La “línea en la arena”: indios buenos y malos en la lógica del Estado brasileño. Orígenes coloniales – Brasil desde fuera nº1

Voy a comenzar una nueva serie de entradas con el objetivo de acercar la realidad brasileña más allá de las fronteras del país. La idea no es interpretar el Brasil actual a partir de mi experiencia como “gringo” en el país tropical, de eso ya hay mucho, o de dar datos wikipédicos útiles pero también comunes en la red, sino descifrar las entrañas del imaginario y la narrativa nacional brasileña para intentar comprender el alma de la “brasilidade”, o sea, de la esencia del sentir brasileño. Lo hago como extranjero (europeo para más inri) orientado hacia un público también extranjero. Así que pido a todo brasileño que lea estas líneas que se intente poner en mi situación, que no se enfade demasiado y que me critique en los comentarios.

La idea es mostrar que Brasil no es tan diferente en ciertas lógicas y devenires históricos al resto de América Latina, pero al mismo tiempo, está preñado de particularidades, tan especiales y tan propias, que me ha llevado años para comprender (si es que lo comprendo bien, eso que lo juzguen los oriundos). Conocimiento que quiero compartir con todos vosotros.

Dada la temática general de mi blog (los pueblos indígenas, tratado siempre desde un punto de vista ajeno y lejano, algo que puede resultar más o menos interesante), voy a comenzar tratando el tema indígena, algo que será recurrente en esta nueva serie.

Hoy vamos a ver cómo, también en Brasil, desde la llegada de los europeos (en este caso los portugueses) se hizo una catalogación de opuestos sobre los habitantes del continente, que posteriormente se llamaría América, acorde al tipo de trato (o tipo de violencia) a la que eran sometidos por el poder colonial, O sea, por el sistema económico y cultural mundial que se estaba ya gestando desde aquel momento (recomiendo leer La proyección infinita del colonialismo: la colonialidad – Conociendo nuestra Iberoamérica nº2)..

Cuando Colón llegó a las Antillas, al poco de tratar a los pueblos que habitaban el mar Caribe, ya comenzó a catalogarlos según su intencionalidad colonial sobre el terreno. Esta forma de juzgarlos no se correspondía a categorías étnicas o culturales, sino que lo hacía dentro de una escala subjetiva de buenos y malos, llevándole por el camino del juicio de valor y no por el camino del deseo de conocer. Todorov, en su libro La Conquista de América, la cuestión del Otro, nos comenta la rápida escalada de Colón en cuanto a su distinción y catalogación de aquellos nuevos seres, que tal vez mostraba un embrión del futuro racismo:

“Así, gradualmente, Colón pasará del asimilacionismo que implica una igualdad de principio, a la ideología esclavista y, por tanto, a la afirmación de la superioridad sobre los indígenas […] Para mantener su coherencia, Colón establece distinciones sutiles entre indios inocentes, cristianos en potencia, e indios idólatras, practicantes del canibalismo, o indios pacíficos (que se someten a su poder) e indios belicosos, que merecen por eso ser castigados; pero lo más importante es que aquellos que aún no son cristianos solo pueden ser esclavos: no existe una tercera posibilidad (p. 55).

Como hemos dicho, esta distinción conveniente existió en Brasil desde el mismo comienzo, inspirándose o no en Colón, que permitía la justificación de la dominación colonial. El indio, con su particular realidad histórica, estuvo inserido en sus propias lógicas conflictivas con las autoridades y agentes no indígenas, teniendo como base siempre la violencia, en una dinámica continua, constante y agotadora de conquista. La población nativa fue racializada, presentada como opuesta a la modernidad europea, por tanto conquistable o colonizable, siendo legítimo bajo esta premisa el etnocidio o el genocidio continuo. El conflicto tenía carácter central en esta relación y delimitaba que tipo de violencia, si cultural o física, debían recibir los diferentes grupos y naciones indígenas (OLIVEIRA, 1988, pp. 10-11).

Primera Misa de Brasil

Esta forma de catalogar el tipo de violencia profesada hacías las poblaciones indígenas se han mantenido en el tiempo, ya que este discurso y praxis fueron heredadas por las autoridades imperiales y republicanas (y que se mantuvieron de forma oficial hasta 1988 cuando comenzó a reinar el discurso políticamente correcto, aunque en la práctica los indígenas sigan en su mayor parte atrapados en esta dinámica). En la expedición de Pedro Alvares de Cabral (“descubridor” de Brasil), los tupinambáes que imitaron los gestos rituales de los portugueses (seguramente por diversión o respeto pero que para los piadosos cristianos simbolizaba el buen recibimiento de la verdadera doctrina de Cristo) en las misas dadas por Frei Henrique de Coímbra (y que tan bellamente fue retratado e idealizado en el famoso cuadro de Victor Meirelles de Lima) pasaron a formar parte de aquellos indios buenos representados como los mansos, pacíficos y hermosos nativos americanos por los primeros exploradores como Américo Vespucio o el ya comentado Cristóbal Colón. Los mismos indios que acogieron hospitalariamente al famoso Caramuru (un portugués que naufragó y que fue acogido por tribus locales, potenciando la integración y mestizaje en la Bahia de Todos los Santos, creando la imagen, a partir de un solo ejemplo idealizado, del buen contacto con la otredad por parte de los portugueses) o al barbudo João Ramalho (historia similar pero que se desarrolla en la actual Rio de Janeiro), demostrando que la historia podría haber sido diferente. A estos indios les esperaba la aculturación y la asimilación acelerada, en un proceso de etnocidio sin descanso que les llevó a la larga a la desaparición, primero cultural y luego física. El primer tipo de violencia.

Por contra, estaban aquellos que hostigaron las vulnerables capitanías (sistema de división administrativa y patrimonial del Brasil protocolonial y que tienen cierto paralelismo a las encomiendas del mundo hispano) del nordeste, amenazando la supervivencia de la bella ciudad de Olinda o esos indios agresivos que hicieron fracasar las capitanías de Ilheus y Porto Seguro, los mismos que en vez de ayudar al naufrago obispo Sardinha, prefirieron comérselo a fuego lento (este obispo tuvo la mala suerte de naufragar, pero a diferencia de Caramuru o Ramalho, le encontraron los caetés, pueblo belicoso que odiaba a los portugueses. Al practicar la antropofagía ritual, el pobre obispo vivió en carne propia una buena dosis de observación-participante). Esos eran los indios salvajes, antropófagos, bárbaros y violentos a los que se les atribuía características casi monstruosas.

Luiz Beltrão en su libro O índio, um mito brasileiro (1977) nos explica en un pasaje del mismo (p. 12) cómo se definió a partir de estos contactos la política oficial de la administración para los indios hostiles a los que iba destinado la violencia física, o sea la guerra, lo que él llama a linha na areia (la línea en la arena). Este nombre hace referencia al Senhor Dom Duarte Coelho Pereira cuando amenazados por los caetés de Pernambuco, trazó una línea en el suelo diciendo que el indio que atravesase esa línea moriría por la gracia de Dios. Dos de los más aguerridos nativos la atravesaron cayendo muertos al instante, fulminados por el poder divino. Será desde entonces establecida continuamente una línea en el suelo que los indios no sometidos al poder de la civilización no podrán atravesar bajo riesgo de muerte, pues para el indio bravo pasar la frontera hacia lo civilizado simboliza la guerra de exterminio (Hoy en día esta línea trazada en la arena está aún presente en los parques y territorios indígenas creados a lo largo del siglo XX). Por supuesto, esta línea imaginaria impuesta por el hombre blanco puede ser violada solo por ellos mismos, pues es una línea unidireccional. Ha sido atravesada con impunidad y hostilidad total (que no podría decirse lo mismo al contrario) innumerables veces, y con nefastas consecuencias para los pueblos indígenas, por los diferentes agentes y fenómenos de la civilización.

Caetés merendándose al Obispo Sardinha

Un mismo pueblo o cultura podía pasar de un estatus a otro (de mansos/aliados a bravos/hostiles) dependiendo su comportamiento y relación con las autoridades. Los indios que ayudaron o aceptaron con beneplácito la evangelización, el aldeamiento (El aldeamiento es parecido a la reducción en el mundo hispánico1) y asistir en el trabajo de las plantaciones e ingenios, pudieron pasar a formar parte del proyecto colonizador a pesar de que supusiera la aculturación y la desaparición de su identidad cultural para diluirse física y espiritualmente en el seno del ego conquistador. Este proceso de aculturación encontraba gran resistencia por parte de muchos pueblos que prefirieron luchar o escapar a las inmensidades del interior continental, automáticamente obteniendo el estatus de indio hostil, al que era legal hacer la guerra bajo los preceptos de la guerra justa, que seguiría siendo legal hasta bien entrado el siglo XIX y que luego se protegió más o menos de forma encubierta hasta nuestros días, pues aún hoy en día bajo la justificación del desarrollo, sigue saliendo barato matar un indio.

Bibliografia:

  • TODOROV, Tzvetan. A conquista da América: a questão do Outro. São Paulo: Martins Fontes, 1988.
  • OLIVEIRA, F. João Pacheco. O nosso governo: os Ticuna e o regime tutelar. São Paulo: Marco zero, 1988.
  • BELTRÃO, Luiz. O índio, um mito brasileiro. Petrópolis: Vozes, 1977.

1- A partir de su generalización en el siglo XVIII, el aldeamiento y la inclusión del indígena en el sistema de producción nacional terminaron con un descenso demográfico y deterioro identitario. Siendo ya reconocidos como caboclos (mestizos o indios aculturados) y no como “indios de verdad”. Usados por el ejército para luchar en las guerras de Brasil. (OLIVEIRA, 2006, p. 76), parecido al querer convertir en campesinos a los indígenas en Perú, Bolivia, México, Ecuador…