Acéfalos en el Nuevo Mundo

Ya hablaba en una entrada previa en este blog del traslado de las razas monstruosas de oriente a occidente, concretamente a América. Una de esas razas monstruosas fue la de los acéfalos, es decir, la de aquellas gentes que carecían de cabeza y que en América recibieron el nombre de Ewaipanoma. Estos fueron situados por primera vez en el Nuevo Mundo en el mapamundi realizado en 1500 por el navegante y cartógrafo español Juan de la Cosa (1450/60-1510), y que hoy se conserva en el Museo Naval de Madrid. Igualmente, en el mapa del geógrafo y cartógrafo turco Piri Reis (1565-1553) encontramos a un acéfalo situado, aproximadamente, en la costa de la Guayana y que aparece representado con pelo rojo como si fuera una llama de fuego, con barba negra y lengua fuera, y en una postura como si estuviera realizando algún tipo de danza ritual. A lo largo del siglo XVI se siguieron sucediendo los grabados que acusaban la presencia del “descabezado” en América, de igual manera que empezaron a surgir historias de encuentros de exploradores del Viejo Mundo con los mismos, siendo una de las más populares aquellas vinculadas con la búsqueda de El Dorado.

Uno de los más obsesionados con la búsqueda del reino o ciudad de oro, fue el explorador y conquistador español del territorio colombino Gonzalo Jiménez de Quesada, cuyas dos últimas exploraciones –1569 y 1572– culminaron de forma desastrosa. Tras su muerte, tomó el testigo el explorador Antonio Berrío –gobernador de Trinidad entre 1592 y 16597– y su maestre de campo, Domingo Ibargoyen y Vera. Este último poseía unas excelentes dotes de motivación y convicción, logrando el reclutamiento de hombres para la misión que tenía como objetivo penetrar en la Guayana con el fin de encontrar El Dorado. La expedición se inició en la primavera de 1593 y la relación que de ella hizo el propio Vera hace hincapié en las riquezas y maravillas de dicha región y, entre ellas, destaca la descripción de unos pueblos con nombres de lengua “ipogorta” que tenían los hombros tan altos que casi emparejaban con la cabeza y que habitaban el poniente, en la cordillera del Orinoco.

Para satisfacción del propio Berrío, Vera culminó con éxito su misión pues, con apenas 35 hombres, había logrado encontrar la ruta hacia la Guyana. Al gobernador solo le faltaba entonces organizar un ejército que penetrara en ella, sin embargo solo encontró escepticismo y hostilidad hacia su maravillosa empresa. La única solución fue la de mandar a Vera para que, con sus fabulosas historias, pudiera reclutar hombres y hacerse con el dinero suficiente para poder llevar a cabo la expedición. No obstante, estas llegaron a oídos indeseados y pronto fueron totalmente contraproducentes.

En 1594, Walter Raleigh logró hacerse con el informe que Domingo de Vera había escrito sobre su expedición del año 1593, que había sido robado ese mismo año por otro pirata inglés. Las historias contenidas en él, en especial las que trataban sobre El Dorado, le animaron a llevar a cabo una exploración por el Orinoco y el Caroní. Obsesionado con conquistar la Guayana –y el reino de oro– trató de persuadir a la reina Elizabeth I sobre la necesidad de llevar a cabo una expedición en dichas tierras. No obstante, encontró indiferencia como única respuesta por parte de la soberana, y las burlas de sus detractores. Raleigh, con el fin de salvar su reputación y de dar publicidad a sus hazañas en el Orinoco y así como de reclutar fuerzas para una nueva expedición, escribió en 1595 The discoverie of the large, rich, and beautiful Empire of Guiana, with Manoa (which the Spaniards call El Dorado). En esta narración, el corsario inglés reunió y mezcló todo aquello que los españoles habían oído acerca del mito de El Dorado, repitiendo algunas de las fantasías de Domingo de Vera, incluida la descripción de los ewaipanoma.

La relación de Raleigh es interesante en el sentido de que la existencia de acéfalos en América aparece confirmada por los propios nativos, si bien es cierto que conviene cuestionarnos hasta qué punto Raleigh podía comunicarse con ellos o si bien fue una víctima más de las fábulas plinianas de las razas monstruosas y del proceso de predisposición, como así parecía argumentar el explorador y diplomático Robert Schomburgk (1804-1865) en su edición de la obra The Discovery of the Empire of Guiana by Sir Walter Raleigh (1848). En cualquier caso, realidad o no, la obra de Raleigh alcanzó una gran popularidad y fue pronto traducida a otras lenguas europeas, por ejemplo, el editor holandés Levinus Hulsius (1546-1606) realizó una versión ilustrada editada por primera vez en Núremberg en 1599. La figura que representaba a un ewaipanoma, realizada por el grabador flamenco Jocodus Hundius (1563-1612), inspiró a otro grabador, Theodor de Bry, quien lo incluyó como figura marginal en el mapa de la Guayana.

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Izquierda: Mapa de la Guayana en Bry, Theodor de: Americae pars VIII. Continens primo, descriptionem trivm itinervm Francisci Draken… Francofvrti ad Moenvm, Impressae per M. Becker, 1599. En The Kraus Derecha: Detalle del acéfalo en el mapa

Los casos de Domingo de Vera y de Walter Raleigh son, en opinión de J. García Arranz, un ejemplo de cómo el prodigio se transforma en un elemento propagandístico, en un factor de exotismo y asombro, que empleaban los aventureros y conquistadores para llamar la atención sobre sus viajes y conquistas, y facilitar así la consecución de nuevos fondos para futuras expediciones. Hay que tener en cuenta, en este sentido, que este tipo de literaturas –relatos de viajes y crónicas– gozó de una gran popularidad, sobre todo a lo largo del siglo XVII, pues eran narraciones que estimulaban la imaginación y la curiosidad de los lectores, introduciéndolos a una vida de aprendizaje y erudición. Es probable que conquistadores como Vera o Raleigh fueran conscientes de la notoriedad que podían alcanzar sus historias  y que la usaran a su favor para conseguir determinados objetivos –dinero en el caso de Vera y favor real en el caso de Raleigh–.

La leyenda de los ewaipanomas casi no sobrevivió al siglo XVI, a diferencia de otros mitos. Aunque aparecen mencionados en el apéndice ilustrado de la cuarta parte del Delle relatione universali del pensador italiano Giovanni Botero (1544-1617); y en la obra del jesuita francés Joseph François Lafitau (1670-1740), Moeurs des sauvages ameéricains. Comparées aux moeurs des premier temps (1724), donde encontramos a un acéfalo en una ilustración dedicada a las gentes de América. Este había dado por cierta una información que le había llegado de un iroqués – indígena perteneciente a un pueblo de América Septentrional–, quien aseguraba que se había topado con tal ser monstruoso mientras estaba cazando en 1721.  Lafitau vio en este testimonio una manera de probar su tesis de que América había sido poblada por gentes que habían llegado desde Asia, de tal manera que reconoce la existencia de dos naciones de acéfalos: una en Oriente y otra en el continente americano.

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Acéfalo entre las gentes de América en Lafitau, Joseph François: Moeurs des sauvages ameéricains. Comparées aux moeurs des premier temps, Paris, 1714. Vol.1. Cap. III.

Bibliografía:

  • García Arranz, J.: “Monstruos y mitos clásicos en las primeras crónicas e imágenes europeas de América: los acéfalos” en María Maestre, José; Charlo Brea, Luis; Pascual Barea, Joaquín (Eds.) Humanismo y pervivencia del mundo clásico II.1 Homenaje al profesor Luis Gil, Alcañiz, por el Instituto de Estudios Turolenses, 1997. pp. 337-347.
  • Gil, Juan: Mitos y utopías del descubrimiento 3. El Dorado, Madrid, Alianza Editorial, 1989.
  • Hemming, John: En busca de El Dorado, Barcelona, Ediciones del Serbal, 1983