América Latina y la Península Ibérica en el sistema mundo – Conociendo nuestra Iberoamérica nº1

 

1500_map_by_Juan_de_la_Cosa-North_upHay algunas cuestiones muy importantes que muchos habitantes de la región iberoamericana se preguntan sobre su propia realidad y que necesitan de explicaciones muy bien desarrolladas para intentar agrupar todas las aristas y rincones que tan complejas preguntas establecen. En esta entrada voy a intentar comprender la realidad de la región Iberoamericana hoy en día a través de sus procesos históricos a nivel global y regional. En esta entrada no quiero pararme a defender o atacar ciertos cuestiones como la calidad de la colonización o la crueldad de la misma (ya tengo una entrada que habla de esto) sino establecer unos ciertos parámetros que usar como trampolín que nos lleve a profundizar en el alma de la región.

¿Cómo y cuando nace todo el poder y desarrollo de Europa?

Durante la segunda mitad del siglo XVI todas las famosas conquistas, así como las grandes exploraciones que rellenaron los espacios vacíos en los mapas europeos, fueron dando paso al asentamiento de un sistema colonial que generó riqueza en abundancia. Esta riqueza fue suficiente como para fortalecer a Europa (a nivel económico y cultural) hasta convertirla (como región) en la potencia hegemónica mundial que ha sido hasta la Segunda Guerra Mundial.

La hegemonía europea está íntimamente ligada al capitalismo, sistema que empezó con la acumulación de metales preciosos (extraídos principalmente de América) que protagonizaron España, y en menor medida Portugal, en la llamada Primera Modernidad. Posteriormente, cuando las arcas europeas rebosaban de metales nobles, se fue asentando el mercantilismo como paso previo a la madurez capitalista, orbitando el eje de la hegemonía hacia el norte de Europa en la llamada Segunda Modernidad, tomando en ella protagonismo en un principio Holanda, luego Francia y sobre todo Inglaterra. Toda esta dinámica definió el actual sistema-mundo que tuvo a Europa, concibiéndose a si misma como centro.

A medida que el mundo se iba perfilando en los mapas y libros europeos y la cada vez más masiva participación de los diferentes estados del Viejo Mundo en la Carrera Atlántica, se fue necesitando de una articulación discursiva que valorizara y fijara los parámetros de la nueva y céntrica racionalidad europea. Es a partir de ese momento que nace la Modernidad, o sea, ve la luz a través del doloroso y sangriento parto que era la experiencia colonial. Maldonado-Torres lo explica muy bien cuando dice:

“El proyecto de colonizar a América no tenía solamente significado local. Muy al contrario, éste proveyó el modelo de poder, o la base misma sobre la cual se iba a montar la identidad moderna, la que quedaría, entonces, ineludiblemente ligada al capitalismo mundial y a un sistema de dominación, estructurado alrededor de la idea de raza. Este modelo de poder está en el corazón mismo de la experiencia moderna. La modernidad, usualmente considerada como el producto, ya sea del Renacimiento europeo o de la Ilustración, tiene un lado oscuro que le es constitutivo. La modernidad como discurso y práctica no sería posible sin la colonialidad, y la colonialidad constituye una dimensión inescapable de discursos modernos”.

Bajo la égida del mito de la Modernidad se estableció una división racial del mundo basado en unas supuesta características biológicas donde estaría la raza europea como superior a las demás. El embrión del futuro racismo nació producto del encuentro (guerras y dominaciones) del primer siglo de conquista, pero será durante la evidente hegemonía europea (asentándose a finales del siglo XVII y sobre todo en el siglo XVIII) posterior cuando madurará la idea del racismo, sirviendo para justificar la dominación, la explotación, la alienación y la aculturación de todos los pueblos del planeta como seres biológicamente inferiores. Se dividirá el planeta en relación al nuevo sistema capitalista que estaba floreciendo en las principales ciudades de Europa y que tenía como periferia el resto del mundo. Ambas ideas, la de Europa como culminación de la historia así como el racismo (colonialismo/colonialidad) son, no solo conceptos que van de la mano, sino que son inseparables para poder comprender el sistema-mundo moderno.

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La hegemonía cultural y económica de Europa no se entiende sin su proyección colonial

Con el paso del tiempo, cuando el discurso de la Modernidad se asentó basado en la cada vez más dominante intelectualidad europea, Europa se comenzó a ver a sí misma en el espejo, como una entidad generada a partir de su propio genio y esfuerzo. Este discurso (que no es ajeno a todo ego imperial) se vio reforzado por la creación de una epistemología hecha por y para los europeos que modelaban el mundo a imagen y reflejo de su sistema de representaciones simbólicas. La fortaleza que supuso el mito de la Modernidad se hallaba en la potencia de la propia producción epistemológica. Producción que tuvo su mayor exponente en la creación del método científico, en la racionalidad, el antropocentrismo, en la institucionalización del saber, en la potente tradición filosófica mediterránea (que fue rescatada en tiempos medievales por los árabes), etc. y que supusieron las bases del poderío militar, tecnológico y económico europeo.

La modernidad tuvo como bandera la consigna de que todo desarrollo válido es el que sigue las directrices europeas, y este discurso estaba sustentado gracias a su dimensión colonial. Las nuevas ciencias sociales que surgieron a partir de esta experiencia que supuso la modernidad fueron las que crearon la idea de una Europa aséptica y autogenerada que se creó a sí misma, sin contacto con el exterior y otras culturas. Estas cualidades inherentes se desarrollaron, según los intelectuales europeos, como un fenómeno espontáneo e introspectivo que dejaba fuera la interacción colonial con América en un primer momento y con África y Asia posteriormente. Esta idea de una Europa independiente y superior insufló el ego europeo y le dio legitimidad, siguiendo un mito muy interesante y que dura hasta hoy en día: EUROPA ES RICA, CIVILIZADA Y MODERNA GRACIAS AL CARÁCTER Y MORAL SUPERIOR DE SUS HABITANTES. Este mito tan instalado en nuestras cabezas no solo nos demuestra cuanto el racismo inunda nuestra forma de interpretar la realidad, si no que ignora la cara oscura y sangrienta del desarrollo europeo y la cantidad de muertos que dejó (y deja) por el camino.

Siguiendo esta linea de pensamiento, podríamos preguntarnos ¿Por qué España y Portugal son países vistos como, dentro de Europa, inferiores?

Como dijimos anteriormente la Primera Modernidad nació en la Península Ibérica, que usó el discurso de la misión cristinizadora para legitimar su expansión colonial. A si mismo, también fue con esta modernidad que nació la primera región (aunque no la última) fuera de Europa como alteridad en el incipiente sistema-mundo: América. Esta Primera Modernidad murió con el fin de la hegemonía hispánica en la segunda mitad del siglo XVII, cuando la misma fue disputada por las potencias del norte de Europa y donde se instaló la Segunda Modernidad. Esta nueva modernidad para legitimarse atacó a la primera condenándola, concibiéndola como supuesto fin de la Edad Media y no como comienzo de la Edad Moderna. Este fue el comienzo de todo ese mito de la España (y en menor medida Portugal) relacionada con el oscurantismo, la ignorancia, la barbarie y el fanatismo. Imagen que ha pervivido hasta hoy y visible cuando se discuten temas tan absurdos como cual colonización fue mejor. Esta actitud de los nuevos países hegemónicos obvió por tanto, el Renacimiento (considerado por los intelectuales del norte de Europa como prehistoria de la Modernidad), el enriquecimiento del sistema colonial luso-español, la nacionalización del poder militar, las exploraciones y la potenciación intelectual que esto conlleva, etc. Como dice Dussel: “El siglo XVII (p.e. Descartes, etc.) son ya el fruto de un siglo y medio de “Modernidad”: son efecto y no punto de partida. Holanda (que se emancipa de España en 1610), Inglaterra y Francia continuarán el camino abierto”.

El perfecto ejemplo de la superioridad de la Segunda Modernidad procedente del norte de Europa sobre aquella del sur es el éxito y popularidad (aún hoy) que tiene la Leyenda Negra Española. Esta leyenda exagera y condena al extremo supuestas características negativas del alma ibérica. Tanto es así, que se usa muchas veces como justificación de los avatares de América Latina.

Es interesante observar en este proceso de olvido, un etnocentrismo agudo de las culturas nordeuropeas. Para los nuevos señores la historia tuvo tres fases constituyentes que llevaran la cultura europea (del norte claro) hacia la madurez definitiva: la Reforma, la Ilustración y la Revolución Francesa. En esta segunda modernidad, la legitimidad de la hegemonía europea estará basada en la acción civilizadora, como hermano “mayor” que educa a los jóvenes (Oriente) y niños (África y América).

¿Y América Latina? ¿Por qué es más pobre y conflictiva que sus hermanas del Norte donde tanto nos reflejamos?

El cambio en el eje central de la modernidad del sur hacia el norte tuvo una incidencia enorme en el rol de América en el sistema-mundo. Al pasar España y Portugal a una situación periférica en Europa, lo mismo le pasó a América, vista como la periferia de la periferia de Europa.

Esta situación hizo entrar a América Latina en las órbitas de interés de las nuevas potencias modernas. Así lo que antes era todo América, después fue dividido en dos (la buena y la mala), siendo incorporada la América española y portuguesa al término que todos usamos: América Latina (o la América mala, al tener en sus venas sangre mezclada de indios, negros e ibéricos era inferior en todos los aspectos). Término inventado por la estrategia de la geopolítica cultural francesa (como acercamiento a la región en contra de sus enemigos anglosajones), siendo esta denominación también aprovechada y usada por Inglaterra como parte de su geopolítica económica (ambos países, sobre todo este último, tuvieron mucha influencia e injerencia en la región con las independencias). A partir de aquí América Latina se constituyó como un mercado que explotar a través de la emancipación y posterior control de las élites locales, siendo este interés el principal promotor de las independencias a comienzos del siglo XIX.

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Así, Estados Unidos y Canadá fueron los herederos más espabilados de la superioridad inglesa como representantes exitosos de la Segunda Modernidad, situación que aprovecharon para constituirse como referentes del Mundo Occidental.

Podríamos poner el ejemplo de Brasil como resumen, definiéndolo en tres características esenciales: primero es un país constituido históricamente como una región colonizada por la primera modernidad europea (la ibérica) formando parte por tanto de la periferia de lo que posteriormente también se constituiría como periferia de Europa (o sea en la órbita de Portugal, que es periferia de la Europa del norte). La segunda característica ha sido su introducción en el sistema capitalista como zona de extracción y de explotación donde se generaba una riqueza que servía para el desarrollo del centro, o sea de Europa, y no para el desarrollo de si misma. Y por último, Brasil se constituyó como territorio de frontera habitado por la otredad, colonizable, conquistable y explotable, donde se imponía una lógica de guerra constante, donde la esclavitud (ya sea de africanos o de nativos) se justificaba por el bien del desarrollo y la civilización. Creándose así en Brasil, un sistema de poder común al mundo colonizado, que perpetuará la superioridad del hombre blanco europeo sobre el resto de etnias y pueblos del mundo a través del discurso racial.

La justificación y legitimización de la jerarquía del poder, que conseguirá reproducirse hasta los tiempos presentes, generó una lógica y dinámica cultural, social, económica y política que todos reproducimos en nuestro día a día. Lógica que los pensadores contemporáneos latinoamericanos llaman: colonialidad.

En la siguiente entrada de esta nueva serie tratará sobre este concepto.

Obras para ampliar información:

Wallerstein, Immanoel. Análisis de Sistemas-mundo: una introducción. Madrid: Siglo XXI, 2005.

Dussel, Enrique. 1492, El encubrimiento del Otro, Hacia el origen del “mito de la Modernidad”, La Paz: Plural Editores, 1994.

MIGNOLO, Walter. Historias locales/diseños globales: colonialidad, conocimientos subalternos y pensamiento fronterizo. Madrid: Ediciones Akal, 2003.

MIGNOLO, Walter. The darker side of the Renaissance: Literacy, territoriality, and colonization. Michigan: University of Michigan Press, 2003.

MALDONADO-TORRES, Nelson. Sobre la colonialidad del ser: contribuciones al desarrollo de un concepto. In: CASTRO-GÓMEZ, S., GROSFOGUEL, R. El giro decolonial. Reflexiones para una diversidad epistémica más allá del capitalismo global, Colombia: Siglo del Hombre Editores, pp. 127-167, 2007. Visto en: http://scholar.google.es/scholar?hl=es&q=SOBRE+LA+COLONIALIDAD+DEL+SER%3A+CONTRIBUCIONES
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