Bom Jesus

Este mes quiero dedicar la entrada a realizar el comentario sobre un libro que me ha impactado profundamente “La muerte sin llanto”, cuya autora es Nancy Scheper-Hughes y quien analiza un problema “invisible” en una parte del Brasil actual. ¿Y por qué me intereso por algo así? Para hacer ver, que al final, nuestros problemas no son tan importantes.

Nancy Scheper-Hughes es profesora de Antropología Médica de la Universidad de California, dónde dirige el programa de doctorado en Estudios Críticos en Medicina, Ciencia, y el Cuerpo. Su examen de la violencia estructural y política, de lo que ella llama “pequeñas guerras y genocidios invisibles” ha permitido desarrollar una denominada antropología “militante”, que ha sido ampliamente aplicada a la medicina, la psiquiatría y de la práctica de la antropología. Es más conocida por sus libros sobre la esquizofrenia entre los agricultores solteros en el Condado de Kerry (Saints, Scholars and Schizophrenics: Mental Illness in Rural Ireland) y la locura del hambre, el pensamiento maternal y la mortalidad infantil en Brasil (Muerte sin llanto: (Death without Weeping: the Violence of Everyday Life in Brazil).

El libro al que me refiero es, como ya he descrito, Death without Weeping: the Violence of Everyday Life in Brazil, el cual explora las relaciones y competencias de las madres del nordoeste brasileño, concretamente del pueblo ficticio de Bom Jesus da Mata. Estas mujeres están tan acostumbradas a la alta tasa de mortalidad infantil debida a la precariedad tanto económica y social que no guardan luto por sus hijos y, por otro lado, pareciera ser que se alegraran por ello e inclusive se sientan incentivadas a cierto tipo de eutanasia para con ellos. Las madres de Bom Jesus han construido unas formas muy sutiles de infanticidio consensuado y aceptado por la comunidad, al no alimentar ni amamantar a los recién nacidos que tienen pocas posibilidades de vivir. La tesis principal del libro nos habla de un tema de resistencia alojado en este tipo de comportamientos, una resistencia cultural que permite llevar un duelo que difiera bastante de los modos acostumbrados, producto de esta rutinización de la muerte infantil. En el presente trabajo vamos a girar principalmente bajo tres ideas: un esbozo general del libro, una mirada comparada en cómo nuestras prácticas culturales sobre la muerte se contraponen con las de Bom Jesus y, por último, demostrar la ética que subyace en las madres que dejan morir a sus hijos.

Lo interesante es el modo como Scheper-Hughes funde en el texto su propia voz interna o concepción del mundo fue muy acertada. Quizás simplemente la sinceridad del trabajo metodológico sea ya lo que más lo valide en sí mismo. De ahí que uno de los momentos más interesantes del libro está cuando Scheper-Hughes cuando crítica el trabajo realizado por los anteriores etnógrafos y realmente siente un vacío y una incapacidad muy notoria a la hora de conciliar su experiencia en Bom Jesus con su formación profesional.

La autora asume un tipo muy particular de etnografía crítica basada en la “orientación ética para el otro-que-yo-mismo” del filósofo francés Emmanuel Levinas, su propio punto de vista feminista, o el método crítico de Paulo Freire, entre otros modos de abordar el tema de la ética del etnógrafo. Esta mirada ética es llamada “antibiografía” por Romero Noguera (2004) como un modo por el cual la autora se vuelve en la hacedora de vidas de personas que no hablan que no tienen voz porque no se tiene una necesidad de darle un sentido a la vida. El caso de los recién nacidos es aún más extremo:

En el Alto, muchas ni siquiera llegan a ser tratadas ni habladas: mueren antes de llegar a ser consideradas personas por sus familias y antes de que Nancy Scheper-Hugues pueda contarnos algo significativo de sus vidas. Estas diminutas personas que mueren con cotidianidad a penas pueden ser habladas: ¿qué van a contar sus madres de ellas?¿Qué va a contarnos Nancy Scheper-Hugues? No hay nada que contar. Tal como relata la autora, ni siquiera las campanas de la iglesia de Bom Jesus se molestan ya en sonar cuando muere un niño. Sus vidas cuentan menos que nada, de modo que al no poder ser tampoco contadas por otros podemos decir que las vidas de estos bebés que mueren muy prematuramente son ejemplos extremos de antibiografías: son la “antibiografía de la antibiografía”.

Estas formas extremas de entender una institución tan enraizada como el culto de la muerte nos resulta mucho más extraña, si tomamos en cuenta el modo como el duelo y la relación con el ritual de la muerte es tomado en nuestro contexto cultural. La muerte es considerada parte de la vida pero como una síntesis de opuestos complementarios, basado en el concepto de dualidad. Nuestro peculiar punto de vista en tratar a la muerte como ritual de sacrificio que exige también la presencia de la vida en un constante diálogo entre ambos mundos es también un ejemplo de cómo las culturas híbridas subvierten el orden simbólico occidental, el hacer del duelo una celebración, es un claro ejemplo de ello.

El grave problema ético al que se enfrentan estas madres es tan profundo que es imposible no sentir afecto o no sentir una grave contradicción con los presupuestos morales más profundos que tenemos. Pero el otro gran acierto del libro, después de la manera como se innova en el método etnográfico, está en la descripción no solamente de un hecho curioso que juega con unas instituciones muy enraizadas como son el duelo, la muerte, etc. Sino, como detrás de todo ello se esconde una estructuración simbólica y ética muy relevante para la vida pública que en realidad no está completamente alejada de la nuestra propia, como a partir del hecho de la muerte sin llanto en Bom Jesús, es posible descubrir todo un modo de vida y de ética peculiar y distinta.

El teólogo Buber afrontaba el problema de la «suspensión de la ética» conforme a la voluntad y el propósito de algo «más alto», lo Divino: aquí la antropóloga afronta la «suspensión de lo ético o de acuerdo con la voluntad y el deber de sobrevivir. Existen muchas analogías entre los dilemas morales que enfrentan todas las víctimas de la guerra, el hambre, la esclavitud o la sequía o que se encuentran en prisiones y campos de detención. La situación a la que me enfrento aquí es una en que las mujeres de la barriada parecen haber «puesto en suspenso la ética» –la sensibilidad ante el dolor, el amor empático y la atención– hacia algunos de sus débiles y enfermizos hijos. La «racionalidad» y la «ilógica interna» de sus acciones son claramente obvias y no se plantean aquí para cuestionarlas.

Para aclararnos el punto de quiebra de este argumento es considerar que en ningún momento hay una “suspensión de la ética” sino una construcción ética distinta que juega con su propia lógica y sus propios esquemas axiológicos. En primer lugar, la autora nos comenta que en la zona la relación con la muerte siempre estuvo muy presente, teniendo como símbolo al trabajo en los campos de azúcar, los cuales eran tan extenuantes que la propia vida tampoco era muy apreciada entonces. Lo que sucede después es interesante, al modernizarse la sociedad y acabarse la explotación semifeudal en el campo el espacio generado del símbolo de la muerte, fue ocupado por las enfermedades, la pobreza y la precariedad que se vive en las favelas. Es decir que la cotidianeidad de la muerte ya no es morir en las plantaciones, sino morir es morir de enfermedad; pero el continuum corpóreo es evidente.

Hay tres modos como la muerte se hace corpórea: el hombre que muere de trabajo y está condenado a ello desde niño, la mujer que muere por abuso del hombre y el recién nacido débil, enfermo que en realidad ya estaba muerto antes de nacer. De este modo, el darle una muerte al pobre recién nacido es una manera de encontrar en lo insondable de la ceremonia un sacrificio mayor que el de dar a su propio hijo. Las mujeres de Bom Jesus dan su propia vida con cada hijo que no logró sobrevivir, el gran sacrificio está en llevar el duelo por dentro, no exteriorizarlo, en demostrar que el duelo es parte de la vida, que la muerte ya las tiene estigmatizadas desde el momento en que se convirtieron en madres, ya sea de niños vivos o muertos. Una experiencia tan fuerte que hace crepitar a la autora y a sus lectores al unísono, la capacidad de generar un espacio de muerte tan vital que haya absorbido a la vida misma.