Bullying político

downloadpdfDe los males más conocidos, la violencia y el odio, y de los más naturalizados, la violencia simbólica. Pareciera que logramos transformar la capacidad creativa de los seres humanos en sofisticadas formas de violencia que se expresan de maneras poco visibles y que son “socialmente” aceptadas. También es de sospechar, que estas maneras de relacionarse y de ejercer control de unos sobre otros, es posiblemente la forma más fácil que hemos encontrado para canalizar el miedo a lo diferente, al otro, a lo nuevo y al cambio entre muchos otros activadores de los temores sociales.

Como una forma de compensar el repudio y la censura a la violencia más tradicional, reaparecen sutiles vías de control, de dominación y de ejercicio del odio sobre “los otros”, como comportamientos no cuestionados, por temor a la exclusión o al aislamiento. Elisabeth Noelle-Neumann (1995) ya lo planteaba en sus estudios sobre la opinión pública, al referirse a la bien conocida “espiral del silencio”, afirmaba que los individuos son capaces de cambiar sus opiniones con tal de no sentirse aislados del grupo o bien, sumergirse en el silencio si perciben que sus opiniones no coinciden con las que, en apariencia, son las dominantes y mayoritarias.

Al considerar las múltiples expresiones de la violencia simbólica como fenómenos “comunes”, se genera una tendencia al silencio, con el fin de no desentonar con el resto, lo que impide su visibilización y facilita su consecuente reproducción. Estos silencios terminan banalizando el acoso callejero, los insultos online, las mentiras y las humillaciones a todos aquellos que simplemente no “gustan”, todas formas de violencia simbólica y en específico, indicadores del denominado bullying (pacer.org), muy lejos por supuesto de cualquier racionalidad democrática humanista.

La violencia simbólica puede ser entendida desde el planteamiento de Bourdieu (2000) como la forma de ejercer dominio de un sujeto sobre otro u otros, sin intervención física, pero sí con estrategias de amedrentamiento psicológico y social. La creatividad humana ha hecho gala de utilización de este tipo de violencia para fines políticos, con la equivocada idea de que “el fin justifica los medios”.

Asistimos a una disputa por el poder que parece olvidar los fines del bien común, las agendas a mediano plazo y la profundización de los derechos humanos. Se desconoce el acentuado pluralismo partidario que no distingue mayorías consolidadas sino minorías dinámicas con criterio propio. La disputa se da entre quienes siguen haciendo política de vasallos, vertical y altamente directiva y que recurren a estrategias de bullying político contra aquellos considerados como “débiles” versus aquellos que pelean por construir agendas comunes, consensos estructurales y toma de decisiones democráticas, con alta inversión en la discusión y uso intensivo de estrategias de convencimiento y persuasión por medio de la comunicación en todas sus formas.

Vale decir que estas prácticas políticas no son exclusivas de un partido político o un grupo específico, hay individuos con vocación democrática y otros con vocación más autoritaria, en todos los grupos humanos que pujan por el poder, el pulso es hacia dentro y hacia afuera.

La violencia puede ser identificada por su semántica, no importa la cultura ni la territorialidad en la que se ejerza, es una misma retórica preñada de acciones, conductas e ideológicas nocivas y contrarias al espíritu de civilidad que se ha forjado a lo largo de la historia de la humanidad: son hechos impresionables, cuantificables, repudiables y destructivos, lo que varía es el nivel de visibilidad y de espectacularidad con que se presentan. Por lo general, la violencia simbólica se ejerce bajo la sombra y la impunidad, a lo que la política evidentemente no escapa.

El concepto de bullying (pacer.org) calza muy bien dentro de esta semántica, por ser una forma naturalizada de ejercer violencia simbólica. Si bien el término se acuñó para referirse al fenómeno de acoso entre jóvenes escolares, aplica muy bien a los escenarios políticos, sobre todo en contextos electorales, donde el miedo al fracaso en la contienda electoral, la frustración de la volatilidad de la opinión pública, la limitación de recursos y la obligatoriedad de respetar las reglas del juego que imponen los sistemas democráticos, llevan a actores políticos a ejercer dominio y control sobre los grupos humanos contrincantes, según lo impone la lógica de la competencia.

Sin embargo, la racionalidad amedrentadora que supone el bullying político, concentra este tipo de prácticas violentas en contra de aquellas poblaciones consideradas como “vulnerables”, ya que resulta la opción más fácil, dado que busca controlar y disuadir la participación de esos grupos, por ejemplo, las mujeres o las personas jóvenes, grupos históricamente excluidos de la vida política en general y por tanto, en condición de vulnerabilidad.

Las recientes exigencias de estos grupos, por más y mejores espacios y condiciones para la participación, parecen molestar a los grupos más hegemónicos, acostumbrados al poder. Pero dadas las reglas del juego democrático de respeto a la diferencia y el discurso favorable a la inclusividad y a la ampliación de derechos en la diversidad, los grupos hegemónicos del poder recurren a prácticas intimidadoras, menos visibles pero igual de dañinas para estos sectores vulnerables.

Entre las prácticas más comunes del bullying político destacan: manifestaciones de fuerza, ya sea por cantidad de personas o recursos, así como actos humillantes hacia mujeres o jóvenes que participan en política. Se apela a la juventud de los actores como una condición hándicap, porque supone inexperiencia, a contra pelo de los discursos más inclusivos que abogan por una participación real de las personas jóvenes.

Por otra parte, la garantía de los derechos políticos fundamentales supone igualdad de condiciones para participar, sin distingo de sexo, orientación sexual o condición socioeconómica, sin embargo, el bullying político contra la ciudadanía en condiciones vulnerables, obliga a soportar los empates del matonismo político como una forma de censurar su participación por el simple hecho de estar en condición vulnerable: por ejemplo, se presume que quienes cuentan con escasos recursos materiales o estratégicos no deberían tener voz, porque se les considera frágiles, la apariencia física o la orientación sexual de igual manera parecen ser blancos del bullying político, como forma de intimidar a las personas que participan activamente. Este tipo de supuestos no tienen nada que ver con el compromiso en la participación política ciudadana. Sin embargo, estas formas sutiles de violentar el derecho a la participación en igualdad de condiciones y de disuadir la participación política, son prácticas que padecemos y que hay que denunciar, combatir y sobre todo, resistir.

También el envío de textos desagradables es considerado como bullying. En la vida política, vemos a las plataformas tecnológicas, como las redes sociales en internet, como una herramienta política con potencial democratizador, pero a la vez, son armas de doble filo, que sirven para amplificar el fenómeno del bullying político, con ofensas, mentiras y apelaciones personales denigrantes a las figuras políticas más visibles. Pareciera que hay derecho ilimitado a ofender, como una especie de peaje que tienen que costear aquellas personas que deciden participar en política desde lo visible o protagónico.

Los dimes y diretes sobre la vida personal de las mujeres o de las personas  jóvenes que participan en política, son formas de violencia simbólica del tipo bullying, que coaccionan, estereotipan y lesionan la participación política de estas ciudadanías.

Es común suponer que en política, y sobre todo en política electoral, imperan los criterios de racionalidad, de liderazgo y de comunicación política, sin embargo, lo que experimentamos son prejuicios, bullying político y chismes, prácticas contrarias a los ideales democráticos más apreciados, como la discusión de un proyecto político, la negociación de agendas y la inclusión de los sectores más vulnerables. Las etiquetas como “loca” para las mujeres indómitas que osan participar en política, como “carajillos manipulables” para referirse a las personas jóvenes que experimentan la adrenalina de la política electoral, son todos formas de etiquetado propias del bullying político, que pueden servir para amedrentar y para dejar desprovistos de cualquier argumento persuasivo a estos sectores y empujarlos hacia el silencio.

Sin embargo, una forma de contrarrestar este tipo de prácticas es el fomento y estímulo de los individuos independientes, autónomos, con alta estima, que pueden romper el silencio y que no tienen miedo al aislamiento (Neumann, 1995) o bien, que pueden actuar sobre eso que Castells (2009) llamó la capacidad de reprogramar la mente de las personas,  al referirse a las nuevas formas de poder en la sociedad red. Son esos individuos formados en espíritu crítico y ético, los que podrían revertir esas prácticas y remozar las prácticas políticas democráticas e inclusivas. De ahí el valor de la academia en tanto que fuente de pensamiento y conocimiento de las sociedades actuales así como formadora de profesionales comprometidos y lúcidos en su rol transformador.

Referencias

Bourdieu, P. (2000) “Sobre el poder simbólico”. (pp. 65-73) En Intelectuales, política y poder. Buenos Aires: UBA/ Eudeba.

Castells, M. (2009) Comunicación y poder.  Madrid: Alianza Editorial.

National Bullying Prevention Center  http://www.pacer.org/bullying/

Neumann, E.N (1995) La espiral del silencio. Opinión Pública: nuestra piel social. Barcelona: Paidós. Esta versión en línea es “limitada”: sin gráficos, tablas, cuadros ni bibliografía, sólo texto. Disponible en http://www.egrupos.net/cgi-bin/eGruposDMime.cgi?K9U7J9W7U7xumopxCTMVQPYy-qnemo-CTYXTCvthCnoqdy-qlhhyCXVTcgb7

Para citar este artículo: Sibaja, G. (2015). Bullying político Iberoamérica Social: revista-red de estudios sociales (V), pp. 32-34. Recuperado de http://iberoamericasocial.com/desnaturalicemos-la-violencia-contra-la-infancia-la-infancia-un-bien-comunitario/