los yanomami descubriendo para su sorpresa que todo lo que sostenía Chagnon eran exageraciones, situaciones fuera de contexto o directamente mentiras. Para leer más sobre las críticas a Chagnon en este fantástico artículo de antropología visual.

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Hace no mucho, y de rabiosa actualidad por la cercanía de la Copa del Mundo de Fútbol, salieron unas noticias de grupos indígenas brasileiros que luchaban contra la policía en Brasilia. Las noticias recalcaban como principal atractivo de estas luchas el uso de arcos y flechas (ocupando el titular), con documentación gráfica que ponía en evidencia este hecho tan pintoresco para nuestra sociedad. En Argentina, Perú, España, Italia o UK. Es criticable el destaque de estas noticias, porque las luchas de los pueblos indígenas de Brasil aparte de ser una constante tiene su auge en Abril-Mayo de cada año cuando tradicionalmente líderes y activistas indígenas se reúnen por esa fecha en Brasilia, produciéndose esos enfrentamientos. Pero hoy conviene por el Mundial de Futbol, por la “folclorización” (no quiero dejar de aplaudir la inteligencia de los líderes indígenas que sabiendo que los focos del mundo entero estaban sobre Brasil recurrieron al uso del arco y las flechas no como arma real sino como arma mediática).

Esta “folclorización” también son evidente en los anuncios publicitarios sobre Brasil como atracción turística. En el caso de Coca-Cola por ejemplo, hace uso de la imagen de los indígenas brasileiros para vender su producto, campaña contestada por los indígenas guaraníes del sur de Brasil que sufren el saqueo de sus tierras donde se planta caña de azúcar que se vende luego a Coca-Cola.

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Como podemos ver a través de estos ejemplos, la perpetuación de un discurso tan viejo como retrogrado sigue bien presente en la realidad iberoamericana y del mundo en general. Discurso que, como dijimos, manipula la capacidad de percepción de los pueblos sobre la realidad. La única forma de luchar contra esto es ir y conocer, los pueblos indígenas siempre están y estarán abiertos a que se les conozca, y así podamos romper con los muros de un discurso impuesto por los poderosos hace más de 500 años.

Mientras nuestros Suruwahas son retratados en un falso documental llamado Hakani, hecho por una congregación religiosa y una ONG que supuestamente buscan proteger a los niños indígenas que son sacrificados por una u otra razón. Es un tema espinoso al que no me gustaría entrar, al menos por ahora. Los pobres Suruwahas que para ser solo 130 personas, atraen una cantidad de atención y polémica desproporcionada.