A ruralizar la ciudad: resistencia y comunalidad en la urbe

Hace unos días, conversando con compañeras de la vida, danzas y luchas, veíamos la necesidad imperante de cambiar nuestros modos de vida, unas optando por irse a vivir al campo y otras en la ciudad resistiendo y resignificando el espacio, mediante la ruralización de nuestros barrios, nuestras casas, nuestras calles. Unos días antes muchas fuimos partícipes del primer Foro por el Agua, en Santiago, del Movimiento por la Recuperación y Defensa del Agua, donde se acordó trabajar sobre los derechos de la naturaleza, entendiendo el agua no sólo como un derecho humano sino de toda vida. Tuve también la oportunidad de participar en la primera jornada del seminario internacional sobre educación rural, agroecología y pueblos del campo, organizado por ANAMURI, donde apareció este afán compartido, el de ruralizar nuestras ciudades, a partir de ampliar nuestra mirada respecto de la naturaleza.

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Tradicionalmente, pero sobre todo desde las Ciencias Sociales, la ruralización ha estado asociada al proceso de adopción de prácticas y costumbres rurales en un entorno urbano, cuando los inmigrantes llegados desde una zona rural no lograban integrarse tanto a nivel cultural, social o económico. Sin embargo cuando me refiero a ruralización lo pienso en términos de cómo quienes habitamos en la ciudad podemos integrar elementos de la vida rural para nuestra sustentabilidad, pero sobre todo para vivir en armonía con los seres que nos rodean, en tanto sujetos de la naturaleza (y no sobre ésta).

La ruralización se convierte en un gesto político, para la recuperación de nuestras soberanías (alimentaria, corporal, habitacional, entre otras). Es una vía para entretejer redes y relaciones, para revitalizar lo comunalitario, y también para descolonizar y despatriarcalizarnos.

Podemos partir con simples gestos, con una huerta en casa, en el barrio, intercambiando y reviviendo el trueque de productos, creando cooperativas de “comprando juntos”, cuidando, almacenando y reproduciendo semillas, y también yendo más allá, recuperando territorios, organizándonos desde la autogestión, construyendo relaciones horizontales desde la ayuda mutua, rompiendo estereotipos que vinculan el trabajo de la tierra con lo femenino. No hay nada más transgresor y desafiante al capitalismo que la autodeterminación de nuestras vidas cotidianas.

La ruralización de la ciudad también es un gesto de valoración de los saberes populares, de los abuelos y las abuelas, de los pueblos indígenas, de las organizaciones que históricamente vivieron y lucharon recreando otro mundo posible, en comunidades y barrios, como las tomas de terreno y las actuales huertas comunitarias, que se han ido multiplicando. Es sembrar en patios, balcones y techos, es juntarnos y danzar en plazas y calles, organizando y celebrando la vida. Es gritar NO ALTO MAIPO, es decir NO AL TPP, es recuperar la gestión comunitaria del agua. Es la ciudad inundada y renacida en La Abuela Grillo. Es recrear el lugar donde queremos vivir. O simplemente es escuchar, o más bien aprender a escuchar a los cerros, a las aguas, a las plantas, que susurran “¡Luksic, ladrón, fuera del Cajón!”.