Carta abierta a un Granadero Mexicano y a un ESMAD colombiano

Autor: Josué Dante

Ayer me preguntaron si la lluvia que cae en las montañas es la que se convierte en caudalosos ríos aquí abajo. Aquí es el pueblo. Sí, les respondí. Se debe a los vientos cálidos que vienen del golfo y el Caribe arrastrando nubes con agua espesa y el viento sur que viaja desde el pacífico con nubes cargadas de agua más ligera. Ahora sólo hay que imaginarse lo que pasa cuando se encuentran en cielo mexicano y colombiano. De inmediato los ríos rompen los diques que intentan contener su camino. De inmediato el pueblo huye de la muerte, le espanta la posibilidad de morirse. Se va tratando de salvar sus muebles heredados por los abuelos, tratando de recogerse las enaguas o la pollera confeccionada para el festival, intentando pedir auxilio y haciendo memoria de años pasado. Sí. Nada ha cambiado desde entonces. Y que quede claro, nosotros nunca hemos sido culpables, sólo que nos ha tocado cantar esta ranchera y bailar esta cumbia en la vida. Así que hay que poner las buenas voluntades por delante y esperar a que el alcalde reconsidere las inversiones del año que viene.

Quizá no lo sepas, pero uno tiene que aprender a sacar paciencia de donde puede, porque en medio del desastre los días pasan muy lentos. Cada gota en tu cabeza, cada segundo en tu pulsera, cada latido en tu pecho serán eternos. Habrá tanto tiempo entre uno y otro que podrás soñar un mejor planeta antes de que te sorprenda el “tic-tac” de las venas que poco a poco se fueron cerrando. Verás el río y su vorágine. Corre a su lado. Sigue a la hoja que flota inerme rumbo al mar. Allá en el sur. Allí es donde quedan todos los mares. El río baja, siempre baja. O sea, arriba llueve más que aquí abajo. El futuro río desciende rodeando ciudades, pueblos, historias, rocas. Trae consigo el lodo devastador, el llanto de los niños, la historia del reprimido, la lucha de aquellas gentes mudas. Viene el agua. Mucha agua trae este río desbordado.

 Mientras tanto los que saben me enseñan cosas. Yo escucho atento. Leo atento sus libros. Piensos sus ideas aunque no siempre desde sus idiomas. Todos, de alguna u otra manera, hablan del hombre. De la mujer. Dicen cosas que parecieran simples y que basta con ver los noticiarios para que uno mismo pueda argumentar sus aparentes ideas obvias. Pero si ponemos más atención emerge la necesidad de meditar mucho al respecto antes de articular algo. Créeme que el río arrasará si no nos vamos pronto, si no me ayudas a ponerme de pie y cargarme porque me has destrozado las piernas.

¿Cómo hemos llegado hasta aquí? El hombre puede estar orgulloso de haber logrado la unidad entre él y la naturaleza, dijo una vez Erich Fromm, de haber alcanzado por primera vez la conquista de la naturaleza. Y esta se defiende y cuando lo hace nos desbarata sin el mínimo esfuerzo, tan solo con su inercia. A la vez este logro genera en el hombre una confianza en el hombre y en el futuro de la humanidad. A la que pertenece, de la que nunca ha podido salirse. Quizá ni siquiera lo desee.

Ten cuidado con estas palabras que estoy diciendo. Que no se te escape ningún adjetivo, mucho menos los sustantivos que son los que hacen que el argumento no se venga abajo. Este señor del que te hablo también advirtió que el hombre se ha convertido en su propio esclavo, ha sido víctima de las mismas armas que ha creado con sus propias manos. Si bien ha logrado conocer y transformar la naturaleza, es ignorante de los temas más fundamentales del ser humano y la manera en que éste se relaciona con aquellos que son iguales a él. ¿Qué es el hombre? ¿Cómo tiene que vivir el hombre? ¿Lo sabes? ¿Cómo debe hacer el hombre para liberarse de toda esa energía que tiene acumulada en su interior? ¿Debo reconocer la fuerza de tus brazos? ¿Hacia dónde hay que canalizarla? Cuidadito con pensar que son retóricas estas preguntas. ¡No, no, no! En realidad tienen respuestas, sólo que hay que meditarlas y dejar de lado cierto nivel de estupidez global.

¿Parecemos infalibles? Sí, parecemos pero no lo somos. Podemos ser tan libres de decir lo que pensamos o por lo menos de pensar lo que decimos. Somos falible cuando llamamos escoria al que evita que cruce la calle y continuar mi camino, somos falibles cuando esas supuestas escorias alguna vez nos dieron la mano en medio de un rio desbordado, somos falibles por llamarle escoria al que deberíamos llamar por su nombre, somos falibles cuando le llamamos escoria al que es un ser humano como tú y como yo. ¿Vas entendiendo un poco lo que intento mostrarte? Somos falibles cuando le llamamos escoria a los disidentes de México olvidándonos de los desaparecidos en Chile o Argentina. Tú y yo aún no habíamos nacido.

Arriba la lluvia es más intensa. Así lo contaba el viejo que subía y bajaba todas las mañanas con la talega del café. Regresaba con el sombrero empapado y el ceño fruncido a fuerza de tanto querer ver más allá de sus narices. Ahora que el río quiere salirse y alcanzarnos me acuerdo de él cuando decía que la historia pocas veces es justa con quienes la van construyendo. Pero en México hay un río de gente que grita, que ruge y temo que nuevamente hagan caso omiso a sus derechos. También en Colombia, mi segunda patria, los campesinos acuden a la desobediencia social y alguien más asegura que reprimirlos es la estrategia de disciplina. Allí es cuando apareces tú.

No sé si me estás entendiendo. Al menos yo necesito decirte todo esto para saber qué piensas hacer al respecto. Quizá estamos locos y somos esas escorias que dices cuando hablas de nosotros. Yo no sé si la manifestación masiva provocará el cambio esperado, pero es la única manera donde siento que mi voz se vuelve una sola con la de mis compañeros. Por eso hoy decidimos salir a gritar, a echar bronca, a portarnos mal, a ser diferente a lo que hasta hoy nos hemos parecido. Y si yo llegara a tener razón, y si la historia por fin se vuelve un poco más justa, te juro que estarás en mis planes, te prometo que no te sacaré de mi mente. Porque también eres eso que los panfletos consignan: también eres pueblo y nos moja la misma lluvia, esa que viene desde arriba, de los cerros y que desborda este río de gente que no soportó más los diques de la ignorancia.

Mientras tanto deja de azotarme, déjame salir corriendo y hazte el desentendido que tu comando no tarda en unirse a tu esfuerzo por convertirme en uno menos. Es que todavía no me quiero morir, quiero seguir gritando, quiero seguir luchando por aquellos que están allá filmando y tomando fotografías antes que auxiliándome. Lo entiendo, ¿por qué tendrían que hacerlo? Te prometo que después no te reconoceré, no te juzgaré si te veo por la calle. Además sería imposible: serás uno de los nuestros en cada ocasión que te quites ese uniforme, ya sea de granadero mexicano o del ESMAD colombiano.

Zócalo de la ciudad de México.

1 de septiembre de 2013