Asaltar la Red. El acceso a la (tecno)cultura como interruptor social (de género)

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“I like all the different people
I like every kind of fair
In the crowd, you bet I’ll be there!”
The Breeders (Saints, 1994)

No hace mucho pude entrevistar a mi amiga Remedios Zafra con motivo de una investigación sobre el arte de los nuevos medios, Internet y la cultura libre. En aquella conversación surgieron muchas y muy sugerentes ideas, e inevitablemente nos sumergimos en conceptos que aludían a la construcción de la realidad y a las tensiones producidas en las relaciones de poder. Remedios Zafra (2013) me contaba que cuando participó en la implementación del proyecto creativo “Her techno hobby/her techno job”, una propuesta que pretendía relacionar mundo empresarial con universidades, se reflexionó sobre por qué en las facultades de Ingeniería hay muchas menos alumnas matriculadas que alumnos. Como parte de aquel proceso de investigación se entrevistó a profesores que señalaron que en los años 90, cuando informática tenía el título de ‘Licenciatura en Informática’, había un 60 % de mujeres matriculadas. Posteriormente, cuando la administración cambió el título de “licenciatura” por “ingeniería”, sin cambiar prácticamente el contenido programático, sólo la sustitución de palabras ( “ingeniería” en lugar de “licenciatura”) provocó que en los años inmediatos ese 60% se redujera a un 20%. Una palabra, que como Remedios señala, no es una palabra, sino un interruptor simbólico: las palabras tienen una responsabilidad esencial en la construcción de nuestro mundo.

Una palabra. Un interruptor social que construye realidad, un interruptor de poder. Una palabra que conforma nuestro marco (estructura mental) con la que vemos el mundo, en el sentido que desarrolla George Lakoff. Estos marcos usualmente son invisibles y en la medida que podamos transformarlos (y para ello, el primer paso es visibilizarlos), será posible cambiar socialmente. El uso del lenguaje es esencial en la manipulación de la conciencia social (v.g.: la neolengua política actual que tiene sus raíces inspiradoras en 1984 de Orwell: “la guerra es la paz, la esclavitud es la libertad, la ignorancia es la fuerza”). Las palabras están cargadas de realidad y simbolismo, de simbolismo y realidad. Conceptos que se interrelacionan y se influyen recíprocamente. La acción de construcción semántica se convierte en una tensa lucha, a veces muy visible, otras más taimada y sibilina. Durante muchos años (décadas y siglos) el lenguaje, como apunta Foucault (2009) se encontraba en una situación fundamental: “sólo se podía conocer las cosas del mundo pasando por él” (p.310). Sin embargo, hoy día ese lenguaje oral y escrito interactúa con otros “constructores de realidad” como son los potentes discursos visuales y audiovisuales; todos ellos confluyen y se influyen en el emblemático marco de producción simbólica y de realidad del siglo XXI que bien conocemos como Internet: más que tecnología, el tejido de nuestras vidas actualmente (Castells, 2001).

Una de las principales estructuras semánticas que determinan nuestra biopolítica no es otra que la construcción de géneros e identidades sexuales partir del marco semiológico y lingüístico. Pero si volvemos a Foucault para subrayar que el poder no es más que un tipo particular de relación entre personas, se comprende la gran importancia de la insistencia no sólo de la creación de un lenguaje a favor de la equidad, igualdad y justo equilibrio de géneros, sino que el acceso y uso de este lenguaje es igualmente esencial, puesto que de ellos depende la propia creación del mismo. Es decir, y aludiendo al contexto digital, la creación de significados en la web vendrá definida no sólo por su creación, sino por el acceso y uso de la web.

En 2013 la corporación Intel encomendó el estudio “Las mujeres y la Web” a la Oficina de Asuntos Globales de la Mujer del Departamento de Estado de los Estados Unidos, a la ONU Mujeres y a World Pulse. Un estudio que analiza la brecha digital de género en Internet. Su lectura arroja datos muy interesantes para las (re)definición de las relaciones de poder en nuestro presente globalizado. Si atendemos al informe, las mujeres respecto a los hombres mantienen un 23 % menos en el nivel de acceso a Internet (representa unos 200 millones de mujeres menos que hombres), una diferencia que se amplía hasta más del 40% en zonas como el África subsahariana. Esta situación sirve para reflejar la realidad de la desigualdad vivida en la cotidianidad no virtual, pero también ayuda a reforzar esa diferencia, construyendo y potenciando tal desigualdad, es decir, ese nivel de acceso a Internet no sólo es reflejo de desigualdad, sino que contribuye a la construcción de desigualdad. Como subraya Shelly Esque, presidenta de la Fundación Intel, la brecha de género en Internet refleja y amplifica las desigualdades existentes entre sexos (2013). Aunque pueda parecer obvio para ciertos lectores, es gratificante constatar en el informe cómo el nivel de acceso y uso de Internet promueve grandes beneficios económicos y educativos para las mujeres, así como oportunidades y perspectivas.

También es interesante reseñar otros resultados del informe: si cruzamos los porcentajes, la población con mayor acceso a Internet es la de los hombres de la amplia región de Europa y Asia Central, con un 49%. Y la más desfavorecida sería la de las mujeres del Sur asiático, con un 8%. Sin embargo, son muy reveladores los porcentajes existentes en el nivel de acceso de hombres y mujeres de Latinoamérica: 40% y 36% respectivamente. Un dato muy significativo de la lucha por políticas igualitarias en el acceso a la tecnología, en este caso, no sólo tecnología, sino producción cultural. Una cifra que, por un lado, facilita una visión esperanzadora de las estrategias políticas (públicas) gubernamentales que funcionan si se promocionan adecuadamente, y por otra, que el asalto a la red para romper el paradigma cultural imperante es posible. Y quizá un hecho muy significativo de que la ruptura de ese paradigma cultural se esté evidenciando sea cuando conceptos como Internet estén equilibrados en su construcción simbólica de género, cuando la tecnología mantenga una ideología que no sea discriminatoria en el marco de igualdad social. Quien niegue estos términos, y no entienda que, en definitiva, el acceso a la (tecno)cultura y sus condicionantes -qué acceso, cómo se accede, quiénes acceden- es esencial para construir un tipo de realidad social u otra, a esa persona, sólo me queda decirle una sola palabra: ingeniería.

Referencias

Castells, M. (2001). Internet y la Sociedad Red. Extraído el 20 de octubre de 2014 desde: https://engage.intel.com/docs/DOC-26111

Foucault, M. (2009). Las palabras y las cosas. Barcelona: Paidós.

INTEL (2013). Women and the Web. Bridging the Internet gap and creating new global opportunities in low and middle-income countries. Extraído el 20 de octubre de 2014 desde: http://www.intel.com/content/dam/www/public/us/en/documents/pdf/women-and-the-web.pdf

Zafra , R. Comunicación personal, 7 de mayo de 2013.

 

Para citar este artículo: Escaño, C. (2014). Asaltar la Red. El acceso a la (tecno) cultura como interruptor social (de género). Iberoamérica Social: revista-red de estudios sociales (III), pp. 35-37. Recuperado de http://iberoamericasocial.com/asaltar-la-red-el-acceso-a-la-tecnocultura-como-interruptor-social-de-genero/