Bauman ha muerto

Recientemente se nos fue Zygmunt Bauman. Su delgada figura, la enorme calva surcada por cabellos blancos revueltos, las largas cejas blancas y desparejas y una pipa de costado hacen acordar más a un abuelo de cualquiera de nosotros que a uno de los sociólogos más importantes que dio el siglo veinte.

No es mi idea hacer un obituario como de los tantos que poblaron las páginas web y los diarios en papel alrededor del mundo en este primer mes del año 17. Para ello están la web y los diarios.

Me gustaría rescatar sus 91 largos años. Sus lúcidos 91 años que transitaron todo el siglo veinte, y sus horrores. También los grandes cambios en la familia, el trabajo, las relaciones humanas y las redes sociales y el mercado.

Este viejito nos dejó muchos libros, entrevistas, notas y videos. Fue casi una estrella de rock para quienes cultivamos las ciencias sociales.

Pero reitero, no es este un obituario común, acá quiero rescatar sus 91 años, el final de su vida y para ello acudo a un ensayo que por casualidad cayó en mis manos hace un tiempo: “La soledad de los moribundos” de Norbert Elias.

Para Norbert Elias la individualización que caracteriza la sociedad moderna no se corresponde a un orden biológico y a la naturaleza humana, más bien se la debe comprender a la luz de una teoría del “proceso de civilización” presente en toda su obra. Este proceso debe estudiarse como una transformación histórica, y desde esta perspectiva, critica a las tradiciones sociológicas presentitas por no tomar en cuenta los cambios de largo plazo. Asimismo Bauman fue reacio al término “posmodernidad” dado que falta perspectiva histórica para dar por terminada la modernidad. Él se hace eco de las palabras de Elias al referirse acerca de la vergüenza que sienten los vivos al dirigirse a las personas moribundas. La muerte nos paraliza al encontrarnos cara a cara frente a ella, eso no ocurría en tiempos pretéritos. Así, los moribundos mueren en soledad y en silencio, ocultados del mundo de los vivos, acallados y con la vergüenza de saber que pronto van a morir. Los vivos siguen con la cabeza hacia otro lado, negando, reprimiendo su incapacidad de escuchar a los moribundos.

No creo que este sea el caso de nuestro querido Bauman, quien suponemos falleció, según dicen los medios, en su casa de Leeds junto a su familia. Él dio entrevistas hasta el final de sus largos 91 años. Su estrella nunca se apagó, publicó hasta el día en que murió .

Y contrario a lo que sucede con la gente mayor, él siempre se mantuvo más y más crítico de esta sociedad, no fue conservador, fue un crítico acérrimo de esta maldita “modernidad líquida” individualista y descarnada, que nos arrastra con su liquidez. Liquidez por oposición a la solidez que algunos añoran y que lamento decir no volverá.

Nunca se olvidó de sus obsesiones, de poner de manifiesto a los perdedores de este sistema, de los evadidos de sus países que son rechazados acá y allá, de los muros que se construyen para tenerlos afuera por el miedo a lo diferente.

Quizás su legado mayor, más que sus libros, sea para nosotros los jóvenes y los no tanto que transitamos este siglo y que descendamos de nuestros sofás, que nos alejemos del “activismo de sofá”, que dejemos de ser uno más de esos que quieren cambiar el mundo a golpe de un clic en la redes sociales, ese lugar en donde rivalizamos en definitiva con quienes piensan igual que nosotros. En definitiva, entiendo yo, que salgamos a la calle.